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EN BREVE, PUBLICAREMOS LOS AUDIOS DE LOS RELATOS EMITIDOS EN EL PROGRAMA DE RADIO ANGULO 13
   

Abril - 2012

Una oficina es un pequeño microcosmos, una suerte de invernadero de emociones, un curioso tablero de ajedrez sobre el que se descubre y desenmascara lo más noble o mezquino de las personas. ¿Qué papel juegas tú?
  Yo tenía casi sesenta años, y por fin había conseguido ser respetada en la empresa, me había costado muchísimo tiempo, casi toda mi vida laboral, pero ahora sentía que tenía cierto poder, además de la consideración personal de la dueña y la admiración de mi jefe y de mis compañeros; incluso tenía inferiores a mí, a los que trataba como eso, inferiores, y a los que me gustaba atemorizar. Mi amenaza favorita era: “Se lo comentaré al jefe/se lo explicaré a la dueña”. ¡Cuánto me divertía hasta que…llegó la nueva!

  Recuerdo el primer día en que cruzó la puerta, con su bonito vestido y una chaqueta a contraste, no le tenía miedo al color, era normal, tendría unos veintiocho años, nadie le tiene miedo al color a esa edad, ¿verdad?,  bueno, solamente los necios; y a pesar de su juventud, la noté tan segura, no tardé en averiguar que no se debía a fatuidad, sino a una carrera, dos masters y  cuatro idiomas. Creí que era una visita, pero en cuanto vi que el jefe de personal le iba presentado a toda la plantilla, no tuve más remedio que asumir que era mi nueva compañera.

  Cuando se acercó a mí, esbozó una franca sonrisa y me alargó su mano derecha al tiempo que me decía que le habían hablado mucho de mí y que estaba ansiosa por trabajar a mi lado. La típica hipocresía barata…Para colmo, le dieron el despacho contiguo al mío, cuando estábamos en una planta de más de mil metros cuadrados.

  Sencillamente, me propuse librarme de ella, no me interesaban sus fingidas amabilidad y dulzura. Empecé de manera sutil, con un pequeño toque de atención que la incomodase. Le eché sal en el compartimento del agua de su cafetera, pero no hizo el menor comentario a nadie sobre el incidente.

  Así que proseguí, tenía que ir de menos a más, hasta conseguir eliminarla.

  Lo siguiente fue estropearle su silla, unos tornillos accidentalmente aflojados y quizás el golpe la haría recapacitar e irse de mi territorio; pero, no…debía de ser muy astuta porque se tuvo que dar cuenta y ajustar la butaca ella misma, porque no oí ni el más mínimo ruido.

  Decidí pasar al segundo grado, estaba claro que no me iban a servir de nada las medidas disuasorias suaves. Utilizando una dirección de correo electrónico ficticia, le escribí a mi jefe. En el mensaje me hacía pasar por la mujer de un importante empresario, que le advertía de que su nueva empleada había robado información confidencial en su anterior trabajo, la empresa del marido de la misma, y que además, había intentado romper su matrimonio con sucias argucias; estaba desequilibrada y le aconsejaba que la echara de su puesto de trabajo. Esperé unos días para ver si mi compañera era fulminantemente despedida, pero mi jefe, que no era ningún obtuso, no picó el anzuelo, y ni un mal gracias recibí en el remite desde el que le informé. Estaba visto que tendría que jugar más fuerte o esa mujer iba a quedarse. Así lo hice.

  Una tarde que salí temprano indagué en el garaje cuál era su coche y en qué plaza lo dejaba, no me fue difícil averiguarlo porque vi en el asiento de atrás un gran paquete de la comida de Tommy, su estúpido gato cuya foto tenía en la mesa de su despacho. Así que me tomé unos días para meditar mi plan y en el mediodía del viernes lo puse en práctica. En el tiempo de la comida, que siempre lo pasaba sola, volví al garaje, me coloqué unos finos guantes de látex, y con una gruesa aguja de punto, le pinché las dos ruedas del lado derecho. Volví a la oficina y esperé a que el reloj marcase la hora de empezar a disfrutar uno de los mejores fines de semana de mi vida.

  Pasé el sábado esperando noticias, una llamada telefónica de alguien, o un mensaje de texto, pero nada… ¿Cómo era posible? Volví a la oficina el lunes por la mañana, intentando disimular mi decepción bajo el corrector de ojeras, y ahí estaba ella, impecablemente arreglada, como siempre.

  Tras dos semanas de mucho trabajo en las que apenas pude concentrarme en nada más, me decidí a hacer lo que debía, pasar al tercer grado, así que después de averiguar dónde vivía, lo que no me fue difícil, probé suerte de hacerle una visita. No tenía idea de si vivía sola o acompañada, pero llegados a ese punto, ¿qué podía perder?

   Fui un jueves por la tarde, y tuve la fortuna de encontrarme con un edificio viejísimo que no tenía cierre eléctrico de la puerta de entrada, y mucho menos portero. Subí a su piso y toqué el timbre. Me abrió la puerta tras un par de minutos, se sorprendió mucho al verme, pero mi excusa de que tenía que entregarle unos documentos urgentes para que a primera hora los enviase por buro fax, pareció convencerla.

   Como esperaba, me ofreció un café, y al oír esas maravillosas palabras que me parecieron un cántico celestial, nada más se dio la vuelta, saqué de mi gran bolso de marca, un estilizado y al tiempo pesado candelabro de plata con el cual le asesté un brutal golpe en la cabeza que casi hizo temblar el suelo. Pero para mi estupor, ella ni se inmutó, y sin embargo, yo sentí un mazazo tan fuerte que me hizo caer de bruces contra el suelo.
   Casi sin fuerzas de entreabrir los ojos, moribunda, cuando ella se acercó a mí para ayudarme, le inquirí:

   -¿Pero quién demonios eres?

    Y me contestó:

   -Soy…tú.


   Por eso, amigo, antes de hacer daño gratuitamente a nadie, no olvides que quizás ese al que vas a agredir de la casualidad de que seas tú mismo.

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Marzo - 2012

José es un hombre normal, con sus problemas e ilusiones cotidianas; vive acompañado únicamente por un pequeño cocker, en una casa de un pueblo normal, en una zona que se ha urbanizado hace pocos años, al lado de un monte bajo. Le gusta, tras finalizar sus obligaciones diarias, relajarse un rato mirando al campo, escuchar algún solitario grillo por las noches, y al despertarse, los cantos de los pájaros más madrugadores.

Se levanta religiosamente a las seis de la mañana; en invierno, aún es de noche. ¿Por qué a veces el misterio se presenta como un invitado inesperado? ¿Por qué viene a remover lo más íntimo de la conciencia del ser?

Ese día, como siempre, nada más levantarse, fue a la cocina a hacerse un café, la ventana de la misma da a una pequeña colina, a diferencia de otras habitaciones, que dan al pueblo. En la cerrada oscuridad de un día de febrero, algo llamó su atención. Descubrió una claridad sobre la cima de la colina, apenas una línea dorada, de una longitud que estimó aproximadamente en unos quince metros. Quitó la mirada unos momentos para retirar la cafetera del fuego y ponerse un poco del humeante líquido en una taza, quizás estaba aún dormido y lo que había visto era producto del tosco acondicionamiento de sus ojos a otro día de trabajo, pero, al volver su mirada hacia el campo, se sorprendió aún más, ¡la fina línea de luz era mayor y más firme! Siguió un minuto contemplando aquello, y cuando quiso darse cuenta, todo era de nuevo oscuridad. Sin saber qué pensar, se vistió para ir a trabajar, sacó su coche del garaje, puso la radio y decidió que no tenía explicación alguna para lo que había visto, si realmente era algo extraño. Mientras conducía, por fin amaneció.

A la mañana siguiente, con algo de temor, tras levantarse, volvió a mirar por la ventana de la cocina, pero nada rompió la monótona negrura del paisaje.
  Pasaron cinco días, en los que siguió cumpliendo el matutino ritual, y fue un lunes cuando volvió a presentarse el fenómeno. Esta vez, quizás porque había tenido tiempo para reflexionarlo, reunió todas sus fuerzas, se vistió a toda prisa, removió del suelo a su perro, y salieron inmediatamente a desentrañar el misterio.
Subieron el pequeño montículo, ¡la luz era cada vez más intensa! Su corazón empezó a latir, mientras la adrenalina le preparaba para la acción o la huida, según lo que se encontrase. ¿Qué demonios le aguardaría al otro lado de la colina? – se preguntó -.
Cuando vio aquel objeto esférico, impresionante, situado majestuosamente sobre el cielo, se quedó petrificado. Calculó que estaría bastante elevado, quizás a cien metros, y la gran superficie que iluminaba daba una pista de su enorme tamaño. Se le encogió un poco el corazón cuando contempló cómo una hilera de luces giratorias que rodeaban todo su perímetro comenzaron a dar vueltas, unas veces en un sentido, otras, en otro.

Sujetó bien a Rusty, pero no porque el animal hiciese el mínimo movimiento, sino por el miedo que él mismo tenía. Ahí estaban los dos, mirando atónitos aquel objeto, nave o lo que fuera. Todo un espectáculo, que pasado un minuto, dejó de atemorizarle. Simplemente, estaba extasiado, no se le habría ocurrido irse de allí por nada del mundo, al revés, estaba deseando que algo pasase.
 

Por desgracia, nada más ocurrió. El objeto, como una exhalación, salió verticalmente disparado hacia el cielo, convirtiéndose en un pequeño punto que en segundos se perdió en el firmamento.
José volvió a su casa. Miró su reloj, no marcaba ninguna hora extraña, el tiempo no había transcurrido de forma inhabitual. Tampoco se le había borrado el recuerdo de nada de lo que había acontecido desde que salió, a las seis y cinco en punto de la mañana, había sido lo suficientemente precavido como para haberse fijado bien en ese detalle.

Por la tarde, armándose de valor, fue a visitar a sus dos vecinos. Uno, el de la casa de su izquierda, la que está orientada al monte, como la suya, pertenece a un chico joven. Por su juventud quizás, no se sorprendió demasiado por la anómala pregunta de si había visto una luz extraña en el perfil de la colina la noche anterior; pero su lacónica contestación de que nunca se levantaba antes de las once, dejó patente que no había observado nada en absoluto.

Sus otros vecinos son una pareja sin hijos; su casa, la de la derecha de José, está orientada principalmente hacia el pueblo, y aunque trataron de disimular su extrañeza por la pregunta, no le contestaron más que un seco “no, no hemos visto nunca nada raro”. ¿De verdad sería así, o quizás son de esa clase de personas que se atemorizan por cualquier pregunta inesperada?

Poca información encontró en sus vecinos, o mejor dicho, ninguna. Antes de que oscureciese, fue a reconocer el terreno. Lo anduvo lentamente varias veces, fijándose en cada palmo de tierra, en si había cualquier traza de un evento especial, como podría haber ocurrido de haberse posado un ovni; pero no había ninguna señal, oquedad, mancha, o superficie quemada en absoluto.
  Estuvo pendiente la madrugada siguiente, de hecho, casi no pudo conciliar el sueño, esperando que llegase la hora prevista, pero no volvió a presentarse la luz, ni volvió a ver aquella bonita esfera que parecía bailar, ni tampoco en los días, semanas, ni meses sucesivos.

Un día, mientras consultaba una hemeroteca virtual de un diario de su provincia, algo le sobresaltó. Leyó una breve noticia de hace cincuenta años acontecida en su pueblo, decía lo siguiente: “Extraña claridad sobre el campo vista por un vecino antes del amanecer”. La descripción del suceso era idéntica a lo que él había visto. A partir de entonces pudo dormir un poco más tranquilo; fuera lo que fuese, debía tratarse de un… amigo.

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Febrero - 2012

Parecía que iba a ser un día como otro cualquiera, pero terminó de manera imprevista, especialmente, para mí.
 Había quedado con una de mis mejores amigas para tomar un café por la tarde. Hacía tiempo que no nos veíamos y sería un rato agradable, es una persona cariñosa y simpática.
  Después de comer, arreglé unos papeles pendientes del trabajo y me dispuse a ir a la cafetería donde habíamos quedado, algo lejos de la zona donde vivo, pero a ella le viene bien aparcar allí y además es un lugar acogedor que nos encanta.
  Había recorrido un par de calles cuando oí una voz infantil detrás de mí. No sé ni de dónde salió ese niño, pero me dijo lo siguiente

- ¿Me puedes ayudar? Mi abuelo está enfermo.

 El chaval me dirigió como una súplica sus inmensos ojos castaños en los que trataba de evitar las inminentes lágrimas. Miré al anciano, que estaba parado en la acera, apoyado en la pared y sin apenas fuerzas para hablar. Le dije:

- ¿Se encuentra mal?

Me contestó:

- Me pasa a veces, estoy operado del corazón. Mi nieto se ha asustado, perdone haberla molestado. Voy a llamar a mi hijo.

Le pregunté:

- ¿Me quedo con ustedes hasta que venga?

Me respondió que no, que no hacía falta.
 Así que me fui, porque no quería llegar tarde a mi cita. Volví un instante la cabeza y vi cómo el niño me miraba con pena de que me alejase. Pero… ¿qué iba a hacer yo?

 Bajando las escaleras de la estación del metro, vi una mujer al cabo de ellas. Alrededor suyo había papeles tirados por el suelo. Cuando llegué a su lado observé que sangraba por la nariz,  se había caído al bajar. Le pregunté:
 -¿Estás bien?
 Me contestó:

 -Sí, sí, aunque creo que me he torcido un tobillo.
 Aprecié en el tono de su voz que estaba aturdida por el fuerte golpe. Tenía las medias rotas y las palmas de las manos enrojecidas. No acertaba a ponerse en pie pero me dijo que me fuera, que se quedaría un momento ahí a un lado.

 Nadie en absoluto se paró. Es lo que en psicología se llama el efecto espectador, aquello que nos hace evadir la responsabilidad amparándonos en que algún otro lo hará.

 Me fui porque empecé a sentirme  incómoda y además, tenía que coger un tren. ¿No es absurdo tener prisa cuando cada pocos minutos pasa otro? La vida está a veces tan irremediablemente exenta de sentido…
 Cuando llegué a mi cita, mi amiga ya estaba sentada al fondo del local, esperándome.

 Me extrañó que no hubiese acudido tan elegantemente vestida como solía hacer. También me di cuenta de que su semblante era un poco taciturno, al verme no había esbozado una sonrisa tan amplia como otras veces, y eso que hacía mes y medio que no nos veíamos, lo cual no pudo por menos que hacérseme raro.

 La incógnita se desveló incluso antes de que nos trajeran los cafés.
 Me dijo que hacía un par de días le habían comunicado que su hijo mayor necesitaba una operación de espalda, y que probablemente tendría que estar año y medio en lista de espera, a no ser que reuniera el dinero suficiente para llevarlo a una clínica privada. Me preguntó si podía prestarle alguna cantidad, que me lo devolvería en cuanto pudiera.

 Lo medité bien antes de contestarle, y aunque es una de mis pocas buenas amigas, le dije:
 -En estos momentos mi padre necesita mi ayuda económica, cuánto lo siento, quizás un poco más adelante te pueda ayudar.

 Percibí su gran decepción en su mirada, sin duda, había destrozado todas las esperanzas que había depositado en mí. Me contó que su hijo tenía continuos dolores, que sólo por eso se había atrevido a pedirme el favor. Sin embargo, esas palabras tampoco me conmovieron, y volví a contestarle poco más o menos lo mismo, que aun siendo verdad, no pareció satisfacerla.

 Como es obvio, y aunque también hablamos de alguna otra cosa, el café se nos agrió, y nos despedimos antes de lo previsto. Recuerdo la apatía con la que me dio un beso en la mejilla antes de entrar en su coche para volver a encontrarse con su pequeña familia sólo compuesta por ella y sus dos hijos.

  Antes de regresar a casa, me paré en mi librería favorita, para aliviar un poco mi mente mirando las novedades editoriales, pero no logré concentrarme, todos los títulos me estaban pareciendo iguales, y no conseguía reconocer el nombre de casi ningún autor. La enorme preocupación de mi amiga me había afectado, así que salí sin comprar nada.

   No obstante, tras caminar un rato, comencé a sentirme mejor, así que entré a una tienda de complementos y me compré un bolso.  Conseguí de esa sencilla manera olvidarme un poco de todo por al menos diez minutos.

   Al salir, ya había caído la noche, y las farolas de la ciudad comenzaron a inundar las calles de una luz melancólica, teñida de pasado.

  Mis pensamientos basculaban entre lo inesperado de la noticia de mi amiga y el original diseño de mi nuevo bolso. En esta ambivalencia se movían mis ideas cuando un hombre me paró para preguntarme si tenía un cigarro. Llevaba una sudadera marrón con la capucha puesta. Le dije que no, y se puso de mal humor, o quizás ya lo estaba. Me robó lo poco que llevaba encima, y después, sacó un gran cuchillo, y abriendo mi abrigo con endiablada habilidad más propia de un ángel, me lo hundió en el abdomen y me mató.

  Ahora me debato en una extraña lucha en el reino de la muerte, renegando de haber dejado de existir. Ahora soy yo quien te dice: ¿Me puedes ayudar?

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Enero - 2012

Me disponía a acudir a un ciclo de conferencias para aumentar conocimientos en mi carrera, estaba excitada, iban a ser unos días estupendos en los que conocería a gente interesante. No podía sospechar lo que iba a ocurrir. ¿Por qué a veces las desgracias son absolutamente impredecibles? Será que tras una tregua dada por la calma, viene la tempestad…

  Hice mi pequeño equipaje ilusionada, hacía mucho tiempo que no iba a ninguna parte, en realidad hacía siglos que no me permitía el mínimo esparcimiento, no tenía ganas. Acontecimientos recientes habían menoscabado mi estado de ánimo.

  Debía enlazar diferentes medios de transporte para llegar al hotel donde iban a impartirse las charlas, pero el esfuerzo merecería la pena porque me vendría muy bien oxigenar un poco mi aletargado espíritu, hablar con mis futuros colegas.
  Estaba ocupando mi asiento en el autobús cuando un hombre que iba por el pasillo me tiró sin querer la revista de mis rodillas y se disculpó con una media sonrisa. Recuerdo que pensé que tenía los ojos muy bonitos, e inmediatamente, volví a sumergirme en la lectura. Durante el trayecto, no muy largo, pude comprobar un par de veces qué hacía pues se sentó unas filas delante de la mía, y curiosamente una de ellas ¡volvió la cabeza para mirarme en el mismo instante en que yo le miré, y me sonrió de nuevo!

  Al poco rato me encontraba en el aeropuerto, dispuesta a embarcar hacia la gran ciudad, impaciente por dar un paseo por la cosmopolita urbe.
  Ya estaba al lado de mi asiento, colocando mi pequeña maleta en el portaequipajes, cuando miré hacia mi izquierda, y vi cómo aquel extraño de los ojos bonitos estaba haciendo lo mismo un par de filas o tres delante de mí. ¡Por lo visto iba al mismo destino que yo! Esbozamos una pequeña sonrisa y, me senté por fin; en menos de tres horas podría descansar en la habitación del hotel. Me puse a soñar despierta, a imaginar que un día sería yo la que sorprendería a una audiencia con el fruto de mis investigaciones.

   Tras aterrizar, me dispuse a tomar un taxi. Mientras el conductor arrancaba, me pareció ver la figura de aquel extraño al lado de la parada, pero no me llegó la vista  como para asegurarme.

   Unos pocos minutos después me encontraba cómodamente echada sobre la cama del hotel, disfrutaría de una agradable siesta y aún me quedaría parte de la tarde para poder dar una vuelta por la ciudad.

    Eran aproximadamente las ocho, aún de día porque era verano, cuando me decidí a salir para dar un paseo. Preferí bajar por las escaleras, no me gustan los ascensores. En el rellano del primer piso, vi un gran espejo que había en la pared, y me miré para comprobar que iba perfectamente arreglada. En ese instante, oí una voz detrás de mí que me dijo: “Guapa…”  Para mi sorpresa el piropo provenía de aquel hombre que me encontré en ambos medios de transporte. Lo dijo en un tono no muy alto, pero le oí, y contrariamente a alegrarme por el halago, ¡un extraordinario miedo me sobrecogió! ¿Qué demonios querría ese desconocido de mí? Bajé a toda velocidad las pocas escaleras que quedaban hasta el recibidor, y sin mirar atrás, salí a la bullanguera calle con un gesto que imagino delataba mi sobresalto interior.

    A los pocos minutos volví al hotel, ¡dispuesta a apaciguar mi miedo de alguna manera! Intentando parecer serena le dije al conserje que un hombre  me seguía, ¡que estaba muy asustada!; le di su descripción, y el chico me dijo que no sabía quién era con esos pocos datos. Añadió que si estaba muy preocupada fuese a la comisaría de policía más cercana. Pensé en hacerlo, pero no creí que fueran a hacer nada, así que opté por meterme en la habitación, cerrar bien, colocar una silla tras la puerta y no salir de ahí hasta la hora de la primera charla.

    Al día siguiente, aún con el miedo metido en el cuerpo, me esforcé en ir a la conferencia. Había perdido gran parte del interés, pero tenía la obligación conmigo misma de asistir. La sola idea de volver a tropezarme con aquel hombre me ocasionó un escalofrío que me rodeó los hombros.

    Tras la hora y media de la charla, a pesar de no tener ganas de entablar conversación con nadie, una chica muy extravertida debía tener la apetencia contraria, porque aun sin querer tuve que dejarla presentarse y comentar con ella algunos de los aspectos sobre los que disertó el conferenciante. Me dijo lo siguiente:

-¿Sabes? Nada ocurre por casualidad, cada cosa que nos pasa es la pieza de un inmenso engranaje que desconocemos.
   Pasó el día siguiente y no volví a encontrarme con aquel extraño, así que poco a poco logré tranquilizarme, exactamente, para el momento de irme.

  Me dirigí al aeropuerto con cierta prisa por volver a casa, a mi cotidianidad.

  Tras un retraso de casi dos horas por fin pudimos despegar, pero, ¡oh, Dios!, a los pocos minutos el avión empezó a hacer movimientos extraños, ¿qué pasaba? Sólo recuerdo que sentí un golpe, una fuerza a mi espalda. Por lo que me contaron fueron a recogerme a una especie de arroyo, me dijeron que gracias a haber salido despedida del aparato tuve la suerte de salvarme. Ciento cincuenta y cuatro personas murieron.

   Cuando me dieron de alta y regresé a casa me sentí muy rara, no por los daños físicos, sino por la sensación de haber nacido de nuevo.
   Una tarde estaba ordenando una de las mesillas de mi dormitorio. Debajo de unos papeles encontré una pequeña nota: era la letra de mi novio, que falleció hace un año tras una larga enfermedad. Decía lo siguiente:

    “Mi amor, el 20 de Agosto de 2008, te encontrarás por desgracia dentro de un avión que tendrá un grave accidente en su despegue del aeropuerto de Barajas. Cuánto lo siento, amor; pero no dudes que ahí estaré… para ayudarte.”

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Enero-2012

Creí que no estaría abierta, eran las once y cuarto de la noche, un tanto lluviosa por cierto, pero sí, lo estaba. Hacía poco tiempo que vivía en aquella ciudad y nunca se me había ocurrido entrar en esa pequeña y curiosa iglesia. Está sobre un puente, qué lugar tan raro para hacer una iglesia, ¿verdad?, y el puente está sobre un río, como todos los puentes, en eso no hay ninguna novedad…

  Entré con cierto rubor, como si pensara que fuese a incomodar a alguien, nunca me paro a pensar que cuando una puerta está abierta, será porque se puede pasar. La alumbraba una luz muy tenue que apenas disponía de fuerzas para iluminarla; pero al menos tenía ese agradable olor de las iglesias, mezcla de cera, incienso y flores. La decoración era un poco pobre, o digamos, sobria, con muy pocas imágenes. Sí que llamó mi atención el Cristo que presidía el altar, una bella figura a tamaño real, con los brazos abiertos y un gesto de dulzura y piedad infinitas, esbozando una juvenil sonrisa. Imaginé que bien pudiera ser la imagen de Jesús tras su resurrección, al reencontrarse con sus apóstoles, aunque no era la típica estatua que descubre sus llagas, esta no necesitaba demostrar nada, porque su bondad y sinceridad eran patentes en sus ojos esmeradamente trabajados en pulida piedra.

   Al principio me pareció que no había nadie, pero indagando la oscuridad, vi la silueta de una mujer sentada, un poco encogida sobre sí misma. Me acerqué con discreción para verla, mientras daba un paseo alrededor de los bancos de madera. Siempre me imagino que atento contra la intimidad de quien reza cuando visito una iglesia, es como si cotilleara dentro de sus almas. Vi que era una mujer de unos sesenta años, ¡ay, tengo grabado en mi mente ese rostro con lágrimas surcando sus mejillas; no he visto en mi vida una expresión que desvelara tanta tristeza! ¿Qué le pasaría a esa señora elegantemente vestida con un traje marrón o negro? Es difícil distinguir un tono oscuro a la delicada luz de esa iglesia que resultaba tan dramática como la persona que acababa de ver. Tanto me impresionó que le habría preguntado si estaba bien, pero vaya pregunta tonta, ¿no creen? La respuesta era evidente.

  Preferí alejarme un poco de su vista, no fuera a pensar que pretendía inmiscuirme en su recogimiento.

  Al pasar al lado de uno de los confesionarios, me sorprendió que a pesar de las horas tan tardías, estuviera un sacerdote. Tenía la pequeña ventana entreabierta, y me preguntó con delicadeza:

  ¿Desea confesión, hermana?

   Me extrañó esa forma de hablar un tanto desusada, aunque comprensiva y amable. Algo azorada le dije:

   No, gracias, ahora no.
 
   De repente empecé a sentirme mal, mareada, y con una sensación difusa de temor, y decidí finalizar mi visita. Así que me acerqué, como siempre suelo hacer la primera vez que entro a una iglesia, a una de las vitrinas de velitas para depositar un donativo. Me gusta ver cómo se encienden varias a la vez, es como si ese ruidito me reconfortara.

 Tras cumplir con mi tradición, antes de irme, miré hacia el pequeño coro, y vi unas siluetas indefinibles con perfiles humanos, de distintas estaturas, ¡pero sin corporeidad!, translúcidas, hombres y mujeres. No los conté pero creo que eran cinco o seis. Me pareció que se movían un poco, pero no sé si era un movimiento auténtico o efecto de su ingravidez. Uno de ellos se echaba las manos  a la cabeza, como si se lamentara. Nunca había visto algo así, no sé si eran espectros, pero sentí miedo, o mejor dicho, ¡angustia!

   Salí rápidamente de la iglesia, asustada, sin poder dar crédito a lo que había visto, pero tan pronto crucé la puerta, logré sosegarme. Así que anduve con calma por el puente, reflexionando sobre lo ocurrido, cuando me encontré con un hombre que iba paseando a un pequeño perro. Vi que me miraba desde metros antes de acercarse, y me protegí dentro de los anchos y suaves cuellos de mi abrigo de lana gris. Nos cruzamos en la acera y unas décimas de segundo después, cuando ya no le veía, oí su voz, que me dijo:

   -¿Estás bien?

   ¡Qué extraña pregunta! Me volví y contesté con cierta incomodidad:

  -Sí, sí, descuide.

  Y el buen hombre sonrió y me dijo adiós. Tuve que ser hábil porque esa pregunta me pilló tan por sorpresa que igualmente podría haberle contestado que no, con lo cual quizás me habría preguntado el motivo. ¡Es tan rara la cortesía cuando no te la esperas!, o tal vez sea que en este mundo tan deshumanizado es difícil hallar a nadie que se preocupe por los demás.

  Al día siguiente, le pregunté por la pequeña iglesia a un compañero de trabajo que es de la ciudad, él quizás la conocería. No iba a contarle nada más, no tenía el grado de confianza suficiente para decirle lo que vi, sólo quería saber si había estado alguna vez en ella.

  Mi pregunta no le sorprendió, y me respondió en un tono  ligeramente melancólico:

  -Ah, sí, es la Iglesia de las Santas Aguas; a todo el mundo le extraña que se construyera encima de un puente, pero ¿sabes?, se hizo ahí para ayudar a los que se suicidaron en él, para que sus pobres almas… tengan consuelo.

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Enero-2012

¿Por qué se me ocurrió aquella otoñal tarde entrar en esa extraña librería en una calle tan alejada del centro de la ciudad por la que sabía que raramente volvería a pasar?
 Quizás el aburrimiento…no traiga nada bueno.

 ¿Cómo es posible que me diera por arrimar un taburete a la estantería para llegar a la balda más alta? Sí, el apartado era de filosofía, pero no estaba buscando nada en concreto. Quizás era aquel desdichado libro…el que me buscaba a mí.

 No olvides, amigo, que cuando se va por donde no se quería ir,  se hace lo que se pretendía no hacer, o se dice lo que no era tu intención   mencionar, eso es a lo que otros llaman  destino. También podría decirse que el destino quiere darte una lección.

 Una vez asenté bien mis botines en aquella mini escalerita plegable de madera, me dispuse a ojear los títulos, unos de abajo hacia arriba, otros, de arriba hacia abajo (me encantaría que las editoriales se pusieran de acuerdo en escribirlos todos en el mismo sentido…). Había uno, de tapa dura negra, que no llevaba título alguno en su lomo, era pequeñito, y tuve la curiosidad de extraerlo y tenerlo entre mis manos.

  Entonces vi lo que ponía en la tapa, en un rectángulo de cartón pegado, escrito en una letra como la de las antiguas máquinas de escribir de cinta. Decía: “Manual del perfecto asesino”. Me quedé atónita, e inmediatamente, lo abrí por la mitad.
   Comencé a leer la página que quedaba a la derecha, aunque me pareciera una profanación empezar por el medio la lectura de un libro (otra de mis numerosas manías…). Estaba escrito a mano en tinta negra, con subrayados en rojo. Lo que leí fue lo siguiente:

 No olvides lo que no (subrayado) debes hacer con el cadáver. Se puede matar, pero con elegancia:

 -Nunca lo dejes con las manos o las piernas atadas.

 -No debes abandonarlo desnudo, si por algún motivo lo lavases, vuelve a vestirlo, con otras ropas, por supuesto.

 -Jamás lo violentes sexualmente ni antes ni después de acabar con su vida.

   En ese momento me detuve para echar un vistazo rápido a todo el contenido del libro, también había dibujos, sencillos pero escalofriantes, ¡eran formas de asesinar! En uno de ellos un hombre ponía directamente una pistola sobre el corazón de otro hombre que parecía sedado, sentado en una silla, con la cabeza ligeramente para atrás. En otros dibujos se explicaba cómo evitar que un casquillo de bala pudiera quedarse alojado en un lugar donde no resultara fácil de recuperar y constituir una fatal circunstancia.

 Tenía un índice por capítulos, y al leerlos comprendí que era un pequeño tratado para matar, de forma digna y libre, es lo que decía a modo de dedicatoria a sus lectores. ¿Habría algún aspecto que no contemplase aquel horrible manuscrito?

  Pensé inmediatamente si el autor de aquella aberración sería cualquier vecino de esa calle, que en un momento de locura hubiera escrito y posteriormente colocado ahí el pequeño libro, su personal legado para la posteridad. ¿Estaría el autor vivo? Intenté encontrar alguna pista en las páginas, estaban en perfecto estado, limpias y sin humedad.

 Tendría que ser un perito el que pudiera decir cuántos años podrían tener esas hojas blancas en las que no aprecié ninguna fecha escrita, al menos, con la cifra. En ese instante, noté que me caía… ¡Dios, el maldito taburete! Di un traspié y el ruido llamó la atención del chico de la librería. Me dijo: ¿Se ha hecho daño?

  Ruborizada le dije que no y me marché de allí a toda prisa, estaba tan avergonzada que ni siquiera me tomé la molestia de volver a colocar el libro en el estante, no sé ni dónde paró.
  Me fui a casa y pasé la noche pensando en aquel terrorífico librito que parecía haber sido escrito por el mismo demonio.

  A la mañana siguiente, que recuerdo era un domingo, me levanté y me puse a hacerme un café, como todos los días, lo primero antes de nada, porque su delicioso aroma me reconcilia con el mundo, imagino, que como a mucha gente.

   ¡Qué extraño, sonó el telefonillo! ¿Quién sería? No esperaba visita de nadie, menos aún un domingo a esas horas. Quizás fuese mi hermana.

  -¿Quién es?

  -Soy el de mantenimiento, tengo que hacer una comprobación en todos los pisos, ha habido una avería. Vaya abriéndome, por favor.
  Una avería, ¡lo que me faltaba!

  Es lamentable lo fácil que puede ser matar a alguien. No, no era ningún empleado de la casa, era el librero…y yo ahora te escribo esto, desde el otro lado, amigo, del de la muerte. Y sí, me mató…con elegancia, con diabólicas frialdad y elegancia.

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Enero-2012

UNA PESADILLA HECHA REALIDAD

Aquel lunes por la mañana, nada más levantarme, mis manos empezaron a temblar, y desde ese momento, aún siguen haciéndolo. Te contaré, amigo, a qué se debe; tal vez no puedas creerlo, pero es que la realidad casi siempre supera a la ficción.

   Todo empezó con una pesadilla que tuve hace bastantes días, tan vívida, que al despertarme sentí ganas de saltar de la cama y echar a correr, y debí contenerme. En ella, mientras una noche caminaba por una solitaria calle, me pareció que un hombre me seguía. En una intersección crucé hacia un lado al que no tenía que ir, con el único propósito de comprobar si mi sospecha era cierta; y, efectivamente, él, a lo lejos, también lo hizo.

  Como aún estaba a cierta distancia de mi vivienda, intenté no acelerar demasiado mi paso, no fuera a ser que al notar mi miedo, aumentara sin pretenderlo, el morbo o lo que fuera que a ese personaje le hiciera perseguirme. Ingenua de mí, por no fiarme de mi instinto de huida, para cuando quise darme cuenta, me di la vuelta, y ese individuo me había alcanzado. ¡Qué silencioso debía de ser su calzado, porque ni lo oí! Quizás había salido de su casa con ese malévolo detalle previsto.

  Una gran cicatriz horizontal surcaba su frente, ¡tuve que ahogar un grito de espanto al verle a pocos centímetros de mí! Recuerdo que pensé en el sueño que probablemente sería un preso de la cárcel de las afueras. Y sus labios, gruesos y medio abiertos, me repugnaron. Su gesto era entre bobalicón y excitado, pero sólo le oi decir una palabra. Balbuceó:

- Señora…

 Me puse a correr tan rápido como pude, contrariamente a lo que pensé, él no hizo lo mismo, quizás pensó que llamaría la atención de algunos de los pocos coches que pasaban. Solamente oí que dijo algo más, pero no sé si en el sueño no lo entendí, o si habiéndolo entendido, al despertarme, no lo recordé. ¡Qué curiosa es la mente!, ¿verdad?

 Esa mañana, en mi trabajo, cosa no extraña cuando se ha tenido un mal sueño, recuerdo que me sentí poco concentrada en lo que hacía, y sin ganas de bromear con mis compañeros, que incluso me preguntaron qué me ocurría. Les dije que no había dormido bien, pero un infantil pudor me impidió decirles que había tenido una horrible pesadilla que me había consternado, porque me parece impropio de un adulto sentirse tan afectado por ello.

  Pasaron unos diez días. Mi novio vino ese fin de semana a verme, y tras dos fantásticas jornadas, fui a despedirlo al aeropuerto. La terminal estaba llena de pasajeros, como siempre, y tras verle pasar a la zona segura, tuve que irme con la tristeza de que se quedaría allí solo esperando un buen rato.

   Salí de la terminal con ganas de volver a mi pequeño piso porque tenía trabajo que preparar, y pocas ganas de alargar la tarde de ese domingo.
  Iba a subir a un taxi cuando al echar un vistazo dentro de mi bolso, me di cuenta de que con las prisas, me había dejado la cartera en casa, qué contrariedad, ¿qué podría hacer? Miré en los bolsillos de mi pantalón y encontré unos euros, con uno de ellos me bastaría si fuese a la estación de metro más cercana; así lo hice puesto que no me quedó más remedio. Tras un pequeño trayecto a pie, la encontré, busqué mi línea y subí al vagón, mientras pensaba en que precisamente cuanto más te apetece llegar en seguida, surge siempre algún imprevisto.

  En una parada llamada “El Capricho” tuve que bajarme para cambiar de línea. Lo que ocurrió, no sé si fue un capricho del destino, pero en ese caso, tendría que ser muy diabólica esa misteriosa entidad.

  No recordaba esa estación, quizás nunca la había pisado, pero me hizo sentir mal desde segundos antes de que mi tren se parase. No había nadie. ¿Cómo era posible? Era domingo y no es extraño que no haya tantos viajeros, pero de eso a que estuviera desierta… Seguí las indicaciones que me llevarían al andén en el que debía esperar, pero esos desconocidos pasadizos solitarios me confundieron… Tuve que retroceder porque estaba yendo a una vía equivocada, y al girar en un pasillo, me encontré con el hombre de mi pesadilla. ¡Sí!, ahí estaba, era el mismo, con sus mismas ropas holgadas y anticuadas, y esa espantosa cicatriz todo a lo largo de su frente. Eché a correr y oí su voz que me decía: “Señora… ¿va usted muy lejos?” Se me heló la sangre. Su tono vocal era como el de un discapacitado mental, o quizás lo estuviera fingiendo para… ¡asustarme! Noté que me seguía y toda mi esperanza la puse en las escaleras que tenía delante. Las bajé tan deprisa como pude, oyendo sus pasos tras de mí, sobre las planchas metálicas.

  Vi que el tren entraba en la estación y di gracias a Dios, con más Fe de la que había logrado reunir en toda mi vida. Exactamente en el preciso instante en que llegué al vagón se abrió la puerta frente a mí. Entré y vi con espanto cómo a lo lejos aquel hombre me miraba con la boca abierta apretando su paso en las escaleras. Una horrible imagen que tardaré tiempo en olvidar…

  Llegué a casa y directamente me acosté para sentirme más protegida. Después de una noche en la que apenas dormí,  después de unas horas en las que me sentí en un estado de estúpida alerta, con la llave de mi piso con las dos vueltas bien pasadas e introducida en la cerradura, lo cual no suelo hacer para no olvidarlas puestas al salir, hice todos esos rutinarios hábitos de cada mañana, como poner las noticias de la tele mientras tomaba el desayuno con la melancolía de que fuese lunes y la esperanza de que estuviera empezando una semana tranquila. ¿Para qué lo pensaría?

  Estaba vistiéndome cuando oí al locutor decir algo sobre un asesinato en mi ciudad, fui a la sala y al mirar la pantalla y ver cómo la policía se llevaba al detenido, no pude dar crédito a lo que veía: ¡Era el hombre del metro, y el de mi pesadilla! La misma cicatriz en su frente, su misma boca medio abierta, ese aspecto entre obtuso y diabólico. La noticia dijo que asaltó y degolló a una joven inmigrante en un parque de la ciudad durante la noche, tras ello, la policía le detuvo al ser denunciado por un viandante, que alertado por verlo manchado de sangre, les llamó e indicó la calle donde lo encontrarían. Estaba borracho y no opuso resistencia.

  Inevitablemente, imaginé que podría haber sido yo la víctima y por unos instantes me sentí en un indefinido territorio entre la vida y la muerte, agradeciendo a aquel tren que llegase en el segundo exacto. Desde entonces, no he vuelto a pisar una estación de metro, espero que pronto lo olvide todo y recobre la normalidad. Entretanto, amigo, ten cuidado con lo que sueñas, porque sólo el velo de tus párpados separa lo que esta noche será tu sueño de lo que quizás mañana vivirás. Que tengas bonitos sueños…por tu bien.

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Enero-2012

UNA INSOMNE NOCHE

Me había acostado temprano, y como no podía ser de otra manera, tal vez por las preocupaciones laborales que me había llevado a la cama, me desperté hacia las dos de la madrugada. Fui a la cocina, tomé un sorbo de cualquier bebida, como hacía siempre que me desvelaba a media noche, y sentí una imperiosa necesidad de bajar a la calle a respirar aire fresco, probablemente demasiado fresco, porque mi ciudad es muy fría en invierno, pero no me importó en absoluto. Me puse unos pantalones, unos zapatos y no olvidé mi gabardina por si se escapasen unas repentinas gotas de lluvia, bastante habitual por aquí…….

  ¿ Qué pretendía hacer? Nada, pasear un rato, pensar un poco en mis cotidianas cavilaciones, encontrar solución para alguna de ellas, tropezarme quizás con un gato vagabundo aterido de frío y tan solitario como yo.

  Bajé un par de avenidas, mi paso era ligero, como si fuera al encuentro de alguien, pero no era así, no sabía por qué hacía aquello, era como si quisiera ¿ perderme?  Me adentré por una calle por la que hacía bastante tiempo que no transitaba, algo alejada del centro de la ciudad, pero amplia, aunque absolutamente vacía a esas horas, cómo era lógico.

  Me paré un momento en la acera, aproveché la luz de una farola cercana para encender un cigarrillo, en esos momentos algo llamó mi atención: a unos veinte metros a mi izquierda, en el lado opuesto de la calzada, vi un desgastado letrero luminoso, parecía que una de sus letras me hiciera un guiño, una que debía estar estropeada, era un rótulo de lo que imaginé un bar de copas, en un melancólico color salmón.

  No pasaba coche alguno así que ese parpadeo que me llamaba me invitó a cruzar, no pude resistir ir a comprobar qué ponía, esta curiosidad que siempre me ha vencido…. Junto al lugar, me aparté un par de pasos hacia atrás para ver el nombre del local. Decía:  “ Paradise “.
  No se oía ruido alguno procedente del interior. Las ventanas estaban cubiertas. La puerta no parecía demasiado pesada, así que sin pensarlo siquiera tiré de ella….

  No encontré a nadie, pero había unas lámparas encendidas, que daban una tenue luz tan apagada como el resto de la decoración. Me fijé en los cuadros, con finos marcos de madera, eran unas fotos en blanco y negro de esas que a veces cuelgan de bares de este estilo, de esas…. que siempre me traen una sensación nostálgica.

  Pasados unos instantes, reparé en que escuchaba algo, era una canción que no conocía, parecía proceder del fondo, de detrás de una cortina de cuentas de cristal; en esos momentos empecé a sentirme inquieta, ¡ un extraño miedo comenzaba a apoderarse de mí! No supe si salir o acercarme para comprobar qué había detrás de ella, pero, como siempre, pudieron las ganas de no marcharme sin obtener una respuesta.

  Intentando hacer el menor ruido posible, con todo sigilo, la atravesé, y ya al otro lado, me encontré en una habitación pequeña, con un trasnochado velador en una esquina sobre el que en un viejo aparato estaba girando el disco que seguía sin reconocer; la melodía era dulce, romántica, pero parecía un ruego o un sollozo cantado.

  ¿Quién habría estado ahí hacía unos minutos colocando aquel pequeño vinilo? No había nadie ni en ese habitáculo ni en el resto de aquel intrigante lugar. No vi más puertas, no comprendía qué pasaba ahí. Ahora ya podría llamar auténtico terror a lo que comencé a sentir, ¡incluso me paralizaba!

  Vi una ventana de madera, cuya pintura en un desgatado tono verde estaba muy desconchada, y pensé que podría escapar por ahí, ya que el pánico me impedía retroceder para salir por la entrada. Amigo, sé que es difícil entenderme, ¡pero me era absolutamente imposible darme la vuelta!

  Me acerqué a ella, con la esperanza de que el tirador no estuviese atrancado, tuve que hacer un poco de fuerza, pero se abrió sin excesiva dificultad. Comprobé que la distancia al suelo no era más que de poco más de un metro, así que me animé a salir de esa forma de aquel agobiante sitio. Daba a una calle lateral estrecha, con una especie de jardincito descuidado, no me sería difícil volver a casa, porque recordaba cómo había llegado hasta allí en ese equivocado paseo nocturno.

  Puse un pie sobre el marco de la ventana y antes de darme cuenta, algo agarró mi brazo derecho, tuve que saltar bruscamente, pero no me caí.
  El hombre que vi delante de mí me espeluznó. No tenía nada raro en su cara, ¡¡solamente que no parecía que estuviera vivo!! Y ese traje que llevaba, beige, que parecía sacado de un antiguo baúl, y su mirada asustada, sí, ¡asustada y amenazadora! me estremeció.

  Me dijo: “Vete ahora mismo de aquí y no vuelvas nunca “.

  Logré soltarme de su potente mano y eché a correr tan rápidamente como pude. Mi gabardina se quedó en el suelo, no me volví para recogerla. Ni me volví para ver de nuevo aquella espantosa silueta que poco me importaba si seguiría ahí o no. Mi corazón latía con demasiado ímpetu como para que hubiese podido soportar un único sobresalto más.
   En menos de veinte minutos ya había llegado a casa. No te niego que no pude volver a conciliar el sueño hasta que la luz del nuevo día comenzó a entrar por las rendijas de la persiana de mi dormitorio. Mi mente intentó toda la noche encontrar una explicación a lo sucedido, pero no la había.

  Al despertarme, añoré ese reconfortante sosiego que se tiene tras una pesadilla, al darnos cuenta de que, menos mal, todo había sido un sueño. Pero no, no lo había sido, no tuve más que comprobar que mi gabardina ya no estaba en mi ropero.

  Amigo, ten cuidado antes de abrir cualquier desconocida puerta, podrías adentrarte en un lugar…..anclado en el tiempo.

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Enero-2012

TAMBIÉN TE PASARÁ A TI

Antes de acostarme me acerqué a su lado, estaba estudiando, como siempre a esas horas. Llevaba su camisa favorita con los puños de las mangas desabrochados, vueltos hacia arriba descuidadamente; y olía a ese perfume que tanto me gusta.

   Le dije que no se desvelara demasiado, pero esa noche, ni siquiera me contestó. Levantó la cabeza apenas un instante, pero sin decir una palabra, lo que hizo que desistiera de atreverme a darle un beso, ni siquiera en la mejilla.

   Me fui a la cama creyendo haber visto algo diferente en su expresión, un matiz inquietante en sus ojos, un extraño brillo, como el de un niño cuando se despierta tras una pesadilla. ¿Por qué? ¿No era acaso una buena compañera para él? ¿A qué podría deberse esa crueldad, esa indiferencia?

   Al día siguiente, madrugué bastante. Deslicé mis pies de entre las cálidas sábanas, y pensé que quizás al notarlo, él alargaría una mano hacia mí, para de alguna manera compensar su pequeño desprecio de la noche anterior; pero no, no hizo el más mínimo movimiento, así que le dejé durmiendo, ya que ni se había dado cuenta de que me levantaba. Hay que ver, qué inocente parecía, cuando últimamente ¡tanto daño me estaba haciendo con su hiriente desdén!

    Hacía bastante tiempo que no veía a mi hermana, así que me decidí a ir a verla. Me esperaba un buen rato conduciendo, pero de esa forma llegaría a tiempo de darle una sorpresa cuando sale  de la oficina a media mañana para tomar un café. Vive en otra provincia, aunque mejor dicho, fui yo la que me marché.

    Como no encontré apenas tráfico, para antes de las once ya pude entrar a la cafetería donde ella solía hacer el alto mañanero; y me senté hacia al fondo, al lado de una ventana; cogí un periódico, mientras descansaba un poco, y tomaba un sorbo de un minúsculo café que además, ni siquiera estaba caliente. Al menos, la magdalena sí estaba en su punto. Y jugueteé con el envoltorio, mientras pensaba en que no llevaba los zapatos tan brillantes como deberían estar para una visita así después de tanto tiempo. La gente iba ya muy abrigada a pesar de que aún estaba comenzando el otoño, caras aburridas, colores oscuros, conversaciones insustanciales, los absurdos programas de la tele con el sonido casi inaudible, sobrecitos de azúcar vacíos por el suelo.

   En unos diez minutos por fin entró, me alegré mucho al verla, tan guapa como siempre, con su bonita melena azabache sobre los hombros y una de esas chaquetas cortas de las que tanto le gustan; hablando con un hombre más joven que ella, no le reconocí, quizás era un nuevo compañero de trabajo. Iba a levantarme de la silla, pero en ese momento me pareció que me vio e hizo como que no…Se fue con él hacia el lado opuesto del local, sin hacerme el mínimo caso. No acerté a reaccionar.

Esperé un instante a ver si se volvía a mirarme, pero no; la forma en que disimuló que me había visto era incomprensible e intolerable. Así que desconcertada, avergonzada, me alegré de que ya hubiera pagado mi raquítico café, y salí de allí inmediatamente. ¿Cómo pudo mi hermana hacerme algo así?

   Muy apesadumbrada arranqué mi coche, odiando la maldad y frivolidad del género humano, incluido el género familiar. El trayecto de vuelta se me hizo algo más pesado, quizás por la decepción del viaje o porque una lluvia torrencial se empeñó en acompañarme. Golpeaba el cristal delantero, y tuve que accionar los limpiaparabrisas, cuyo monótono ruido me parecía el contrapunto a mi alborotado corazón por esa sorpresa que tan mal recibida fue. Podría haberme ahorrado toda esa desagradable mañana, de haber caído en la cuenta de que quien nunca se preocupa de hacértelo notar, lo más probable es que no necesite tu cariño. Hay veces en la vida en que pareciera que todos a tu alrededor se confabularan en una malévola crueldad a la que no se encuentra sentido alguno.

   Nada más llegar me hice un café, esta vez abundante y caliente, y me abrigué con mi chaqueta de punto extragruesa. Mi marido se quedaba a comer en su trabajo, así que de no desearlo, no tendría porqué contarle nada de mi decepcionante visita a mi hermana. No me gustaba mostrarme ante él como una persona débil o lastimera.

   Sonó el teléfono. Por un instante me reconforté pensando que sería ella, que arrepentida por su actitud querría disculparse conmigo; salté a toda prisa del asiento para descolgar el auricular, pero no era ninguno de sus números el que vi en la pantallita. Contesté, y una voz femenina que me preguntó por otra mujer, le dije que no era yo, y que aquí no había ninguna persona con ese nombre. La voz no pareció del todo satisfecha con mi contestación, pero con un lacónico “perdone” se despidió.

Inmediatamente, pensé que me resultaba conocido ese tono un poco agudo que había oído; pero no, ¿cómo alguien conocido podría confundirse con mi número y ni siquiera decírmelo?

   Con una extraña sensación de incomodidad me cobijé en un extremo del sofá, el que siempre me acompañaba en todas mis cavilaciones, y me dejé dormitar unos minutos. Cuando desperté, habían pasado ¡dos horas!, y me acordé de que tenía que ir a hacer unas compras antes de que él volviera, y ya estaría a punto. Con bastante desgana volví a cambiarme de ropa, pensando aún en la mujer que había equivocado mi número telefónico, ¿o no?

   Bajé a la tienda, y compré la marca de chocolate que más le gusta, también pan y yogures. No sé ni cómo pude hacer tan aparentemente nimia tarea, porque tras aquel fallido día me sentía exhausta. Cada vez las personas se me hacían más y más torpes, dándome con la cesta sin reparar en absoluto en mí, incapaces de una disculpa ni de esbozar una sonrisa para excusarse.

   En un momento terminé, ¡por fin!, ahora podría volver a arrebujarme bajo mi manta preferida.
   Salí del ascensor, giré la llave de la puerta, y antes de cerrarla, oí a mi marido hablando con alguien; guardé silencio, y me refugié al lado del perchero como si fuera una ladrona despistada. Estaba con una mujer, ¡sí! Y oí claramente lo que esta le decía:


  -Debes superarlo, ella no volverá. La muerte nos espera a todos. Tú tienes que vivir.


   Él parecía que lloraba, pero con un hilillo de voz. Comprendí en ese instante que ahí sobraba, así que saqué la llave de la cerradura, volví sobre mis pasos, cerré la puerta suavemente, y me dirigí en la noche ya cerrada, con el cielo tan negro como mis lágrimas, hacia mi tumba…de la que nunca debí salir.

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