Febrero - 2013

Aquel maldito rayo de luna que una noche de invierno se coló por el tragaluz de su buhardilla le trastornó la cabeza. Héctor es un joven ciertamente introvertido al que le gusta vivir en soledad; bibliófilo impenitente y cuidadoso al extremo de todos los aspectos de su vida, tanto laborales como familiares. ¿Quién podría haber previsto algo así?
Colecciona sus amados libros con la reverencia que otros sienten por lo vulgar, pero él es un ser distinguido, exquisito; y los colocaen su librería con minucioso orden, por autores, como si intentara que se sintieran a gusto en su hogar. Cada vez que adquiere uno nuevo sienteuna gran satisfacción, piensa que es la única que su monótona vida le puede proporcionar. Tras sus estudios de filología hispánica e inglesa solo consiguió un puesto de trabajo mediocre con el que tendría que conformarse quizás para siempre. Tiene pocos amigos y aún menos familiares. No tiene novia ni alberga ya la vana esperanza de encontrarla, empieza a sospechar que la mujer idónea para él tiene que estar con otro.
Usa una buhardilla, que constituye toda su vivienda, la única que puede pagarse, unos cincuenta metros cuadrados más una terracita en la que suele atascarse la pequeña alcantarilla, a modo también de pequeño estudio de pintura. Ha realizado varios óleos y acuarelas, en los que los protagonistas son siempre animales y un poco misteriosos: búhos, cuervos, murciélagos, topos, lechuzas, y gatos negros que en sus lienzos pueden ser de cualquier color: verdes, morados, amarillos… o negros. Todos ellos son escenas nocturnas en las que solo se intuye lo que va a pasar, pero él se cuida de que siempre se refleje la acción cinco segundos antes de que fuese a desvelarse.
Aquella noche de enero, muy fría y despejada, por lo cual ese furtivo resplandor de la luna entró de llenopor su ventana de unos treinta grados de bella inclinación, Héctor estaba de pie, pensando en nuevas ideas que pintar, escuchando un disco de Bach, cuando aquella luz azulada con brillos nacarados le sorprendió en la cara. La habría visto docenas de veces, pero quizás él tenía un distinto estado mental. ¿Quién sabe cuál exactamente es la cuerda que se ha de tocar para que se despierten nuestros monstruos internos? Tal vez lo sepa aquel que nos creó, pero o bien no hemos tenido un escultor omnipotente o bien nos ha dejado a merced de los demonios de nuestras mazmorras.
Héctor se puso su chaqueta de tweed , se peinó y se perfumó. Nunca salía a hacer algo importante sin ponerse un poco de perfume. Realmente aún no sabía qué era lo que tenía que hacer pero quizás la luna le seguiría informando.
Cerró la puerta en silencio y antes tomó la precaución de correr los visillos porqueno quería que la lunaentrara en su ausencia y quizás le robase sus libros.
En la calle miró de nuevo al cielo y vio cómo el satélite terrestre se escondía por un momento tras una fina nube, tan delgada, que le pareció una cortina de gasa con la que jugaba. Héctor tenía una inusual facilidad para ver intenciones extrañas en las personas, en los animales o en los astros. Una vez comprobó que la luna estaba de nuevo iluminando su camino, se dirigió a paso rápido hacia alguna parte de la ciudad.
Anduvo unos quince minutos, casi no había paseantes porque eran ya las diez de la noche y la temperatura era muy baja. No obstante, en la vida casi siempre ocurre lo que no menos te esperas en el momento más inconveniente.
Una conocida suya le saludó desde la otra acera de la calle:
¡Hola!, le dijo elevando un poco la voz. ¡Hola!, repitió.
Lo miró extrañada de que él no respondiese a su saludo, más aún cuando no pasaba nadie más por la calle, pero desistió de insistirle ya que parecía tener prisa.
Héctor no la vio ni se enteró.
Se acercó a la puerta de un edificio como tantos otros. Cruzó el pequeño jardín con dos grandes macetas a ambos lados que le parecieron de un pésimo gusto, gordas, feas y por si fuera poco, insolentes. En ese momento una chica llegaba y aprovechó para entrar con ella. Subieron juntos en el ascensor, y además resultó que iban al mismo piso. Puede ser una noche solitaria y encontrarte con una antigua amiga en la desértica calle y luego con una desconocida en un ascensor.
Llamó a un piso y un hombre joven le abrió.
Salió a los diez minutos, la visita fue breve.
Mientras caminaba de vuelta a su buhardilla su mirada estaba perdida, absorta en algo. Ni siquiera miró al cielo para comprobar si seguía ahí aquella piedra reluciente. Su paso era aún más ligero que a la ida, notaba un frío mucho más intenso que antes, y sin embargo estaba sudando debajo de su chaqueta de corte perfecto. Su deseo era parecer en todo un caballero de la cabeza a los pies y no había detalle que él no cuidase, salvo quizás uno: su salud mental.
Cuando por fin llegó se cambió de ropa, se puso un grueso jersey y se sirvió un whisky. Volvió a darle a la tecla de reproducción y siguió escuchando el disco de Bach donde se había quedado. Miró por la ventana graciosamente inclinada buscando a la luna, pero ya no estaba. Suele ocurrir. Los cómplices de nuestros actos viles desaparecen cuando se les necesita. Los cómplices de los actos buenos siempre estarán ahí. ¿Por qué las lecciones se aprenden demasiado tarde?
A la mañana siguiente, sonó el despertador. Héctor, sin recordar absolutamente nada, comenzó a desplegar las obligatorias rutinas diarias. Se hizo unas tostadas y les puso una gruesa capa de mantequilla, el único placer diario que se permitía, porque mantener su peso a raya era una de sus obsesiones, o como él las llamaba, sus buenas costumbres. “Mantén a raya tus placeres y así mantendrás a raya tus vicios.”, solía decir.
Se perfumó un poco y se dirigió a su descorazonador puesto de trabajo, ese lugar que solo le producía tristeza y aburrimiento.
Cuando llegó a la puerta le extrañó encontrarse con un policía que salía, el cual le saludó con un amable gesto y al que Héctor no fue capaz de contestar.
Nada más entrar comprobó que algo pasaba porque sus compañeros estaban hablando en un corrillo e inmediatamente su compañera de mesa se acercó a él.
-Héctor, ¿no sabes lo que ha pasado?
-No.
-Anoche asesinaron a Juan. Por lo visto entraron a robar a su piso y le degollaron. Ha sido horrible.
Un par de días más tarde, Héctor estaba en un hospital psiquiátrico, el diagnóstico: brote esquizofrénico agudo. Y a espera de juicio.
Las noches despejadas sigue buscando la luna, pero por desgracia desde la ventana de su habitación no se la alcanza a ver. Le correspondió la peor habitación del hospital y el peor destino a supobre vida. 
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Enero - 2013

Sé que la sugestión es capaz de confundirnos, de hacernos creer que hemos visto u oído lo que nunca ocurrió, pero, ¿y si estamos seguros de que era real lo que percibimos?, ¿y si no le encontramos al hecho ninguna explicación racional? Dejad que os cuente lo que pasó y así juzgaréis por vosotros mismos…
Llevaba un par de meses viviendo en aquella casa, me había tenido que trasladar a la ciudad por motivos de trabajo y dediqué bastante tiempo a elegirla entre la gran oferta de alquileres que acabó por abrumarme un poco. Realmente lo único que me importaba es que estuviera cerca de la estación de metro y que tuviera las comodidades básicas.
Pasadas dos semanas de mí mudanza comencé a encontrarme a gusto, ya había colocado esos pequeños detalles que te hacen sentir en tu hogar: mi lamparita sobre la mesilla, mi albornoz en el cuarto de baño, mis graciosas tazas de loza decoradas en la cocina. ¿Hay algo más bonito en este mundo que la palabra mí ? Probablemente sea la palabra nuestro , pero en esos momentos no tenía pareja con la que compartir las cosas, ni las alegrías, ni las penas, ni los misterios. Mientras lo escribo aún me cuesta creerlo, pero sin embargo, lo viví. Os contaré.
Una noche, estaba ya acostada escuchando unos audios en mi pequeño reproductor, cuando empecé a oír algo que parecía proceder de fuera de mis auriculares. Primero bajé el volumen de lo que estaba oyendo, pero después, lo apagué del todo. Presté la máxima atención y me di cuenta de que era como una melodía infantil, parecía como el sonido de una cajita de música, ya sabéis, de esas que tienen una bailarina dentro que gira incansablemente hasta que se para y hay que volver a girar la manecilla de la cuerda.
Desconcertada, aunque no me apetecía en absoluto porque estaba muy calentita y a punto de dormirme, tuve que levantarme para ver qué demonios pasaba. Salí al pasillo y comprobé que el sonido procedía de alguna parte de mi habitación, ¿pero de dónde? Me pareció que venía de la pared en la que está el gran armario empotrado, a pocos centímetros de mi cama. En ese instante, la musiquilla dejo de sonar. ¡Menos mal! -pensé-, pero…al cabo de pocos segundos comenzó de nuevo. Acerqué mi cabeza a ambos lados del armario, y creí percibir que aquel sonido que comenzaba a inquietarme venía del lado izquierdo. Me pegué un poco más y noté que lo advertía salir de los cajones que se encontraban cerca del suelo, justo debajo de una de las grandes puertas que servían de ropero.
Con cierto miedo abrí el primer cajón, ¡pero no encontré nada!, el segundo, ¡y tampoco!, hasta que comprobé todos con el mismo resultado. Seguía escuchando claramente, aunque bajito, aquella insistente música, ¿cómo era posible que no encontrara el artilugio que la producía? Poniéndome cada vez más nerviosa, tuve que ir un momento a la cocina para beber un sorbo de agua porque aquello me estaba empezando a abrumar.
Cuando regresé a mi habitación, ya no se oía nada, me tranquilicé, volví a acostarme y me dormí.
Pasaron dos días, y aunque recé para que no volviera a oír nunca más aquel horrible soniquete, de nuevo una tarde, lo escuché. Entré a cambiarme de ropa, y muy tenue, comencé a oírlo. Era como un desafío a mi razón. Y a mi sistema nervioso.
Al día siguiente, volví a escucharlo. Llegué incluso a pensar que tenía que ser una producción de mi mente, que quizás estaba volviéndome loca, y ello me aterrorizó.
Lo que voy a contaros a continuación es más sorprendente aún. Una mañana de sábado, día que aprovecho para limpiar, estaba ordenando unos útiles en la librería del saloncito cuando al abrir una puertecita encontré una vieja foto en blanco y negro con un asimismo antiguo marco plateado. Era una niña peinada con dos coletas que caían en una cascada de tirabuzones y adornadas con dos grandes lazos. Muy sonriente parecía haber conseguido inmortalizar su contagiosa alegría. Dejé la foto en su sitio y al instante volví a cogerla, porque me percaté de que había algo raro. Detrás de la niña, en una especie de rinconera, estaba lo que bien podría ser una cajita de música, vi pintado en ella unas notas musicales en vivos colores al lado de una bailarina con un tutú. ¡Qué pena que no estuviera abierta, porque en ese caso no hubiera tenido la más mínima duda! No obstante, parecía que por fin estaba encajando las piezas de aquel inquietante puzle; para mi alivio no estaba perturbada y el sonido de aquel carrillón existía en alguna parte. Sí, pero ¿dónde?
Los días transcurrieron y seguía oyéndolo de vez en cuando sin encontrarlo, reconozco que se me pasó por la cabeza estar en casa con tapones en los oídos, ¡hasta ese punto llegó mi consternación por un hecho tan increíble e insoportable! Pensé también en visitar a mi vecino de la vivienda contigua, pero lo desestimé porque la vergüenza me impidió presentarme ante él con tal absurdo requerimiento, ni más ni menos que inspeccionar auditivamente su piso. ¿Se imaginan?
Lo que sí hice fue preguntar a una ancianita de aspecto simpático, que no suele ser lo habitual porque las decepciones de la vida van lacerando las ganas de ser amable con los demás, si conoció a los dueños del piso que yo ocupaba. Y no sé por qué, no me resultó extraño lo que me narró, era como si me lo esperase.
Me contó con una voz de esas que te hacen viajar al pasado, que cuando ella tenía veinte años, su madre le dijo que iba a dar el pésame a unos vecinos suyos por la muerte de su hija. Una enfermedad congénita se la llevó de este mundo con tan solo cinco años de edad. Me dijo que recordaba el bonito ataúd que le compraron a la pequeña, era blanco, con dibujos dorados de ángeles y su nombre escrito en una cinta entre ellos. Me confesó que nunca había podido olvidar los suspiros de pena de aquella madre, que se clavaban en los oídos como cuchillos.
Le di las gracias y con esa dramática escena en mi mente me fui a casa, a esa casa en la que había ocurrido la mayor de las tragedias que puede vivir una familia.
Como de vez en cuando volvía a oír aquel sonido de la cajita de música que ahora se me figuraba un lamento fúnebre, y ante mi incapacidad de contarlo a nadie, porque por encima de todo quería conservar mi puesto de trabajo y no iba a permitir que nada lo comprometiera, pensé en buscar de nuevo otra casa, con todo el agobio que ello me causaría, pero en ese momento se me ocurrió algo, que puede parecer una locura, pero lo hice.
Cogí la antigua foto de la niña y la puse en un rinconcito de una habitación que prácticamente no usaba para nada, le coloqué al lado un pequeño jarroncito con una flor de tela, y recé. Al día siguiente le puse una flor de verdad que cada semana cambiaba, y además a diario le rezaba una breve oración que le escribí.
No sé si aquello simplemente cesó porque sí o si aquel pobre espíritu se apiadó de mí, pero no volví a oír más aquella música, pasados tres meses pude retirar la imagen, y viví allí cómodamente durante tres felices años de mi vida.
Por cierto, cuando me cambié de piso, no olvidé darle un beso a aquella foto de la niña por la que el tiempo había pasado pero sin haber tocado su inocencia. Amigos, quizás hasta la muerte tenga su parte buena. 
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Noviembre - 2012

Quizás no fue una buena idea hacer un viaje nocturno, no os lo recomiendo… Las carreteras, incluso las principales, en las enigmáticas horas en que la oscuridad nos envuelve con su fino manto se convierten en el escenario perfecto para el diablo, quien escoge con refinado acierto las profesiones más insospechadas para entrar en acción. Sí, amigo, yo tampoco me creía estas historias, hasta que viví una de ellas.
Le dije a mi madre que haría las siete horas de autobús de noche, para así no perder un día de mis escuetas vacaciones. Ella, que está jubilada, tiene una pequeña casa en la costa, y voy a visitarla cuando puedo a pesar de los muchos kilómetros que nos separan, pero pensé que cogiendo el último servicio se me haría menos pesado. Iríamos pocos viajeros y podría ir pensando en mis cosas o escuchando música sin ser molestada por las insustanciales conversaciones procedentes de los teléfonos móviles, que, curiosamente, por alguna suerte de efecto acústico de los autobuses son audibles de punta a punta del vehículo. Seguro que a quien inventó estos pequeños artefactos ni se le pasó por la cabeza lo desagradables que resultan en los medios de transporte públicos.
A punto de subir, al darle el ticket al conductor,éste me recibió con una sonrisa, lo que no siempre es lo habitual y por ello se agradece más; yo le di amablemente las buenas noches y me dispuse a buscar mi asiento, uno de los delanteros, como suelo preferir. Recuerdo que un detalle me chocó: sobre la amplia guanteradel autocar vi un pequeño libro con una horrible portada, me pareció una novela de terror, y me pregunté en qué momentos aprovecharía para leerla; soy un poco aprensiva de la seguridad en los vehículos de toda clase e inconscientemente me fijo en cualquier detalle que pueda comprometerla. Las mentes suspicaces somos así, en una lucha permanente por controlar todas las posibles eventualidades, lo que tampoco impide que ocurran.
Cómodamente sentada, me puse mis auriculares y empecé a escuchar mi lista de canciones favoritas. Se subieron pocos viajeros y tuve la suerte de que nadie se sentase a mi lado, aunque a veces se agradezca un poco de conversación, pero las caras tristes de mis compañeros de viaje tampoco habrían invitado a entablar ninguna. Con puntualidad casi indiscreta dejamos la solitaria ciudad en la que a esas horas no se veía ni un despistado gato callejero y emprendimos el larguísimo trayecto.
Al cabo de dos horas empezó a llover, estábamos en invierno y no es nada raro, pero alguna vez os habéis preguntado: ¿Qué intenciones puede tener la lluvia cuando cae de noche? Creo que ninguna buena.
Hicimos una breve parada en uno de esos sitios tan poco acogedores que hay cerca de las autopistas, creo que se llaman áreas de descanso aunque igualmente podrían llamarse de cualquier otra forma. Entré al baño y me vi muy mala cara, mustia y cansada, pensé que quizás podría echar una cabezadita el resto del viaje.
Llevaba otra media hora de camino tras volver a subirme al autobús cuando se me terminó la batería de mi reproductor, así que tocaba aburrirse, la próxima vez no dejaría de cargarla hasta el tope, además no tenía ni un miserable libro en el bolso, ¡qué imperdonable despiste! Desde luego, no pensaba pedirle al conductor esa novela de la antiestética y chirriante portada.
Sin saber que hacer, me dediqué a mirar la monótona oscuridad al lado de la carretera, en la que sólo podía tratar de adivinar alguna mínima luz tras la cortina de lluvia.
Al parecer debí dormirme un rato o al menos unos minutos, porque de repente me desperté. Lo que me sacó del sueño fue que mi cabeza se dio bruscamente contra el cristal de la ventana, miré al exterior mientras me daba un suave masaje con los dedos para atenuar el golpe y me di cuenta de que íbamos muy deprisa. Intenté concederle a mi mente unos segundos antes de ponerme nerviosa, ¡pero el autobús corría cada vez más! ¡El miedo comenzó a apoderarse de mí con su apretado lazo!
Miré hacia atrás, a los otros viajeros, pero aparentemente dormían, salvo una chica que parecía entretenida jugando con su teléfono. Con cierto pudor me levanté y me dirigí a ella. Le dije:
-¿Por qué corremos tanto?
Ella me contestó:
-Es verdad, no me había dado cuenta.
En ese momento, un movimiento extrañodel autobús junto a su excesiva velocidad hizo que casi me cayera en el pasillo, pero nadie se inmutó.
Me incorporé avergonzada pero estaba tan preocupada porque fuéramos a estrellarnosde un momento a otro que me di la vuelta y me dirigí hacia el asiento del conductor, lo que sin saber por qué me estaba dando casi más miedo que el posible accidente. ¿Por qué me sentía tan mal?
Al mirar su nuca su gesto me pareció tranquilo y no denotaba ningún comportamiento anómalo, a excepción de aquella endiablada velocidad a la que nos llevaba. En ese instante todo el autobús se quedó a oscuras, ¡y mi miedo se convirtió en inminente terror!
Me acerqué a él procurando no caerme de nuevo y le dije con un tono alto para evitar acercarme demasiado:
-¿Por qué corre tanto? Está lloviendo, ¡vamos a matarnos! ¿Por qué se ha ido la luz?
Se volvió ligeramente hacia mí, entonces le vi la cara con gran dificultad, estaba pálido e inexpresivo, y casi no percibí movimiento alguno en sus labios, aunque oi las palabras que salían de ellos. Me dijo:
-No se preocupe. Debo hacerlo. Corro y he apagado la luz para que no nos vea el fantasma.
-¿El fantasma?, le pregunté.
-Sí, el fantasma. Suele estar las noches lluviosas en este tramo de la carretera. Le gusta asustarme y burlarse de mí. Una vez, se puso en medio de la calzada, y di un frenazo tan fuerte que estuvimos a punto de matarnos. Vuelva a su sitio y esté tranquila.
Me pareció ver una gotita de sudor en su frente, y al comprobar por esa señal fisiológica que tenía que ser cierto lo que decía –o que estaba loco- me di la vuelta y agarrándome a los respaldos de los asientos regresé a mi asiento.
No volví a mirar por la ventanilla en lo que quedaba de viaje, estaba segura de que por efecto de la sugestión vería en el arcén al fantasma. La mente da vida a todo lo que pensamos. Me puse el cinturón de seguridad, me eché mi abrigo por la cabeza y recé.
Al llegar a mi destino, con las primeras luces del alba, di gracias a Dios por estar viva al tiempo que me juraba que no volvería a subirme más a aquel siniestro autobús. 
__________*****__________ Octubre - 2012

Nos encontramos en una vieja casa-museo, su construcción data de 1872, está rodeada de un pequeño jardín, en el que quizás los fantasmas se besen a escondidas…Pasemos dentro, intentemos averiguar si hay amor tras la muerte, porque eso sería una irrefutable prueba de que también hay vida.
Antonio es el único habitante de la vieja casona, hace de todo: guía para las visitas que acuden de martes a jueves de cuatro a ocho de la tarde, mayordomo, jardinero, y guardés. Toda una responsabilidad.
Se sometió gustosamente a esa vida de moderna esclavitud porque es un joven introvertido que rehúye el contacto con los demás, se siente mejor llevando una vida solitaria exceptolas tres tardes por semana en que debe recibir a los turistas. Todo el resto del tiempo puede ocuparlo en dejar divagar su mente mientras realiza las tareas de cuidado de la finca. Fue una gran suerte para él conseguir el trabajo perfecto.
Esta casa tiene su historia, como todas las casas, como todas las familias…Claudia vivió en ella hace muchos años, junto a sus padres y sus dos hermanos mayores. Eran tiempos en los que no había una infraestructura sanitaria tan buena como ahora, realmente ni existía.
En el invierno de 1917 una gran nevada dejó aislada la casa y toda la ciudad durante cinco días, el paisaje era hermoso, pero aquel manto de blanquísima nieve resultó ser el astuto disfraz de la muerte. Pasemos a la habitación de Claudia que con veintiún años agoniza de una neumonía sin los mínimos medicamentos que pudieran salvarla.
-Mamá, voy a morirme, no me sueltes la mano…
Las lágrimas de su madre cayeron sobre el suelo de madera y sonaron como minúsculas campanitas ahogadas por la pena.
Se cuenta que los fantasmas son los espíritus de los muertos que por algún motivo no quieren irse de este mundo. Pero… ¿habrá fantasmas que no quieran marcharse porque no conocieron lo que es estar enamorado? No me cabe ninguna duda de que esto también sucede.
Desde 1917 el espíritu de Claudia vive en el piso superior, en la misma habitación que cobijó sus sueños de encontrar al joven que la amara, con el que formaría una familia tan feliz como la de sus padres, ilusiones que quedaron suspendidas para otra vida.
Cuando llegó Antonio, Claudia lo vio y se enamoró a las pocas horas, fue un flechazo en toda regla, resulta que los fantasmas también se enamoran ¿no lo sabíais? Noventa y cinco años llevaba ella esperándole, aguardando sentir algo parecido al amor.
Una vez, Antonio oyó sonar el piano de la habitación de Claudia, pero pensó que era su imaginación. Ella, llevada por la emoción del enamoramiento, no pudo evitar tocar unas notas, aunque siempre evitaba hacerlo cuando él estaba en la casa, reservaba para ello los momentos del día en que él salía a hacer algún recado, pero, aquel día estaba tan contenta que no pudo evitarlo.

En otra ocasión, Claudia miró a Antonio de soslayo mientras él se peinaba. Le encantaba mirar su carita de niño triste. Él creyó ver un extraño reflejo en el espejo que se deslizó como un fotograma de una película acelerada. Por un momento se le pasó por la cabeza si habría un fantasma en la casa, y el buen Antonio no supo que acertó, cuántas veces en la vida ni nos imaginamos que damos en el clavo.
Claudia había sido en su corta vida una muchacha tan tímida como Antonio, y habrían hecho una buena pareja de haber coincidido en la existencia física, si se hubiese dado el pequeño detalle de haberse atrevido alguno de ellos a entablar la primera conversación. Incluso aunque ella sabía que jamás podría ser correspondida por Antonio, porque hasta lo que recordaba ni siquiera en los cuentos las personas se enamoran de fantasmas, era feliz a su modo sintiéndose acompañada por una persona de modales exquisitos como él, que aunque fuese un simple encargado de la casa parecía un guapo noble.
Le gustaba vigilarlo un poco, ver cómo hacía las cosas más cotidianas como cortar las verduras o limpiar los estantes de la gran librería. Si acaso no estuviera ya bastante enamorada, acabó por rendirse al encanto de su compañero de vivienda cuando vio con la dulzura con la que pasaba un pañito sobre el viejo portarretratos de plata que enmarcaba una foto suya, y cómo la miraba y sonreía; quizás se habría enamorado de ella si hubiese nacido un siglo antes. A veces las almas gemelas no se encuentran en la tierra, simplemente porque no nacieron en la misma época y es absurdo buscarla entre los mortales.
Una noche de finales de verano de 2012, Antonio salió al jardín para coger una linterna, estaba en una parte de la casa a la que solo se tenía acceso desde fuera, una especie de garaje sin coches. Se había ido la luz y aún tenía muchas cosas que hacer antes de acostarse. No cogió el paraguas a pesar de que llovía abundantemente, como a todo joven que se precie no le gustaban mucho esos torpes artilugios, además pensó que eran solo unos pocos metros.
Las desgracias ocurren siempre cuando no se las espera, por eso se las llama desgracias, si no serían previsibles y evitables. Un rayo se abrió pasó entre las negras nubes y acabó en el pecho de Antonio, quien apenas sufrió porque murió en unos instantes.
Hasta el día siguiente nadie se enteró, y porque era jueves y los visitantes dieron aviso de que no se les abría cuando tenían el importe pagado. De no haber sido así su cuerpo habría estado varios días sobre el jardín para la desolación de su enamorada.
Los planes de la providencia son tan extraños, ¿quién podría decir a ciencia cierta a qué juega? Nosotros nos creemos los artífices de nuestras vanas vidas, y solo somos los títeres del destino o el azar, que por cierto, también algunas veces juega a nuestro favor. Y en este caso el pequeño Cupido supo arreglárselas para unir a estos dos románticos incomprendidos.
Ahora la vieja casa ya no tiene turistas, hasta que los herederos encuentren a la persona adecuada que pueda sustituir al chico tan amable que murió, no es tarea tan fácil y pasará un tiempo hasta que hallen otro así.
No está habitada por cuerpos mortales, pero sí que hay dos corazoncitos que revolotean por las habitaciones, que tocan el piano, que juegan a pillarse por la gran escalera central, y que se besan a escondidas bajo el limonero del jardín, únicamente acompañados por una estrella curiosa y vespertina. Son Antonio y Claudia, que no pudieron conocerse en vida pero que se aman en espíritu.
Si alguna vez los ves te voy a pedir que no lo digas, no seas tan mezquino, no les agües la fiesta.
Nunca tendrán hijos, ni suegros, ni animales de compañía; solo se tienen el uno al otro y solo un poquito, una mera silueta desdibujada pero lo suficientemente intensa para no sentirse solos. La grandeza del corazón no necesita un recinto. Los fantasmas también se enamoran,no podría ser de otra forma, porque si existe el amor necesariamente ha de ser inmortal e inaprensible. Dejémosles embelesadamente mirándose a las almas. 
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Septiembre - 2012
 Me gustaba pasar allí todos los veranos, era el pueblo de mis padres, donde aún permanecen los aromas de mi infancia, cuyas notas perfuman en silencio el pentagrama de suaves tonalidades de esas amables tierras. ¿Cómo podría haber imaginado que esta vez aquel acogedor lugar fuera a convertirse en un infierno emocional donde todo abruptamente se transformaría en extraño para mí?, yo que siempre me había sentido querida por sus buenas gentes.
Mi desasosiego comenzó sin apenas darme cuenta, como comienzan todas las historias que atenazan los sentidos y el entendimiento del más cuerdo;una tarde en que me había quedado dormida bajo la mantita de cuadros del sofá del pequeño salón de mi vieja casa, la cual está a la salida del pueblo, pero apenas alejada unos cincuenta metros de otras, lo que me permite disfrutar de tranquilidad y al mismo tiempo sentirme acompañada. Con lo que no contaba es que a partir de aquel día también iba a sentirme observada.
Perezosamente me incorporé de la reparadora siesta y llevada por uno de esos impulsos que nunca se sabe si es la intuición o la mera casualidad la que los dirige, me acerqué a la ventana de la salita y miré al exterior. La tarde estaba soleada y sin viento alguno, y vi a las cotidianas flores de los improvisados jardincitos que parecieran seguir en la siesta, tan dichosas.
Vi a lo lejos a un hombre alto, delgado, de calva incipiente y descuidada barba; vestía ropa de faena, como se dice en los pueblos, y llevaba un sombrero de campo de esos que se venden en los mercadillos. Al principio no advertí nada raro, pero al pasar los segundos y comprobar que no se movía, me di cuenta de que miraba hacia mi casa, y no de forma normal sino con indiscreta insistencia, con una insolente fijeza. ¿Qué demonios miraría, habría algo inusual alrededor mío?
Al día siguiente, ya me había olvidado de aquel extraño un poco impertinente, cuando tras mi cabezada de rigor de la sobremesa, miré hacia el pueblo, y afortunadamente no había nadie indagando hacia aquí, pero…tras prepararme mi habitual merienda de trocitos de fruta de la zona y delicioso yogur, me di cuenta de que estaba otra vez allí aquella desgarbada figura, como clavada al suelo, y mirando de nuevo hacia mi casa. No reconocí a aquel hombre, quizás lo habría visto por el pueblo, no estaba segura, como la gente mayor a veces enferma, hay personas a las que casi habías olvidado y de repente vuelven a aparecer. Corrí los visillos de la cocina e intenté no sugestionarme con el asunto.
Lo malo es que la mente no siempre nos hace caso, mejor dicho, casi nunca nos lo hace, y se sugestiona con lo que le apetece. ¿Por qué tendrá esa facilidad para erigirse en nuestro mayor enemigo? Esa noche cerré la puerta de entrada meticulosamente, se me hizo raro hacerlo prestando tanta atención porque nunca me había sentido allí intimidada por nadie, y me costó un buen ratoquedarme dormida pues una absurda inquietud se esforzaba en mantenerme en vela.
Con la claridad del alba me sentí mucho mejor. Aproveché la mañanapara escribir un par de páginas de la novela que todos losveranos pretendía hacer progresar; iba muy despacio, pero mi determinación era terminarla antes de morirme, porque era lo que iba a ser mi legado para la posteridad, no aspiraba a otro.
Me encontraba pensando en la caracterización de uno de los nuevos personajes que estaba incorporando a la trama mientras recogía unas prendas de vestir en mi austero dormitorio, cuando vi el rostro de un anciano pegado al cristal de mi ventana, con su mano derecha a modo de visera sobre su frente, para eliminar reflejos y ver mejor el interior.
¿Qué mira?, le grité aterrorizada.
Ese maldito degenerado había ido por la parte trasera de mi casa para pillarme desprevenida. Sin pensarlo dos veces salí fuera, di la vuelta a la casa y lo vi marcharse; ya estaba lejos, así que desistí de seguirle.Adónde pensaría ir por el descampado, seguramente daría un rodeo para evitar que le echara una merecida bronca.
Obviamente ya no pude volver a concentrarme en la escritura en el resto del día, y lo único que se me ocurrió fue colocarme una gruesa chaqueta de punto para obtener cierta protección y también porque el susto me había hecho tiritar en pleno agosto. Esa noche me acosté pronto, pero no en mi habitación, porque el recuerdo de la cara del viejo fisgóndetrás del cristal no me habría dejado dormir, sino en la gran cama de la habitación de mis difuntos padres; era la primera vez en mi vida que me acostaba en ella porque no sé si el escrúpulo o el pudor me impedían usarla, pero habida cuenta de que conciliaría antes el sueño, no lo dudé. Me intenté tranquilizar pensando que quizás aquel hombre sería un enfermo de alzhéimer y que son personas inofensivas con las que hay que tener mucha paciencia, no obstante, si siguieran repitiéndose esas intromisiones en mi intimidad tendría que dar aviso en el cuartelillo. Y bajo el relajante arrullo de los grillos en su monótona sinfonía nocturna en re menor imagino que me dormí.
Al día siguiente, en el parque del pueblo, un anciano que llevaba un sombrero de paja que se había ido oscurecido por el tórrido sol del estío, charlaba animadamente con su nieto. El niño, de unos ocho años, estaba dando vueltas con su bici, haciendo unas piruetas en las que era visible que ya era todo un experto.
-Abuelo, me han dicho que en la casa de las afueras hay un fantasma.
El viejo le respondió:
-¿Quién te ha dicho eso? Sí, es verdad, es el fantasma de una mujer que murió ahí hace muchos años, venía todos los veranos, y en uno de ellos se incendió su casa; logró salir de ella, pero murió de un ataque al corazón.
- Pues si no se quemó no le dolería mucho. ¿Me puedes llevar esta tarde a ver el fantasma, por favor, abuelo?
-No, y te prohíbo que vayas allí.
-Pues si no quieres ir conmigo, iré solo, que soy valiente y me gusta explorar.
El semblante del anciano se tornó serio, y le dijo a su nieto:
-Mira, hijo, que no tenga que repetírtelo, no se te ocurra ir nunca a esa casa, que como lo hagas te voy a pinchar las ruedas de la bicicleta. ¿De acuerdo?
El niño, ruborizado y con una sumisa mirada, le dijo:
-De acuerdo, yayo.
¿Existen los fantasmas o son producto de nuestra inagotable fantasía infantil? Dígamelo usted, porque ni siquiera yo, que lo soy,…lo sé.

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Agosto - 2012

Me sentía bien aquella tarde, ligero como nunca, liviano, sin molestias de ninguna clase, sin esclavitudes ni prisas, sin tener que alimentar al desagradecido cuerpo, liberado de todo, de mi ego, y tambiéndel tuyo. Pudiendo vagar de aquí para allá, en absoluta libertad, sin reloj en mi muñeca, sin dinero, sin preocupaciones ni responsabilidades.
Decidí ir a visitar por última vez a mis mejores amigos, para despedirme, quizás por mucho tiempo. Ellos se alegrarían infinitamente de verme, serían unos momentos muy emotivos. Comencé por el que vive más cerca de donde me encontraba, me imaginé que se sorprendería porque quizás no sabía aún de mi nuevo estado, pero tenía que reconfortarlo por mi pérdida, era mi deber, al tiempo que transmitirle esperanza en la permanencia del espíritu.
Me lo encontré muy alterado, buscando algo, golpeaba los cajones con notorio malhumor, y cerraba las puertas de los armarios con ganas de poner a prueba la robustez de las bisagras. Recorría su pequeño piso de un lado para otro, varias veces por minuto.¿Qué le ocurriría? Presté atención para enterarme de qué era lo que se le había extraviado, y como si Dios hubiera querido que lo supiera, oí que decía entre dientes algo así como “dónde estará el maldito billete”. Pobre hombre, tanta desesperación por veinte euros…Me fui aliviado de que no se hubiera fijado en mí.
Seguí mi periplo hacia la vivienda de mi siguiente amigo. Estaba leyendo lo que me pareció un prospecto, muy interesado en el papel que desplegado parecía el enorme mapa de una fascinante ciudad europea, sentado en una vieja silla de maderatapizada, rodeado de cajas y botes de pastillas apretujados sobre una especie de viejo escritorio. Era como un altar, quizás fuera su personal altar, su religión…Sabía que era un personaje hipocondríaco, pero nunca había visto tantos medicamentos juntos, era obvio que cuando en su juventud estudió ingeniería tuvo que equivocarse de carrera. Él tampoco se dio cuenta de mi presencia, mejor, porque por nada del mundo me habría atrevido a molestarle.
Me encaminé hacia la casa del siguiente, pensé que probablemente de este sí me podría despedir y por un instante me emocioné como cuando tenía carne y huesos. Nada más entrar me molestó algo, era un estridente ruido procedente del televisor. Mi amigo tenía la mirada concentrada y al mismo tiempo perdida en un punto central del mismo, valga la paradoja. Recordé que una vez me dijo que en cuanto se jubilase no iba a hacer otra cosa que pasarse el día tumbado viendo la tele, lo que al coincidir con la llegada de los canales digitales, por lo visto resultó fatídico para este triste ser que tras divorciarse se había casado con un aparato plano…
Le tocó el turno al siguiente, y me alegré de carecer de cuerpo porque subir seis pisos a pie era una prueba casi deportiva cuando lo tenía, en las pocas veces que en mi conclusa existenciafui a visitarle. Lo vi con sus gafas de fina montura puestas, muy atareado, con una montañita de papeles a un lado, y un folio en el que iba anotando cantidades y una calculadora, al otro. Me acerqué para comprobar exactamente qué era lo que hacía. Eran facturas de distintos colores, algunas incluso bonitas,y con ritmo endiablado manejaba las teclas de la maquinita contable como si dependiera su vida de que aquellas apasionantes cuentas le cuadrasen. Pensé que podría aprovechar esa apabullante facilidad dactilar para tocar un instrumento, sería un gran concertista. Quizás se ponía a contar cifras para evitar contar las horas de su vida que tiraba a la basura…
Por último, me aproximé a la casa de la viuda de un viejo amigo mío que ha fallecido hace apenas dos meses. En cuanto entré me desagradó el horrible tono chillón de suvoz, entendí por fin por qué me gustaba tan poco salir con ellos, el problema era el desafinado timbre de aquellas cuerdas vocales que producían urticaria y gastritis. Estaba hablando por teléfono, con su abundante fisonomía arrellanada en un sofá, y una bolsa de chucherías al lado. Hablaba y comía, y a veces, al unísono. Se reía estúpidamente como sólo saben hacerlo con total maestría los estúpidos. Parecía la única persona contenta de todos mis amigos. Por supuesto, tampoco se percató de mi presencia, absorta como estaba en la ridícula conversación, de la que no podría dar razón ni de una sola frase.
De nuevo en la calle, me sentí decepcionado y solo, muy solo, con la sensación de que ninguno de ellos había reparado en mí, porque ya no tendría la oportunidad de despedirme y este pensamiento me indujo una dosis letal de melancolía.
Mientras me dirigía hacia mi nueva morada, observé que había anochecido, y me fijé en el negro azulado del bello cielo de verano en el que ya empezaban a despuntar algunas estrellas; nunca antes prestaba atención a estas cosas yme dio lástima que me hubiera fijado precisamente en mi última vez, ¿no podría habérmelo ahorrado?
Sumido en estas ideas, me encontré con una pareja de conocidos que habían sacado a pasear a su perro. Ella, la única que hablaba, como siempre, le dijo a su marido que era una pena que yo me hubiese muerto, que en el fondo era buena persona aunque no lo pareciese. Esas palabras acabaron por hundirme. ¿No parecía buena persona? El perro de repente me ladró, él sí me había percibido, pero de lo que me dieron ganas fue de pegarle un puntapié, si hubiera podido, claro.
A pocos metros de mi nuevo apartamento, un poco frío y desangelado, con una decoración muy desfasada para mi sibarita gusto, me puse a pensar en la tonta manera de la que mis amigos desperdiciaban sus vidas, ellos que aún podían disfrutarla,¡qué pena!Y tú te preguntarás cuál era la forma en que la desperdiciaba yo. Te seré sincero, fue en lo siguiente: egoísmo, envidia, rencor, celos, maledicencia, soberbia, odio. Y así podría escribir una larga lista de malas acciones y voluntades. La vida sólo vale lo que valen sus momentos, y me lamenté de haberla malgastado absurdamente.
Ahora dicen de mí las malas lenguas que no estoy vivo, ¿y tú?, ¿vives, o sólo estás vivo?

__________*****__________ Julio - 2012
 Esta podría parecer una historia lúgubre, pero no es así, nuestro protagonista es un hombre normal, con unas aficiones un poco peculiares, quizás, pero en definitiva, un buen hombre.
A Joaquín le gusta pasear de vez en cuando por el cementerio de su ciudad, en sus propias palabras: “para acordarse de lo que nos espera a todos y aprovechar la vida.”
Aquella tarde de invierno, fría pero soleada, se puso su parka verde y se acercó al camposanto, le apetecía meditar un poco sobre…nada en especial. Caminaba por una de las callejuelas del fondo del mismo, cuando no pudo dar crédito a lo que estaba viendo: un pequeño perro estaba acurrucado sobre una tumba. Se aproximó para comprobarlo.
Tenía el afilado hocico completamente pegado a la fría losa. En ese instante empezó a caer una fina lluvia. Joaquín lo acarició, pero el perrillo permaneció inmóvil. Amorosamente lo cogió entre sus brazos y lo protegió. Parecía que al pobre animalito no le molestaba, al revés, lo notó necesitado de cariño humano. Es curioso, las personas precisamos a veces el afecto animal, y estos, el nuestro. Leyó lo que ponía en la lápida: un nombre con sus dos apellidos, las siguientes fechas: 15-agosto-1960 / 8-diciembre-2011, y más abajo la siguiente frase:“Quien murió por amor.” Pensó que aquel hombre había nacido y muerto en dos festividades de la Virgen, la de agosto y la de diciembre, y con sólo cincuenta y un años.
Joaquín tuvo que leer varias veces el insólito epitafio: “Quien murió por amor”, qué extraño en pleno siglo XXI, parecía más propio de los escritores románticos de comienzos del XIX.
Vio que el perro llevaba un desgastado collar de cuero negro con una pequeña chapa en la que estaba escrito: Trudy. Deseando llevárselo a casa para que se recuperase, pensó por un momento si era una pequeña locura, pero ¿qué de malo había en ello?, su dueño estaba ya bajo tierra. Al caer en este razonamiento, se dio cuenta de que estaba esbozando una sonrisa, ¡menos mal que nadie le estaba viendo!
Los dos primeros días Trudy apenas comió ni se movió de encima de la alfombra, pero al tercero no se resistió a una rica comida que Joaquín hizo para ambos; sin duda, el perroal ver que su nuevo amo se había afanado en la preparación de aquella carne, lo agradeció dando buena cuenta de ella, tanto que tuvo que darle también parte de la suya.
Pasó una semana, y Joaquín, a quien nada detenía, se propuso localizar a algún familiar del muerto. Averiguó el teléfono del que parecía uno de ellos, y efectivamente, era su hermana. Quedaron para tomar un café en un lugar del centro de la ciudad.
Mientras la esperaba no pudo evitar que los nervios le azuzaran el estómago, y tuvo que cambiar el café por una infusión, no sabía por qué se sentía así, no había hecho nada malo.
La mujer apareció con un breve retraso, quizás se había sentido en la obligación de ir. Era de mediana edad y vestía correctamente, sin embargo, nada más se presentaron, Joaquín percibió que no había empatía entre ellos, porque la notó ligeramente a la defensiva, e incluso rechazó las pastas que él amablemente le ofreció pedir, dijo que no le apetecían, pero con un gesto de la mano un tanto despreciativo.
Joaquín le preguntó por la razón del epitafio de su hermano, y ella le contestó que sí, que murió por amor. Se había enamorado de una mujer casada, y como ella le dio falsas esperanzas y nunca llegó a separarse de su marido, él estaba en una situación de permanente desasosiego que le propició el cáncer del que murió, y esa frase se grabó en su lápida por su expreso deseo.
Como Joaquín notó que su interlocutora no tenía las mínimas ganas de prolongar la cita, pasó sin dilación al siguiente asunto, el del perro. Le dijo:
-¿Puedo quedarme con él?
Un poco ruborizada, ella le contestó:
-Sí, quédeselo si quiere. Yo no pude hacerme cargo, tengo a mi marido, dos hijas y por si no fuera bastante, una nieta pequeña en mi casa, no me faltaría más que un perro.
Joaquín le dio las gracias, mientras pensaba que aun siendo razonable el argumento que la mujer le había dado, aquel tono insensible de sus palabras no le gustaba en absoluto. ¿Cómo puede alguien dejar que un animal tan extraordinariamente fiel se muera en un cementerio? Se guardó muy bien de que ella captara ni por asomo lo que pasaba por su mente, y se levantó mostrando una amplia sonrisa para no prolongar esa extraña conversación que tanto a uno como a otro estaba incomodando.
Una noche, cuando Joaquín ya estaba acostado leyendo un libro, oyó el chasquido de las pezuñas del perro sobre el suelo, yendo de un lado para otro, agitado. Se levantó apresuradamente y fue a la habitación donde le había acondicionado su lugar de descanso. Lo encontró dando saltos sobre sus patas traseras, mirando a un punto concreto, y moviendo la cola como si estuviera contento.
Se quedó mirando la escena sin intervenir, hasta que el perro se tranquilizó. Joaquín lo acarició con ternura, l o sentó sobre un mullido colchoncito que le servía para pasar cómodamente la noche, y lo abrigó con una manta, porque la temperatura exterior era bajísima.
Antes de volver a dormirse, a Joaquín se le ocurrió la descabellada idea de si quizás el perro había recibido la visita de su amo, y un escalofrío recorrió su cuerpo, incluso pensó si debería darlo a alguna otra persona, porque él, aunque no se tenía por miedoso, había visto cómo se le habían erizado los vellos de los brazos.
A la mañana siguiente, cuando estaba arreglando las habitaciones, al doblar la manta del perro, vio cómo caía un papelito. Lo recogió y leyó lo siguiente:
“No volveré a molestarte, no lo abandones, por favor.”
Un estremecimiento recorrió a Joaquín al tiempo que se avergonzaba de su pensamiento de la noche anterior.
Hay hechos inexplicables, amigo, abrumadores pero también reconfortantes, como la divina naturaleza de los indisolubles lazos del afecto que nos unen… más allá de la muerte.

__________*****__________ Junio - 2012

¿Pero cómo era posible? Enma giraba angustiosamente sobre un metro cuadrado en la terminal de salidas del aeropuerto. Carlos seguía sin llegar. Le llamaba cada dos minutos pero tras los agónicos timbres siempre saltaba el desconsolador buzón de voz. Su madre tampoco sabía nada de él.
Miró cómo otras personas se alejaban sonrientes hacia la puerta de embarque, y ella estaba ahí, con las manos sudorosas y el ritmo cardíaco acelerado, retorciendo las esquinas de su pasaje a El Cairo.
El día anterior habían comido juntos, aún vivían ambos con sus padres, pero eran pareja desde hacía dos años, y por fin iban a hacer el viaje de sus sueños; verían la gran pirámide, incluso la acariciarían y tratarían de averiguar por qué siempre les había atraído tanto.
Enma se preguntó qué tenía que hacer si él no se presentaba. ¿Embarcaría? Por un momento pensó que sí, que no podía desaprovecharlo, pero al observar cómo sus rodillas temblaban ligeramente se dio cuenta de que sin él no disfrutaría de nada y contemplaría esos lugares como quien ve una melancólica película en blanco y negro. ¿No es absurdo cómo puede transformarse la más plena felicidad en total desolación en apenas un segundo?
Pasó demasiado tiempo, y como él no llegó, Enma tuvo que irse a casa, con su maleta llena de ilusiones cuidadosamente dobladas por deshacer. Dedicó el resto del día a tratar de localizarle, pero nada dio resultado, nadie sabía dónde estaba. ¿Qué clase de pesadilla era esa? Rompió por fin el frustrado pasaje, se acostó como si la cama fuese un ataúd y se lamentó de que ese traicionero día hubiera amanecido.
La víspera, hacia las cinco de la tarde, Carlos se había dirigido a su trabajo, al cual no volvería hasta dentro de veinte fantásticos días, tras la vuelta de su viaje a Egipto con su novia. Trabajaba en un prestigioso centro de investigación aeronáutica, lo que a sus veintisiete años era todo un privilegio. Últimamente, por mal que estuviera, dedicaba más tiempo a un secreto proyecto a medias con un colega, que a trabajar.
Saludó a su compañero de deshonestidad laboral y se propuso divertirse un poco esa tarde, como preámbulo a sus vacaciones. Habían construido un extraño prototipo para viajar en el tiempo, y estaban ansiosos por comprobar si podían introducir correctamente unos parámetros de llegada. No hubo ningún problema, y elegido el destino, Madrid, y la fecha, 28 de agosto de 1936, se sentó dentro del artefacto y escribió los datos, que no habían sido elegidos aleatoriamente, sino que pretendían llegar hasta el octavo cumpleaños de su abuelo materno, en los comienzos de la guerra civil española.
Unos instantes después, Carlos, atónito, se encontró en una calle que estaba siendo bombardeada. Se refugió en un portal hasta que el estrépito cesó. Cuando salió vio a un niño en mitad de la calzada y lo reconoció inmediatamente: era su abuelo. Conservaba una única foto de su infancia, pero tantas veces la había mirado que fue más que suficiente. Sintió una irremediable ternura hacia él. Le dijo:
-Eh, chaval, ven aquí. ¿Estás bien?
-Sí, señor. ¿Y usted?
El niño llevaba una camisita a cuadros cuyas mangas ya le estaban muy cortas. Vio en su profunda mirada una desacostumbrada dulzura. Carlos pensó que tras casi ochenta años, el ser humano en vez de progresar espiritualmente, sin duda se había embrutecido y acanallado. Se fijó en que llevaba una bolsita de papel con unos melocotones medio podridos. Al darse cuenta de ello, el niño le dijo con satisfacción:
-Son para mi madre. ¿Quieres uno?
Carlos, conteniendo las lágrimas, le dijo que no.
El niño le preguntó:
-¿Por qué estás en la calle? ¿No te dan miedo las bombas?
Carlos le contestó lo primero que se le ocurrió:
-Es que soy periodista, ¿sabes? Voy a escribir una crónica sobre esto que hemos vivido, contaré que un Junkers Ju 52 pasó sobre nuestras cabezas y que milagrosamente nos libramos de que una bomba nos cayese encima.
El pequeño se quedó asombrado.
-¿Y tú, qué haces aquí?, le preguntó Carlos.
-Vivo en esa casa de ahí, he ido a buscar esto para darle una sorpresa a mi madre, no me imaginaba que podrían atacarnos. Por cierto, ¡debe de estar muy preocupada por mí! Tengo que irme, buscaré tu artículo en los periódicos. Me habría gustado que me hicieras una foto.
-Lo siento, chaval. Ayer perdí mi cámara, debo conseguir otra, es imprescindible para mi trabajo. (Carlos tuvo por un momento la tentación de enseñarle su espectacular teléfono móvil al niño, pero eso estaba prohibido en un viaje al pasado.)
Se despidieron, y al ver cómo el niño, con todas las esperanzas de su corta edad, se iba, ya libre para hacerlo, Carlos lloró pensando en la ingrata vida que el destino le había deparado a esa bondadosa criatura: una guerra, la muerte de dos de sus tres hijos, y una enfermedad pulmonar de la que moriría relativamente joven.
Enma pasó los días siguientes a la desaparición de Carlos en un estado de casi absoluta postración. No dejaba de preguntarse dónde podría estar, le espantaba la idea de que tenía que haberle pasado algo terrible. Simplemente, nadie sabía nada de él. Se había esfumado.
Lo que no podía imaginar, puesto que ignoraba todo sobre el proyecto de viaje al pasado en el que él estaba inmerso, que la tarde anterior alguien había tocado una tecla inadecuada, y lo que iba a ser sólo un ensayo, había dado lugar al experimento no planificado para ese día. Menos aún podía sospechar, que en el encuentro con su abuelo, Carlos había modificado el futuro, con esa aparentemente nimia conversación. El niño se quedó tan impresionado por la profesión de aquel desconocido, que finalizada la contienda, empezó a trabajar en un periódico, limpiando la rotativa. No conoció a la abuela de Carlos, porque ya no trabajó en la fábrica de conservas, ni se casó, ni tuvo hijos.
Así que tras esa incursión indebida en el pasado, la historia de su abuelo se modificó, por lo que Carlos, en ese mismo momento desapareció.
Algunos experimentos son peligrosos, y aunque al científico de raza no le arredran los riesgos, puede pagar un alto precio. Pasados muchos años, Enma, resignada, hizo sola el viaje a Egipto, y recostada sobre la pirámide de Keops, miró al cielo, y le dijo a Carlos, que era tal y como tantas veces la imaginaron, y que donde quiera que estuviese, le perdonaba, aunque nunca hubiera comprendido su actitud, sin una llamada, sin una carta, sin un correo electrónico. Como si se lo hubiera llevado una envidiosa estrella…

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Mayo - 2012

Jorge se acostó hacia las once, estaba cansado y no le apetecía esperar a adormecerse en los brazos de la caja tonta, así que se enfundó rápidamente el pijama, y apagó la luz.
Al cabo de un rato, oyó pasos en el pasillo, ¡alguien estaba en su casa!
Se levantó de la cama sin encender la luz, entreabrió la puerta de su dormitorio con el ritmo cardíaco acelerado, y escuchó con atención, pero ya no se oía nada. ¡Qué extraño, si alguien estaba ahí hacía solamente unos segundos!
Encendió todas las luces de su piso y revisó cada habitación con pericia policial. No encontró nada. Se acercó a la puerta de entrada y comprobó que estaba bien cerrada, tal como él la había dejado.
Volvió a acostarse, y no habían pasado más que un par de segundos cuando los pasos sonaron de nuevo, ¡parecían unos zapatos de hombre! Tuvo que hacer un esfuerzo para moverse, porque esta vez el miedo le pegaba a la cama; sobreponiéndose, se incorporó y con sigilo se acercó a la puerta de su dormitorio, transcurrieron unos instantes, ¡y los pasos dejaron de oírse! ¿Pero qué demonios pasaba? ¡Creyó volverse loco! Volvió a comprobar todo el piso, pero no había nadie, era obvio, ¡nadie podría haber entrado sin forzar la puerta!
Por la mañana, dudó si lo vivido la noche anterior fuese un sueño o realidad, y rogó a Dios que no se volviera a producir.
Comenzó sus obligaciones rutinarias, y se quitó la ropa para entrar en la ducha. Se enjabonó con un aromático gel, y al sentir correr por su cuerpo el agua caliente se sintió mucho mejor. De repente oyó una voz de hombre: Joor-ge, y al instante, como insistiéndole, en un tono imperativo: ¡Jorge! La voz parecía venir del otro lado de la puerta del cuarto de baño, y… ¡en ese momento sonó un golpe en ella! Jorge exclamó atemorizado:
-¿Quién está ahí?
Cogió la toalla y con cuidado abrió la puerta. No había nadie. No se oía nada. Con el corazón a punto de colapsarse comprobó todas las habitaciones y tras cerciorarse de que estaba solo, volvió al baño. Dejó la puerta completamente abierta y se aclaró el cuerpo con celeridad sin dejar de mirar al pasillo.
Estaba en su coche de camino a su trabajo cuando pensó a quién le recordó esa voz que le había llamado por su nombre. Entonces se dio cuenta de que parecía la de Juan. Era su mejor amigo, al que conoció hace dos años. Él había venido a su ciudad para estudiar ingeniería, y se cayeron bien. Era una persona un poco tímida pero muy inteligente, de una familia adinerada de un pueblo cercano. Se acordó de aquel anillo tan bonito que llevaba y que tanta envidia le dio el mismo día en que se conocieron, realmente, todo de Juan se la provocaba. Lo último que se la incitó fue su nuevo portátil, con unas prestaciones maravillosas y en un color precioso. ¿Por qué no se habían visto en los últimos días? Entonces, se le encendió la bombilla: “Oh, Dios mío, el viernes pasado lo maté”. Tuvo que agarrar fuertemente el volante, porque un conductor de enfrente le tocó el claxon ya que casi se había metido en el carril contrario.
¿Cómo pasó? –se preguntó-. Y comenzó a recordarlo:
Una tarde, en el gimnasio, aprovechó un despiste de Juan, para robarle el ordenador. Éste no sospechó de él en ese momento, pero pasados dos días le preguntó si quizás había sido él, porque de haber sido otra persona Jorge tendría que haberlo visto forzosamente. Esas palabras no le agradaron, y esa misma tarde, acabó con su vida. No le fue muy difícil, Juan era una persona confiada, que ante la compungida actuación de Jorge, no tuvo más remedio que escuchar a su amigo, y aceptar su idea de ir a tomar una cerveza para tranquilizarse un poco y analizar el asunto. Sin duda, el ladrón habría sido uno de esos brutos del gimnasio –le dijo-.
Después de una conversación insustancial, Jorge llevó a Juan en su coche hasta la vivienda que éste compartía con otro estudiante.
El que a esa hora de la tarde ya hubiera oscurecido le facilitó mucho las cosas. Sacó un cuchillo de la guantera y se lo clavó en el cuello. Se lo envolvió con una gruesa bufanda, cargó a su amigo fuera del coche lo que se vio facilitado por su escaso peso y fingió que ayudaba a su borracho colega a entrar en su casa. ¿Qué habría hecho de haber estado dentro su compañero de piso? El caso es que no estaba, y se marchó tranquilamente de allí, tras comprobar que había muerto, y sin importarle dejarlo con toda su ropa anegada de sangre.
No pasó Jorge un buen día de trabajo, con la voz de Juan que le llamaba mientras se estaba duchando retumbando en su cabeza. ¿Qué pretendía ese miserable? ¿Vengar su muerte? ¿No dejarlo ya vivir en paz?
A media mañana, aprovechó el breve descanso para distraerse unos minutos mientras tomaba un bocadillo en un bar cercano. Ahora llevaba el ordenador de su difunto amigo, ¡había causado admiración entre sus compañeros de trabajo, sobre todo entre las chicas! ¡Fue todo un acierto quitárselo, él lo disfrutaría más que el estúpido de Juan!
Comprobó si no tenía problema alguno para consultar en él su correo electrónico, y efectivamente, no lo había, funcionaba como la seda. ¡Era una delicia comparada con su viejo y pesado trasto!
Un mensaje nuevo le extrañó. El remitente era Juan. ¿Cómo era posible? Era de esa mañana. ¿Qué clase de broma era esa?
Al hacer clic para abrirlo, sus manos temblaron. Se creía un tipo duro, pero al contemplar los involuntarios movimientos de sus dedos se avergonzó de su vulgar debilidad y miedo.
El escueto correo decía lo siguiente:
“Pagarás tu pecado, amigo.”

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Abril - 2012

Una oficina es un pequeño microcosmos, una suerte de invernadero de emociones, un curioso tablero de ajedrez sobre el que se descubre y desenmascara lo más noble o mezquino de las personas. ¿Qué papel juegas tú?
Yo tenía casi sesenta años, y por fin había conseguido ser respetada en la empresa, me había costado muchísimo tiempo, casi toda mi vida laboral, pero ahora sentía que tenía cierto poder, además de la consideración personal de la dueña y la admiración de mi jefe y de mis compañeros; incluso tenía inferiores a mí, a los que trataba como eso, inferiores, y a los que me gustaba atemorizar. Mi amenaza favorita era: “Se lo comentaré al jefe/se lo explicaré a la dueña”. ¡Cuánto me divertía hasta que…llegó la nueva!
Recuerdo el primer día en que cruzó la puerta, con su bonito vestido y una chaqueta a contraste, no le tenía miedo al color, era normal, tendría unos veintiocho años, nadie le tiene miedo al color a esa edad, ¿verdad?, bueno, solamente los necios; y a pesar de su juventud, la noté tan segura, no tardé en averiguar que no se debía a fatuidad, sino a una carrera, dos masters y cuatro idiomas. Creí que era una visita, pero en cuanto vi que el jefe de personal le iba presentado a toda la plantilla, no tuve más remedio que asumir que era mi nueva compañera.
Cuando se acercó a mí, esbozó una franca sonrisa y me alargó su mano derecha al tiempo que me decía que le habían hablado mucho de mí y que estaba ansiosa por trabajar a mi lado. La típica hipocresía barata…Para colmo, le dieron el despacho contiguo al mío, cuando estábamos en una planta de más de mil metros cuadrados.
Sencillamente, me propuse librarme de ella, no me interesaban sus fingidas amabilidad y dulzura. Empecé de manera sutil, con un pequeño toque de atención que la incomodase. Le eché sal en el compartimento del agua de su cafetera, pero no hizo el menor comentario a nadie sobre el incidente.
Así que proseguí, tenía que ir de menos a más, hasta conseguir eliminarla.
Lo siguiente fue estropearle su silla, unos tornillos accidentalmente aflojados y quizás el golpe la haría recapacitar e irse de mi territorio; pero, no…debía de ser muy astuta porque se tuvo que dar cuenta y ajustar la butaca ella misma, porque no oí ni el más mínimo ruido.
Decidí pasar al segundo grado, estaba claro que no me iban a servir de nada las medidas disuasorias suaves. Utilizando una dirección de correo electrónico ficticia, le escribí a mi jefe. En el mensaje me hacía pasar por la mujer de un importante empresario, que le advertía de que su nueva empleada había robado información confidencial en su anterior trabajo, la empresa del marido de la misma, y que además, había intentado romper su matrimonio con sucias argucias; estaba desequilibrada y le aconsejaba que la echara de su puesto de trabajo. Esperé unos días para ver si mi compañera era fulminantemente despedida, pero mi jefe, que no era ningún obtuso, no picó el anzuelo, y ni un mal gracias recibí en el remite desde el que le informé. Estaba visto que tendría que jugar más fuerte o esa mujer iba a quedarse. Así lo hice.
Una tarde que salí temprano indagué en el garaje cuál era su coche y en qué plaza lo dejaba, no me fue difícil averiguarlo porque vi en el asiento de atrás un gran paquete de la comida de Tommy, su estúpido gato cuya foto tenía en la mesa de su despacho. Así que me tomé unos días para meditar mi plan y en el mediodía del viernes lo puse en práctica. En el tiempo de la comida, que siempre lo pasaba sola, volví al garaje, me coloqué unos finos guantes de látex, y con una gruesa aguja de punto, le pinché las dos ruedas del lado derecho. Volví a la oficina y esperé a que el reloj marcase la hora de empezar a disfrutar uno de los mejores fines de semana de mi vida.
Pasé el sábado esperando noticias, una llamada telefónica de alguien, o un mensaje de texto, pero nada… ¿Cómo era posible? Volví a la oficina el lunes por la mañana, intentando disimular mi decepción bajo el corrector de ojeras, y ahí estaba ella, impecablemente arreglada, como siempre.
Tras dos semanas de mucho trabajo en las que apenas pude concentrarme en nada más, me decidí a hacer lo que debía, pasar al tercer grado, así que después de averiguar dónde vivía, lo que no me fue difícil, probé suerte de hacerle una visita. No tenía idea de si vivía sola o acompañada, pero llegados a ese punto, ¿qué podía perder?
Fui un jueves por la tarde, y tuve la fortuna de encontrarme con un edificio viejísimo que no tenía cierre eléctrico de la puerta de entrada, y mucho menos portero. Subí a su piso y toqué el timbre. Me abrió la puerta tras un par de minutos, se sorprendió mucho al verme, pero mi excusa de que tenía que entregarle unos documentos urgentes para que a primera hora los enviase por buro fax, pareció convencerla.
Como esperaba, me ofreció un café, y al oír esas maravillosas palabras que me parecieron un cántico celestial, nada más se dio la vuelta, saqué de mi gran bolso de marca, un estilizado y al tiempo pesado candelabro de plata con el cual le asesté un brutal golpe en la cabeza que casi hizo temblar el suelo. Pero para mi estupor, ella ni se inmutó, y sin embargo, yo sentí un mazazo tan fuerte que me hizo caer de bruces contra el suelo.
Casi sin fuerzas de entreabrir los ojos, moribunda, cuando ella se acercó a mí para ayudarme, le inquirí:
-¿Pero quién demonios eres?
Y me contestó:
-Soy…tú.
Por eso, amigo, antes de hacer daño gratuitamente a nadie, no olvides que quizás ese al que vas a agredir de la casualidad de que seas tú mismo.

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Marzo - 2012

José es un hombre normal, con sus problemas e ilusiones cotidianas; vive acompañado únicamente por un pequeño cocker, en una casa de un pueblo normal, en una zona que se ha urbanizado hace pocos años, al lado de un monte bajo. Le gusta, tras finalizar sus obligaciones diarias, relajarse un rato mirando al campo, escuchar algún solitario grillo por las noches, y al despertarse, los cantos de los pájaros más madrugadores.
Se levanta religiosamente a las seis de la mañana; en invierno, aún es de noche. ¿Por qué a veces el misterio se presenta como un invitado inesperado? ¿Por qué viene a remover lo más íntimo de la conciencia del ser?
Ese día, como siempre, nada más levantarse, fue a la cocina a hacerse un café, la ventana de la misma da a una pequeña colina, a diferencia de otras habitaciones, que dan al pueblo. En la cerrada oscuridad de un día de febrero, algo llamó su atención. Descubrió una claridad sobre la cima de la colina, apenas una línea dorada, de una longitud que estimó aproximadamente en unos quince metros. Quitó la mirada unos momentos para retirar la cafetera del fuego y ponerse un poco del humeante líquido en una taza, quizás estaba aún dormido y lo que había visto era producto del tosco acondicionamiento de sus ojos a otro día de trabajo, pero, al volver su mirada hacia el campo, se sorprendió aún más, ¡la fina línea de luz era mayor y más firme! Siguió un minuto contemplando aquello, y cuando quiso darse cuenta, todo era de nuevo oscuridad. Sin saber qué pensar, se vistió para ir a trabajar, sacó su coche del garaje, puso la radio y decidió que no tenía explicación alguna para lo que había visto, si realmente era algo extraño. Mientras conducía, por fin amaneció.
A la mañana siguiente, con algo de temor, tras levantarse, volvió a mirar por la ventana de la cocina, pero nada rompió la monótona negrura del paisaje.
Pasaron cinco días, en los que siguió cumpliendo el matutino ritual, y fue un lunes cuando volvió a presentarse el fenómeno. Esta vez, quizás porque había tenido tiempo para reflexionarlo, reunió todas sus fuerzas, se vistió a toda prisa, removió del suelo a su perro, y salieron inmediatamente a desentrañar el misterio.
Subieron el pequeño montículo, ¡la luz era cada vez más intensa! Su corazón empezó a latir, mientras la adrenalina le preparaba para la acción o la huida, según lo que se encontrase. ¿Qué demonios le aguardaría al otro lado de la colina? – se preguntó -.
Cuando vio aquel objeto esférico, impresionante, situado majestuosamente sobre el cielo, se quedó petrificado. Calculó que estaría bastante elevado, quizás a cien metros, y la gran superficie que iluminaba daba una pista de su enorme tamaño. Se le encogió un poco el corazón cuando contempló cómo una hilera de luces giratorias que rodeaban todo su perímetro comenzaron a dar vueltas, unas veces en un sentido, otras, en otro.
Sujetó bien a Rusty, pero no porque el animal hiciese el mínimo movimiento, sino por el miedo que él mismo tenía. Ahí estaban los dos, mirando atónitos aquel objeto, nave o lo que fuera. Todo un espectáculo, que pasado un minuto, dejó de atemorizarle. Simplemente, estaba extasiado, no se le habría ocurrido irse de allí por nada del mundo, al revés, estaba deseando que algo pasase.
Por desgracia, nada más ocurrió. El objeto, como una exhalación, salió verticalmente disparado hacia el cielo, convirtiéndose en un pequeño punto que en segundos se perdió en el firmamento.
José volvió a su casa. Miró su reloj, no marcaba ninguna hora extraña, el tiempo no había transcurrido de forma inhabitual. Tampoco se le había borrado el recuerdo de nada de lo que había acontecido desde que salió, a las seis y cinco en punto de la mañana, había sido lo suficientemente precavido como para haberse fijado bien en ese detalle.
Por la tarde, armándose de valor, fue a visitar a sus dos vecinos. Uno, el de la casa de su izquierda, la que está orientada al monte, como la suya, pertenece a un chico joven. Por su juventud quizás, no se sorprendió demasiado por la anómala pregunta de si había visto una luz extraña en el perfil de la colina la noche anterior; pero su lacónica contestación de que nunca se levantaba antes de las once, dejó patente que no había observado nada en absoluto.
Sus otros vecinos son una pareja sin hijos; su casa, la de la derecha de José, está orientada principalmente hacia el pueblo, y aunque trataron de disimular su extrañeza por la pregunta, no le contestaron más que un seco “no, no hemos visto nunca nada raro”. ¿De verdad sería así, o quizás son de esa clase de personas que se atemorizan por cualquier pregunta inesperada?
Poca información encontró en sus vecinos, o mejor dicho, ninguna. Antes de que oscureciese, fue a reconocer el terreno. Lo anduvo lentamente varias veces, fijándose en cada palmo de tierra, en si había cualquier traza de un evento especial, como podría haber ocurrido de haberse posado un ovni; pero no había ninguna señal, oquedad, mancha, o superficie quemada en absoluto.
Estuvo pendiente la madrugada siguiente, de hecho, casi no pudo conciliar el sueño, esperando que llegase la hora prevista, pero no volvió a presentarse la luz, ni volvió a ver aquella bonita esfera que parecía bailar, ni tampoco en los días, semanas, ni meses sucesivos.
Un día, mientras consultaba una hemeroteca virtual de un diario de su provincia, algo le sobresaltó. Leyó una breve noticia de hace cincuenta años acontecida en su pueblo, decía lo siguiente: “Extraña claridad sobre el campo vista por un vecino antes del amanecer”. La descripción del suceso era idéntica a lo que él había visto. A partir de entonces pudo dormir un poco más tranquilo; fuera lo que fuese, debía tratarse de un… amigo.

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Febrero - 2012

Parecía que iba a ser un día como otro cualquiera, pero terminó de manera imprevista, especialmente, para mí.
Había quedado con una de mis mejores amigas para tomar un café por la tarde. Hacía tiempo que no nos veíamos y sería un rato agradable, es una persona cariñosa y simpática.
Después de comer, arreglé unos papeles pendientes del trabajo y me dispuse a ir a la cafetería donde habíamos quedado, algo lejos de la zona donde vivo, pero a ella le viene bien aparcar allí y además es un lugar acogedor que nos encanta.
Había recorrido un par de calles cuando oí una voz infantil detrás de mí. No sé ni de dónde salió ese niño, pero me dijo lo siguiente
- ¿Me puedes ayudar? Mi abuelo está enfermo.
El chaval me dirigió como una súplica sus inmensos ojos castaños en los que trataba de evitar las inminentes lágrimas. Miré al anciano, que estaba parado en la acera, apoyado en la pared y sin apenas fuerzas para hablar. Le dije:
- ¿Se encuentra mal?
Me contestó:
- Me pasa a veces, estoy operado del corazón. Mi nieto se ha asustado, perdone haberla molestado. Voy a llamar a mi hijo.
Le pregunté:
- ¿Me quedo con ustedes hasta que venga?
Me respondió que no, que no hacía falta.
Así que me fui, porque no quería llegar tarde a mi cita. Volví un instante la cabeza y vi cómo el niño me miraba con pena de que me alejase. Pero… ¿qué iba a hacer yo?
Bajando las escaleras de la estación del metro, vi una mujer al cabo de ellas. Alrededor suyo había papeles tirados por el suelo. Cuando llegué a su lado observé que sangraba por la nariz, se había caído al bajar. Le pregunté:
-¿Estás bien?
Me contestó:
-Sí, sí, aunque creo que me he torcido un tobillo.
Aprecié en el tono de su voz que estaba aturdida por el fuerte golpe. Tenía las medias rotas y las palmas de las manos enrojecidas. No acertaba a ponerse en pie pero me dijo que me fuera, que se quedaría un momento ahí a un lado.
Nadie en absoluto se paró. Es lo que en psicología se llama el efecto espectador, aquello que nos hace evadir la responsabilidad amparándonos en que algún otro lo hará.
Me fui porque empecé a sentirme incómoda y además, tenía que coger un tren. ¿No es absurdo tener prisa cuando cada pocos minutos pasa otro? La vida está a veces tan irremediablemente exenta de sentido…
Cuando llegué a mi cita, mi amiga ya estaba sentada al fondo del local, esperándome.
Me extrañó que no hubiese acudido tan elegantemente vestida como solía hacer. También me di cuenta de que su semblante era un poco taciturno, al verme no había esbozado una sonrisa tan amplia como otras veces, y eso que hacía mes y medio que no nos veíamos, lo cual no pudo por menos que hacérseme raro.
La incógnita se desveló incluso antes de que nos trajeran los cafés.
Me dijo que hacía un par de días le habían comunicado que su hijo mayor necesitaba una operación de espalda, y que probablemente tendría que estar año y medio en lista de espera, a no ser que reuniera el dinero suficiente para llevarlo a una clínica privada. Me preguntó si podía prestarle alguna cantidad, que me lo devolvería en cuanto pudiera.
Lo medité bien antes de contestarle, y aunque es una de mis pocas buenas amigas, le dije:
-En estos momentos mi padre necesita mi ayuda económica, cuánto lo siento, quizás un poco más adelante te pueda ayudar.
Percibí su gran decepción en su mirada, sin duda, había destrozado todas las esperanzas que había depositado en mí. Me contó que su hijo tenía continuos dolores, que sólo por eso se había atrevido a pedirme el favor. Sin embargo, esas palabras tampoco me conmovieron, y volví a contestarle poco más o menos lo mismo, que aun siendo verdad, no pareció satisfacerla.
Como es obvio, y aunque también hablamos de alguna otra cosa, el café se nos agrió, y nos despedimos antes de lo previsto. Recuerdo la apatía con la que me dio un beso en la mejilla antes de entrar en su coche para volver a encontrarse con su pequeña familia sólo compuesta por ella y sus dos hijos.
Antes de regresar a casa, me paré en mi librería favorita, para aliviar un poco mi mente mirando las novedades editoriales, pero no logré concentrarme, todos los títulos me estaban pareciendo iguales, y no conseguía reconocer el nombre de casi ningún autor. La enorme preocupación de mi amiga me había afectado, así que salí sin comprar nada.
No obstante, tras caminar un rato, comencé a sentirme mejor, así que entré a una tienda de complementos y me compré un bolso. Conseguí de esa sencilla manera olvidarme un poco de todo por al menos diez minutos.
Al salir, ya había caído la noche, y las farolas de la ciudad comenzaron a inundar las calles de una luz melancólica, teñida de pasado.
Mis pensamientos basculaban entre lo inesperado de la noticia de mi amiga y el original diseño de mi nuevo bolso. En esta ambivalencia se movían mis ideas cuando un hombre me paró para preguntarme si tenía un cigarro. Llevaba una sudadera marrón con la capucha puesta. Le dije que no, y se puso de mal humor, o quizás ya lo estaba. Me robó lo poco que llevaba encima, y después, sacó un gran cuchillo, y abriendo mi abrigo con endiablada habilidad más propia de un ángel, me lo hundió en el abdomen y me mató.
Ahora me debato en una extraña lucha en el reino de la muerte, renegando de haber dejado de existir. Ahora soy yo quien te dice: ¿Me puedes ayudar?

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Enero - 2012

Me disponía a acudir a un ciclo de conferencias para aumentar conocimientos en mi carrera, estaba excitada, iban a ser unos días estupendos en los que conocería a gente interesante. No podía sospechar lo que iba a ocurrir. ¿Por qué a veces las desgracias son absolutamente impredecibles? Será que tras una tregua dada por la calma, viene la tempestad…
Hice mi pequeño equipaje ilusionada, hacía mucho tiempo que no iba a ninguna parte, en realidad hacía siglos que no me permitía el mínimo esparcimiento, no tenía ganas. Acontecimientos recientes habían menoscabado mi estado de ánimo.
Debía enlazar diferentes medios de transporte para llegar al hotel donde iban a impartirse las charlas, pero el esfuerzo merecería la pena porque me vendría muy bien oxigenar un poco mi aletargado espíritu, hablar con mis futuros colegas.
Estaba ocupando mi asiento en el autobús cuando un hombre que iba por el pasillo me tiró sin querer la revista de mis rodillas y se disculpó con una media sonrisa. Recuerdo que pensé que tenía los ojos muy bonitos, e inmediatamente, volví a sumergirme en la lectura. Durante el trayecto, no muy largo, pude comprobar un par de veces qué hacía pues se sentó unas filas delante de la mía, y curiosamente una de ellas ¡volvió la cabeza para mirarme en el mismo instante en que yo le miré, y me sonrió de nuevo!
Al poco rato me encontraba en el aeropuerto, dispuesta a embarcar hacia la gran ciudad, impaciente por dar un paseo por la cosmopolita urbe.
Ya estaba al lado de mi asiento, colocando mi pequeña maleta en el portaequipajes, cuando miré hacia mi izquierda, y vi cómo aquel extraño de los ojos bonitos estaba haciendo lo mismo un par de filas o tres delante de mí. ¡Por lo visto iba al mismo destino que yo! Esbozamos una pequeña sonrisa y, me senté por fin; en menos de tres horas podría descansar en la habitación del hotel. Me puse a soñar despierta, a imaginar que un día sería yo la que sorprendería a una audiencia con el fruto de mis investigaciones.
Tras aterrizar, me dispuse a tomar un taxi. Mientras el conductor arrancaba, me pareció ver la figura de aquel extraño al lado de la parada, pero no me llegó la vista como para asegurarme.
Unos pocos minutos después me encontraba cómodamente echada sobre la cama del hotel, disfrutaría de una agradable siesta y aún me quedaría parte de la tarde para poder dar una vuelta por la ciudad.
Eran aproximadamente las ocho, aún de día porque era verano, cuando me decidí a salir para dar un paseo. Preferí bajar por las escaleras, no me gustan los ascensores. En el rellano del primer piso, vi un gran espejo que había en la pared, y me miré para comprobar que iba perfectamente arreglada. En ese instante, oí una voz detrás de mí que me dijo: “Guapa…” Para mi sorpresa el piropo provenía de aquel hombre que me encontré en ambos medios de transporte. Lo dijo en un tono no muy alto, pero le oí, y contrariamente a alegrarme por el halago, ¡un extraordinario miedo me sobrecogió! ¿Qué demonios querría ese desconocido de mí? Bajé a toda velocidad las pocas escaleras que quedaban hasta el recibidor, y sin mirar atrás, salí a la bullanguera calle con un gesto que imagino delataba mi sobresalto interior.
A los pocos minutos volví al hotel, ¡dispuesta a apaciguar mi miedo de alguna manera! Intentando parecer serena le dije al conserje que un hombre me seguía, ¡que estaba muy asustada!; le di su descripción, y el chico me dijo que no sabía quién era con esos pocos datos. Añadió que si estaba muy preocupada fuese a la comisaría de policía más cercana. Pensé en hacerlo, pero no creí que fueran a hacer nada, así que opté por meterme en la habitación, cerrar bien, colocar una silla tras la puerta y no salir de ahí hasta la hora de la primera charla.
Al día siguiente, aún con el miedo metido en el cuerpo, me esforcé en ir a la conferencia. Había perdido gran parte del interés, pero tenía la obligación conmigo misma de asistir. La sola idea de volver a tropezarme con aquel hombre me ocasionó un escalofrío que me rodeó los hombros.
Tras la hora y media de la charla, a pesar de no tener ganas de entablar conversación con nadie, una chica muy extravertida debía tener la apetencia contraria, porque aun sin querer tuve que dejarla presentarse y comentar con ella algunos de los aspectos sobre los que disertó el conferenciante. Me dijo lo siguiente:
-¿Sabes? Nada ocurre por casualidad, cada cosa que nos pasa es la pieza de un inmenso engranaje que desconocemos.
Pasó el día siguiente y no volví a encontrarme con aquel extraño, así que poco a poco logré tranquilizarme, exactamente, para el momento de irme.
Me dirigí al aeropuerto con cierta prisa por volver a casa, a mi cotidianidad.
Tras un retraso de casi dos horas por fin pudimos despegar, pero, ¡oh, Dios!, a los pocos minutos el avión empezó a hacer movimientos extraños, ¿qué pasaba? Sólo recuerdo que sentí un golpe, una fuerza a mi espalda. Por lo que me contaron fueron a recogerme a una especie de arroyo, me dijeron que gracias a haber salido despedida del aparato tuve la suerte de salvarme. Ciento cincuenta y cuatro personas murieron.
Cuando me dieron de alta y regresé a casa me sentí muy rara, no por los daños físicos, sino por la sensación de haber nacido de nuevo.
Una tarde estaba ordenando una de las mesillas de mi dormitorio. Debajo de unos papeles encontré una pequeña nota: era la letra de mi novio, que falleció hace un año tras una larga enfermedad. Decía lo siguiente:
“Mi amor, el 20 de Agosto de 2008, te encontrarás por desgracia dentro de un avión que tendrá un grave accidente en su despegue del aeropuerto de Barajas. Cuánto lo siento, amor; pero no dudes que ahí estaré… para ayudarte.”

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Enero-2012

Creí que no estaría abierta, eran las once y cuarto de la noche, un tanto lluviosa por cierto, pero sí, lo estaba. Hacía poco tiempo que vivía en aquella ciudad y nunca se me había ocurrido entrar en esa pequeña y curiosa iglesia. Está sobre un puente, qué lugar tan raro para hacer una iglesia, ¿verdad?, y el puente está sobre un río, como todos los puentes, en eso no hay ninguna novedad…
Entré con cierto rubor, como si pensara que fuese a incomodar a alguien, nunca me paro a pensar que cuando una puerta está abierta, será porque se puede pasar. La alumbraba una luz muy tenue que apenas disponía de fuerzas para iluminarla; pero al menos tenía ese agradable olor de las iglesias, mezcla de cera, incienso y flores. La decoración era un poco pobre, o digamos, sobria, con muy pocas imágenes. Sí que llamó mi atención el Cristo que presidía el altar, una bella figura a tamaño real, con los brazos abiertos y un gesto de dulzura y piedad infinitas, esbozando una juvenil sonrisa. Imaginé que bien pudiera ser la imagen de Jesús tras su resurrección, al reencontrarse con sus apóstoles, aunque no era la típica estatua que descubre sus llagas, esta no necesitaba demostrar nada, porque su bondad y sinceridad eran patentes en sus ojos esmeradamente trabajados en pulida piedra.
Al principio me pareció que no había nadie, pero indagando la oscuridad, vi la silueta de una mujer sentada, un poco encogida sobre sí misma. Me acerqué con discreción para verla, mientras daba un paseo alrededor de los bancos de madera. Siempre me imagino que atento contra la intimidad de quien reza cuando visito una iglesia, es como si cotilleara dentro de sus almas. Vi que era una mujer de unos sesenta años, ¡ay, tengo grabado en mi mente ese rostro con lágrimas surcando sus mejillas; no he visto en mi vida una expresión que desvelara tanta tristeza! ¿Qué le pasaría a esa señora elegantemente vestida con un traje marrón o negro? Es difícil distinguir un tono oscuro a la delicada luz de esa iglesia que resultaba tan dramática como la persona que acababa de ver. Tanto me impresionó que le habría preguntado si estaba bien, pero vaya pregunta tonta, ¿no creen? La respuesta era evidente.
Preferí alejarme un poco de su vista, no fuera a pensar que pretendía inmiscuirme en su recogimiento.
Al pasar al lado de uno de los confesionarios, me sorprendió que a pesar de las horas tan tardías, estuviera un sacerdote. Tenía la pequeña ventana entreabierta, y me preguntó con delicadeza:
¿Desea confesión, hermana?
Me extrañó esa forma de hablar un tanto desusada, aunque comprensiva y amable. Algo azorada le dije:
No, gracias, ahora no.
De repente empecé a sentirme mal, mareada, y con una sensación difusa de temor, y decidí finalizar mi visita. Así que me acerqué, como siempre suelo hacer la primera vez que entro a una iglesia, a una de las vitrinas de velitas para depositar un donativo. Me gusta ver cómo se encienden varias a la vez, es como si ese ruidito me reconfortara.
Tras cumplir con mi tradición, antes de irme, miré hacia el pequeño coro, y vi unas siluetas indefinibles con perfiles humanos, de distintas estaturas, ¡pero sin corporeidad!, translúcidas, hombres y mujeres. No los conté pero creo que eran cinco o seis. Me pareció que se movían un poco, pero no sé si era un movimiento auténtico o efecto de su ingravidez. Uno de ellos se echaba las manos a la cabeza, como si se lamentara. Nunca había visto algo así, no sé si eran espectros, pero sentí miedo, o mejor dicho, ¡angustia!
Salí rápidamente de la iglesia, asustada, sin poder dar crédito a lo que había visto, pero tan pronto crucé la puerta, logré sosegarme. Así que anduve con calma por el puente, reflexionando sobre lo ocurrido, cuando me encontré con un hombre que iba paseando a un pequeño perro. Vi que me miraba desde metros antes de acercarse, y me protegí dentro de los anchos y suaves cuellos de mi abrigo de lana gris. Nos cruzamos en la acera y unas décimas de segundo después, cuando ya no le veía, oí su voz, que me dijo:
-¿Estás bien?
¡Qué extraña pregunta! Me volví y contesté con cierta incomodidad:
-Sí, sí, descuide.
Y el buen hombre sonrió y me dijo adiós. Tuve que ser hábil porque esa pregunta me pilló tan por sorpresa que igualmente podría haberle contestado que no, con lo cual quizás me habría preguntado el motivo. ¡Es tan rara la cortesía cuando no te la esperas!, o tal vez sea que en este mundo tan deshumanizado es difícil hallar a nadie que se preocupe por los demás.
Al día siguiente, le pregunté por la pequeña iglesia a un compañero de trabajo que es de la ciudad, él quizás la conocería. No iba a contarle nada más, no tenía el grado de confianza suficiente para decirle lo que vi, sólo quería saber si había estado alguna vez en ella.
Mi pregunta no le sorprendió, y me respondió en un tono ligeramente melancólico:
-Ah, sí, es la Iglesia de las Santas Aguas; a todo el mundo le extraña que se construyera encima de un puente, pero ¿sabes?, se hizo ahí para ayudar a los que se suicidaron en él, para que sus pobres almas… tengan consuelo.

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Enero-2012

¿Por qué se me ocurrió aquella otoñal tarde entrar en esa extraña librería en una calle tan alejada del centro de la ciudad por la que sabía que raramente volvería a pasar?
Quizás el aburrimiento…no traiga nada bueno.
¿Cómo es posible que me diera por arrimar un taburete a la estantería para llegar a la balda más alta? Sí, el apartado era de filosofía, pero no estaba buscando nada en concreto. Quizás era aquel desdichado libro…el que me buscaba a mí.
No olvides, amigo, que cuando se va por donde no se quería ir, se hace lo que se pretendía no hacer, o se dice lo que no era tu intención mencionar, eso es a lo que otros llaman destino. También podría decirse que el destino quiere darte una lección.
Una vez asenté bien mis botines en aquella mini escalerita plegable de madera, me dispuse a ojear los títulos, unos de abajo hacia arriba, otros, de arriba hacia abajo (me encantaría que las editoriales se pusieran de acuerdo en escribirlos todos en el mismo sentido…). Había uno, de tapa dura negra, que no llevaba título alguno en su lomo, era pequeñito, y tuve la curiosidad de extraerlo y tenerlo entre mis manos.
Entonces vi lo que ponía en la tapa, en un rectángulo de cartón pegado, escrito en una letra como la de las antiguas máquinas de escribir de cinta. Decía: “Manual del perfecto asesino”. Me quedé atónita, e inmediatamente, lo abrí por la mitad.
Comencé a leer la página que quedaba a la derecha, aunque me pareciera una profanación empezar por el medio la lectura de un libro (otra de mis numerosas manías…). Estaba escrito a mano en tinta negra, con subrayados en rojo. Lo que leí fue lo siguiente:
No olvides lo que no (subrayado) debes hacer con el cadáver. Se puede matar, pero con elegancia:
-Nunca lo dejes con las manos o las piernas atadas.
-No debes abandonarlo desnudo, si por algún motivo lo lavases, vuelve a vestirlo, con otras ropas, por supuesto.
-Jamás lo violentes sexualmente ni antes ni después de acabar con su vida.
En ese momento me detuve para echar un vistazo rápido a todo el contenido del libro, también había dibujos, sencillos pero escalofriantes, ¡eran formas de asesinar! En uno de ellos un hombre ponía directamente una pistola sobre el corazón de otro hombre que parecía sedado, sentado en una silla, con la cabeza ligeramente para atrás. En otros dibujos se explicaba cómo evitar que un casquillo de bala pudiera quedarse alojado en un lugar donde no resultara fácil de recuperar y constituir una fatal circunstancia.
Tenía un índice por capítulos, y al leerlos comprendí que era un pequeño tratado para matar, de forma digna y libre, es lo que decía a modo de dedicatoria a sus lectores. ¿Habría algún aspecto que no contemplase aquel horrible manuscrito?
Pensé inmediatamente si el autor de aquella aberración sería cualquier vecino de esa calle, que en un momento de locura hubiera escrito y posteriormente colocado ahí el pequeño libro, su personal legado para la posteridad. ¿Estaría el autor vivo? Intenté encontrar alguna pista en las páginas, estaban en perfecto estado, limpias y sin humedad.
Tendría que ser un perito el que pudiera decir cuántos años podrían tener esas hojas blancas en las que no aprecié ninguna fecha escrita, al menos, con la cifra. En ese instante, noté que me caía… ¡Dios, el maldito taburete! Di un traspié y el ruido llamó la atención del chico de la librería. Me dijo: ¿Se ha hecho daño?
Ruborizada le dije que no y me marché de allí a toda prisa, estaba tan avergonzada que ni siquiera me tomé la molestia de volver a colocar el libro en el estante, no sé ni dónde paró.
Me fui a casa y pasé la noche pensando en aquel terrorífico librito que parecía haber sido escrito por el mismo demonio.
A la mañana siguiente, que recuerdo era un domingo, me levanté y me puse a hacerme un café, como todos los días, lo primero antes de nada, porque su delicioso aroma me reconcilia con el mundo, imagino, que como a mucha gente.
¡Qué extraño, sonó el telefonillo! ¿Quién sería? No esperaba visita de nadie, menos aún un domingo a esas horas. Quizás fuese mi hermana.
-¿Quién es?
-Soy el de mantenimiento, tengo que hacer una comprobación en todos los pisos, ha habido una avería. Vaya abriéndome, por favor.
Una avería, ¡lo que me faltaba!
Es lamentable lo fácil que puede ser matar a alguien. No, no era ningún empleado de la casa, era el librero…y yo ahora te escribo esto, desde el otro lado, amigo, del de la muerte. Y sí, me mató…con elegancia, con diabólicas frialdad y elegancia.

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Enero-2012
UNA PESADILLA HECHA REALIDAD
Aquel lunes por la mañana, nada más levantarme, mis manos empezaron a temblar, y desde ese momento, aún siguen haciéndolo. Te contaré, amigo, a qué se debe; tal vez no puedas creerlo, pero es que la realidad casi siempre supera a la ficción.
Todo empezó con una pesadilla que tuve hace bastantes días, tan vívida, que al despertarme sentí ganas de saltar de la cama y echar a correr, y debí contenerme. En ella, mientras una noche caminaba por una solitaria calle, me pareció que un hombre me seguía. En una intersección crucé hacia un lado al que no tenía que ir, con el único propósito de comprobar si mi sospecha era cierta; y, efectivamente, él, a lo lejos, también lo hizo.
Como aún estaba a cierta distancia de mi vivienda, intenté no acelerar demasiado mi paso, no fuera a ser que al notar mi miedo, aumentara sin pretenderlo, el morbo o lo que fuera que a ese personaje le hiciera perseguirme. Ingenua de mí, por no fiarme de mi instinto de huida, para cuando quise darme cuenta, me di la vuelta, y ese individuo me había alcanzado. ¡Qué silencioso debía de ser su calzado, porque ni lo oí! Quizás había salido de su casa con ese malévolo detalle previsto.
Una gran cicatriz horizontal surcaba su frente, ¡tuve que ahogar un grito de espanto al verle a pocos centímetros de mí! Recuerdo que pensé en el sueño que probablemente sería un preso de la cárcel de las afueras. Y sus labios, gruesos y medio abiertos, me repugnaron. Su gesto era entre bobalicón y excitado, pero sólo le oi decir una palabra. Balbuceó:
- Señora…
Me puse a correr tan rápido como pude, contrariamente a lo que pensé, él no hizo lo mismo, quizás pensó que llamaría la atención de algunos de los pocos coches que pasaban. Solamente oí que dijo algo más, pero no sé si en el sueño no lo entendí, o si habiéndolo entendido, al despertarme, no lo recordé. ¡Qué curiosa es la mente!, ¿verdad?
Esa mañana, en mi trabajo, cosa no extraña cuando se ha tenido un mal sueño, recuerdo que me sentí poco concentrada en lo que hacía, y sin ganas de bromear con mis compañeros, que incluso me preguntaron qué me ocurría. Les dije que no había dormido bien, pero un infantil pudor me impidió decirles que había tenido una horrible pesadilla que me había consternado, porque me parece impropio de un adulto sentirse tan afectado por ello.
Pasaron unos diez días. Mi novio vino ese fin de semana a verme, y tras dos fantásticas jornadas, fui a despedirlo al aeropuerto. La terminal estaba llena de pasajeros, como siempre, y tras verle pasar a la zona segura, tuve que irme con la tristeza de que se quedaría allí solo esperando un buen rato.
Salí de la terminal con ganas de volver a mi pequeño piso porque tenía trabajo que preparar, y pocas ganas de alargar la tarde de ese domingo.
Iba a subir a un taxi cuando al echar un vistazo dentro de mi bolso, me di cuenta de que con las prisas, me había dejado la cartera en casa, qué contrariedad, ¿qué podría hacer? Miré en los bolsillos de mi pantalón y encontré unos euros, con uno de ellos me bastaría si fuese a la estación de metro más cercana; así lo hice puesto que no me quedó más remedio. Tras un pequeño trayecto a pie, la encontré, busqué mi línea y subí al vagón, mientras pensaba en que precisamente cuanto más te apetece llegar en seguida, surge siempre algún imprevisto.
En una parada llamada “El Capricho” tuve que bajarme para cambiar de línea. Lo que ocurrió, no sé si fue un capricho del destino, pero en ese caso, tendría que ser muy diabólica esa misteriosa entidad.
No recordaba esa estación, quizás nunca la había pisado, pero me hizo sentir mal desde segundos antes de que mi tren se parase. No había nadie. ¿Cómo era posible? Era domingo y no es extraño que no haya tantos viajeros, pero de eso a que estuviera desierta… Seguí las indicaciones que me llevarían al andén en el que debía esperar, pero esos desconocidos pasadizos solitarios me confundieron… Tuve que retroceder porque estaba yendo a una vía equivocada, y al girar en un pasillo, me encontré con el hombre de mi pesadilla. ¡Sí!, ahí estaba, era el mismo, con sus mismas ropas holgadas y anticuadas, y esa espantosa cicatriz todo a lo largo de su frente. Eché a correr y oí su voz que me decía: “Señora… ¿va usted muy lejos?” Se me heló la sangre. Su tono vocal era como el de un discapacitado mental, o quizás lo estuviera fingiendo para… ¡asustarme! Noté que me seguía y toda mi esperanza la puse en las escaleras que tenía delante. Las bajé tan deprisa como pude, oyendo sus pasos tras de mí, sobre las planchas metálicas.
Vi que el tren entraba en la estación y di gracias a Dios, con más Fe de la que había logrado reunir en toda mi vida. Exactamente en el preciso instante en que llegué al vagón se abrió la puerta frente a mí. Entré y vi con espanto cómo a lo lejos aquel hombre me miraba con la boca abierta apretando su paso en las escaleras. Una horrible imagen que tardaré tiempo en olvidar…
Llegué a casa y directamente me acosté para sentirme más protegida. Después de una noche en la que apenas dormí, después de unas horas en las que me sentí en un estado de estúpida alerta, con la llave de mi piso con las dos vueltas bien pasadas e introducida en la cerradura, lo cual no suelo hacer para no olvidarlas puestas al salir, hice todos esos rutinarios hábitos de cada mañana, como poner las noticias de la tele mientras tomaba el desayuno con la melancolía de que fuese lunes y la esperanza de que estuviera empezando una semana tranquila. ¿Para qué lo pensaría?
Estaba vistiéndome cuando oí al locutor decir algo sobre un asesinato en mi ciudad, fui a la sala y al mirar la pantalla y ver cómo la policía se llevaba al detenido, no pude dar crédito a lo que veía: ¡Era el hombre del metro, y el de mi pesadilla! La misma cicatriz en su frente, su misma boca medio abierta, ese aspecto entre obtuso y diabólico. La noticia dijo que asaltó y degolló a una joven inmigrante en un parque de la ciudad durante la noche, tras ello, la policía le detuvo al ser denunciado por un viandante, que alertado por verlo manchado de sangre, les llamó e indicó la calle donde lo encontrarían. Estaba borracho y no opuso resistencia.
Inevitablemente, imaginé que podría haber sido yo la víctima y por unos instantes me sentí en un indefinido territorio entre la vida y la muerte, agradeciendo a aquel tren que llegase en el segundo exacto. Desde entonces, no he vuelto a pisar una estación de metro, espero que pronto lo olvide todo y recobre la normalidad. Entretanto, amigo, ten cuidado con lo que sueñas, porque sólo el velo de tus párpados separa lo que esta noche será tu sueño de lo que quizás mañana vivirás. Que tengas bonitos sueños…por tu bien.

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Enero-2012
UNA INSOMNE NOCHE
Me había acostado temprano, y como no podía ser de otra manera, tal vez por las preocupaciones laborales que me había llevado a la cama, me desperté hacia las dos de la madrugada. Fui a la cocina, tomé un sorbo de cualquier bebida, como hacía siempre que me desvelaba a media noche, y sentí una imperiosa necesidad de bajar a la calle a respirar aire fresco, probablemente demasiado fresco, porque mi ciudad es muy fría en invierno, pero no me importó en absoluto. Me puse unos pantalones, unos zapatos y no olvidé mi gabardina por si se escapasen unas repentinas gotas de lluvia, bastante habitual por aquí…….
¿ Qué pretendía hacer? Nada, pasear un rato, pensar un poco en mis cotidianas cavilaciones, encontrar solución para alguna de ellas, tropezarme quizás con un gato vagabundo aterido de frío y tan solitario como yo.
Bajé un par de avenidas, mi paso era ligero, como si fuera al encuentro de alguien, pero no era así, no sabía por qué hacía aquello, era como si quisiera ¿ perderme? Me adentré por una calle por la que hacía bastante tiempo que no transitaba, algo alejada del centro de la ciudad, pero amplia, aunque absolutamente vacía a esas horas, cómo era lógico.
Me paré un momento en la acera, aproveché la luz de una farola cercana para encender un cigarrillo, en esos momentos algo llamó mi atención: a unos veinte metros a mi izquierda, en el lado opuesto de la calzada, vi un desgastado letrero luminoso, parecía que una de sus letras me hiciera un guiño, una que debía estar estropeada, era un rótulo de lo que imaginé un bar de copas, en un melancólico color salmón.
No pasaba coche alguno así que ese parpadeo que me llamaba me invitó a cruzar, no pude resistir ir a comprobar qué ponía, esta curiosidad que siempre me ha vencido…. Junto al lugar, me aparté un par de pasos hacia atrás para ver el nombre del local. Decía: “ Paradise “.
No se oía ruido alguno procedente del interior. Las ventanas estaban cubiertas. La puerta no parecía demasiado pesada, así que sin pensarlo siquiera tiré de ella….
No encontré a nadie, pero había unas lámparas encendidas, que daban una tenue luz tan apagada como el resto de la decoración. Me fijé en los cuadros, con finos marcos de madera, eran unas fotos en blanco y negro de esas que a veces cuelgan de bares de este estilo, de esas…. que siempre me traen una sensación nostálgica.
Pasados unos instantes, reparé en que escuchaba algo, era una canción que no conocía, parecía proceder del fondo, de detrás de una cortina de cuentas de cristal; en esos momentos empecé a sentirme inquieta, ¡ un extraño miedo comenzaba a apoderarse de mí! No supe si salir o acercarme para comprobar qué había detrás de ella, pero, como siempre, pudieron las ganas de no marcharme sin obtener una respuesta.
Intentando hacer el menor ruido posible, con todo sigilo, la atravesé, y ya al otro lado, me encontré en una habitación pequeña, con un trasnochado velador en una esquina sobre el que en un viejo aparato estaba girando el disco que seguía sin reconocer; la melodía era dulce, romántica, pero parecía un ruego o un sollozo cantado.
¿Quién habría estado ahí hacía unos minutos colocando aquel pequeño vinilo? No había nadie ni en ese habitáculo ni en el resto de aquel intrigante lugar. No vi más puertas, no comprendía qué pasaba ahí. Ahora ya podría llamar auténtico terror a lo que comencé a sentir, ¡incluso me paralizaba!
Vi una ventana de madera, cuya pintura en un desgatado tono verde estaba muy desconchada, y pensé que podría escapar por ahí, ya que el pánico me impedía retroceder para salir por la entrada. Amigo, sé que es difícil entenderme, ¡pero me era absolutamente imposible darme la vuelta!
Me acerqué a ella, con la esperanza de que el tirador no estuviese atrancado, tuve que hacer un poco de fuerza, pero se abrió sin excesiva dificultad. Comprobé que la distancia al suelo no era más que de poco más de un metro, así que me animé a salir de esa forma de aquel agobiante sitio. Daba a una calle lateral estrecha, con una especie de jardincito descuidado, no me sería difícil volver a casa, porque recordaba cómo había llegado hasta allí en ese equivocado paseo nocturno.
Puse un pie sobre el marco de la ventana y antes de darme cuenta, algo agarró mi brazo derecho, tuve que saltar bruscamente, pero no me caí.
El hombre que vi delante de mí me espeluznó. No tenía nada raro en su cara, ¡¡solamente que no parecía que estuviera vivo!! Y ese traje que llevaba, beige, que parecía sacado de un antiguo baúl, y su mirada asustada, sí, ¡asustada y amenazadora! me estremeció.
Me dijo: “Vete ahora mismo de aquí y no vuelvas nunca “.
Logré soltarme de su potente mano y eché a correr tan rápidamente como pude. Mi gabardina se quedó en el suelo, no me volví para recogerla. Ni me volví para ver de nuevo aquella espantosa silueta que poco me importaba si seguiría ahí o no. Mi corazón latía con demasiado ímpetu como para que hubiese podido soportar un único sobresalto más.
En menos de veinte minutos ya había llegado a casa. No te niego que no pude volver a conciliar el sueño hasta que la luz del nuevo día comenzó a entrar por las rendijas de la persiana de mi dormitorio. Mi mente intentó toda la noche encontrar una explicación a lo sucedido, pero no la había.
Al despertarme, añoré ese reconfortante sosiego que se tiene tras una pesadilla, al darnos cuenta de que, menos mal, todo había sido un sueño. Pero no, no lo había sido, no tuve más que comprobar que mi gabardina ya no estaba en mi ropero.
Amigo, ten cuidado antes de abrir cualquier desconocida puerta, podrías adentrarte en un lugar…..anclado en el tiempo.

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Enero-2012
TAMBIÉN TE PASARÁ A TI
Antes de acostarme me acerqué a su lado, estaba estudiando, como siempre a esas horas. Llevaba su camisa favorita con los puños de las mangas desabrochados, vueltos hacia arriba descuidadamente; y olía a ese perfume que tanto me gusta.
Le dije que no se desvelara demasiado, pero esa noche, ni siquiera me contestó. Levantó la cabeza apenas un instante, pero sin decir una palabra, lo que hizo que desistiera de atreverme a darle un beso, ni siquiera en la mejilla.
Me fui a la cama creyendo haber visto algo diferente en su expresión, un matiz inquietante en sus ojos, un extraño brillo, como el de un niño cuando se despierta tras una pesadilla. ¿Por qué? ¿No era acaso una buena compañera para él? ¿A qué podría deberse esa crueldad, esa indiferencia?
Al día siguiente, madrugué bastante. Deslicé mis pies de entre las cálidas sábanas, y pensé que quizás al notarlo, él alargaría una mano hacia mí, para de alguna manera compensar su pequeño desprecio de la noche anterior; pero no, no hizo el más mínimo movimiento, así que le dejé durmiendo, ya que ni se había dado cuenta de que me levantaba. Hay que ver, qué inocente parecía, cuando últimamente ¡tanto daño me estaba haciendo con su hiriente desdén!
Hacía bastante tiempo que no veía a mi hermana, así que me decidí a ir a verla. Me esperaba un buen rato conduciendo, pero de esa forma llegaría a tiempo de darle una sorpresa cuando sale de la oficina a media mañana para tomar un café. Vive en otra provincia, aunque mejor dicho, fui yo la que me marché.
Como no encontré apenas tráfico, para antes de las once ya pude entrar a la cafetería donde ella solía hacer el alto mañanero; y me senté hacia al fondo, al lado de una ventana; cogí un periódico, mientras descansaba un poco, y tomaba un sorbo de un minúsculo café que además, ni siquiera estaba caliente. Al menos, la magdalena sí estaba en su punto. Y jugueteé con el envoltorio, mientras pensaba en que no llevaba los zapatos tan brillantes como deberían estar para una visita así después de tanto tiempo. La gente iba ya muy abrigada a pesar de que aún estaba comenzando el otoño, caras aburridas, colores oscuros, conversaciones insustanciales, los absurdos programas de la tele con el sonido casi inaudible, sobrecitos de azúcar vacíos por el suelo.
En unos diez minutos por fin entró, me alegré mucho al verla, tan guapa como siempre, con su bonita melena azabache sobre los hombros y una de esas chaquetas cortas de las que tanto le gustan; hablando con un hombre más joven que ella, no le reconocí, quizás era un nuevo compañero de trabajo. Iba a levantarme de la silla, pero en ese momento me pareció que me vio e hizo como que no…Se fue con él hacia el lado opuesto del local, sin hacerme el mínimo caso. No acerté a reaccionar.
Esperé un instante a ver si se volvía a mirarme, pero no; la forma en que disimuló que me había visto era incomprensible e intolerable. Así que desconcertada, avergonzada, me alegré de que ya hubiera pagado mi raquítico café, y salí de allí inmediatamente. ¿Cómo pudo mi hermana hacerme algo así?
Muy apesadumbrada arranqué mi coche, odiando la maldad y frivolidad del género humano, incluido el género familiar. El trayecto de vuelta se me hizo algo más pesado, quizás por la decepción del viaje o porque una lluvia torrencial se empeñó en acompañarme. Golpeaba el cristal delantero, y tuve que accionar los limpiaparabrisas, cuyo monótono ruido me parecía el contrapunto a mi alborotado corazón por esa sorpresa que tan mal recibida fue. Podría haberme ahorrado toda esa desagradable mañana, de haber caído en la cuenta de que quien nunca se preocupa de hacértelo notar, lo más probable es que no necesite tu cariño. Hay veces en la vida en que pareciera que todos a tu alrededor se confabularan en una malévola crueldad a la que no se encuentra sentido alguno.
Nada más llegar me hice un café, esta vez abundante y caliente, y me abrigué con mi chaqueta de punto extragruesa. Mi marido se quedaba a comer en su trabajo, así que de no desearlo, no tendría porqué contarle nada de mi decepcionante visita a mi hermana. No me gustaba mostrarme ante él como una persona débil o lastimera.
Sonó el teléfono. Por un instante me reconforté pensando que sería ella, que arrepentida por su actitud querría disculparse conmigo; salté a toda prisa del asiento para descolgar el auricular, pero no era ninguno de sus números el que vi en la pantallita. Contesté, y una voz femenina que me preguntó por otra mujer, le dije que no era yo, y que aquí no había ninguna persona con ese nombre. La voz no pareció del todo satisfecha con mi contestación, pero con un lacónico “perdone” se despidió.
Inmediatamente, pensé que me resultaba conocido ese tono un poco agudo que había oído; pero no, ¿cómo alguien conocido podría confundirse con mi número y ni siquiera decírmelo?
Con una extraña sensación de incomodidad me cobijé en un extremo del sofá, el que siempre me acompañaba en todas mis cavilaciones, y me dejé dormitar unos minutos. Cuando desperté, habían pasado ¡dos horas!, y me acordé de que tenía que ir a hacer unas compras antes de que él volviera, y ya estaría a punto. Con bastante desgana volví a cambiarme de ropa, pensando aún en la mujer que había equivocado mi número telefónico, ¿o no?
Bajé a la tienda, y compré la marca de chocolate que más le gusta, también pan y yogures. No sé ni cómo pude hacer tan aparentemente nimia tarea, porque tras aquel fallido día me sentía exhausta. Cada vez las personas se me hacían más y más torpes, dándome con la cesta sin reparar en absoluto en mí, incapaces de una disculpa ni de esbozar una sonrisa para excusarse.
En un momento terminé, ¡por fin!, ahora podría volver a arrebujarme bajo mi manta preferida.
Salí del ascensor, giré la llave de la puerta, y antes de cerrarla, oí a mi marido hablando con alguien; guardé silencio, y me refugié al lado del perchero como si fuera una ladrona despistada. Estaba con una mujer, ¡sí! Y oí claramente lo que esta le decía:
-Debes superarlo, ella no volverá. La muerte nos espera a todos. Tú tienes que vivir.
Él parecía que lloraba, pero con un hilillo de voz. Comprendí en ese instante que ahí sobraba, así que saqué la llave de la cerradura, volví sobre mis pasos, cerré la puerta suavemente, y me dirigí en la noche ya cerrada, con el cielo tan negro como mis lágrimas, hacia mi tumba…de la que nunca debí salir.

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