Se tomaron medidas de seguridad de forma inmediata, y se ordenó al personal de socorro que abandonase el avión. La tarea de extraer los cadáveres e investigar el incidente fue confiada a tres oficiales médicos. El suceso fue mantenido en secreto y no salió a la luz hasta quince años después…
Dónde está Oliver Lerch?
Cerca del pueblo de South Bend (Indiana), en los Estados Unidos, Tom Lerch, su familia y sus amigos de la vecindad se encontraban reunidos en la gran cocina de la granja para celebrar la Nochebuena de 1890. Poco antes de las once de la noche, la señora Lerch pidió a su hijo Oliver, de 11 años, que fuera al pozo a buscar agua, dándole para ello un cubo vacío. El pequeño salió abrigado con una bufanda, ya que empezaba a helar en ese crudo invierno. No habían transcurrido diez segundos desde el momento en que cerró la puerta, cuando Oliver gritó pidiendo socorro desde la oscuridad. Los asistentes a la fiesta se sobresaltaron y un miedo paralizante los ató a sus respectivas sillas. Casi al unísono pensaron que un lobo había atacado a Oliver, pero una vez fuera vieron que sus sospechas eran injustificadas: ni lobo, ni... niño. Sin embargo, aún quedaba lo peor, los desesperados gritos del niño desgarraban la fría noche pero eran localizables. La oscuridad enturbiaba aún más la tarea por dar con la pista de Oliver...hasta que alguien dijo:
“Escuchad, parece como si viniera de nuestras cabezas”. Efectivamente, las voces del muchacho surgían del cielo negro y él seguía invisible para sus familiares:
-¡Socorro! ¡Me han cogido! ¡Socorro...!, gritaba desde no sé sabe dónde el pequeño Oliver.
Las llamadas de auxilio continuaron rascando el aire durante cerca de un minuto, pero iban disminuyendo de intensidad, como si el niño ascendiera... Estupefactos, los presentes no reaccionaron hasta que uno de ellos decidió seguir las huellas del niño. En la nieve fresca, las huellas eran normales y demostraban que el niño se había dirigido hacia el pozo. Pero a una veintena de metros de la casa y a una docena del pozo, las huellas cesaban bruscamente, como si el niño hubiera sido levantado de la tierra. Se encontró el cubo dos metros más allá. La investigación no dio ningún resultado positivo.
La puerta del diablo
El 23 de marzo de 1957, e niño de 8 años de edad Thomas Browman se hallaba con otros seis miembros de su familia realizando una pequeña excursión por un bosque situado en la Puerta del Diablo, cerca del Parque Nacional de Angels, en California. El pequeño se había adelantado a los demás, correteando y pasando las ramitas del sendero que todos estaban siguiendo, sin dar la menor muestra de nerviosismo o inquietud, sino de forma placentera y juguetona. Al cabo de unos segundos, los demás componentes del grupo familiar llegaron al mismo sitio y doblaron el recodo que previamente había recorrido Thomas. No cabían en su asombro. ¡El niño no estaba en ninguna parte!
Unas horas después de desaparecer el pequeño, toda la zona estaba siendo registrada a fondo por más de cuatrocientos voluntarios acompañados de perros adiestrados, patrullas en todo-terrenos y batidores experimentados en tales búsquedas. Se examinaron escrupulosamente una y otra vez las grietas, las fallas, los hoyos y agujeros en los que el niño pudiera haber caído. Se recorrió en todos los sentidos la senda por la que había pasado primero el chiquillo y luego el resto de la familia. Ni los más hábiles guardas del bosque encontraron indicios de que el muchacho desapareciera de modo normal en aquellos parajes. Además, los helicópteros de la policía también intervinieron en la infructuosa investigación.
Los analistas más experimentados comprobaron que era fácil ver que el niño no había resbalado, cayendo fuera del sendero. No había ninguna señal de rocas o piedras desplazadas, o de arbustos o malazas pisoteados, ni siquiera de ramas rotas que indicasen un accidente de cualquier tipo.
Los familiares, por otra parte, declararon lo siguiente: “Sólo íbamos unos pasos detrás de él y con toda seguridad habríamos oído sus gritos de haber ocurrido algún incidente extraño.”
Alguien recordó que el muchacho pudo haber sufrido un percance imprevisto, con la sorpresa consiguiente de que evitara incluso sus gritos de socorro. “Estábamos tan próximos que habríamos asistido a esa presunta caída”, respondió sin vacilar.
¿Y si no hubiese sido una simple caída? Lo cierto es que la búsqueda intensiva duró toda una semana, pero no se halló rastro del desdichado menor. No había otra salida, aquel chiquillo había sido arrebatado de la tierra por una fuerza invisible u desconocida. De esta manera, el pequeño Thomas Brown había aumentado la lista de los desgraciados niños que se habían desvanecido en la región de la Puerta del Diablo desde la mañana del 5 de agosto de 1956, cuando Donals Lee Baker y Brenda Howell desaparecieron misteriosamente en el Parque Nacional de Angels.
Familias desaparecidas
El 14 de agosto de 1952, el carnicero Tom Brooke, su mujer y su hijo, de once años de edad, salieron de la casa de uno de sus amigos que distaba sesenta kilómetros de Miami, en Florida. Subieron al coche sobre las once de la noche reanudaron su marcha y se alejaron. Al día siguiente, por la mañana, la policía motorizada descubrió un automóvil abandonado, a unos dieciocho kilómetros de la casa de los amigos de Tom. Los faros seguían aún encedidos, una puerta había quedado abierta, y el bolso de Mrs. Brooke estaba abandonado en el asiento trasero, con una bonita suma de dinero en metálico. Los policías siguieron unas huellas que partían del coche y que conducía a una pradera, al borde de la carretera.
Los Brooke habían caminado por ella una docena de pasos, y después parecía que se hubieran volatilizado, pues sus huellas cesaban bruscamente sin volver hacia atrás. El asunto fue archivado, y nunca más se volvió a saber de esta familia. Para más asombro, a once kilómetros de allí, Mabel Twinn, camarera de un restaurante, desapareció la misma noche y de la misma forma. Nunca se volvió a ver a ninguna de estas cuatro personas…