“No siempre el análisis conduce al conocimiento de la naturaleza de las cosas. Tomad una taza, machacadla, pulverizadla y analizad el polvo. No hallaréis ningún átomo de la taza”

ANTONIO MACHADO

© Juan Miguel Ramírez

 


Con éste sugerente título (obtenido de un maravilloso trabajo de investigación de John Wallace Spencer ) quisiera engrosas unas cuantas páginas dedicadas a todos aquellos que desaparecieron para no regresar jamás, como testigos mudos de lo que les ocurrió, sin poder comunicarlo a gritos. Unos gritos que el tiempo y el espacio ahogaron para siempre en el limbo de lo perdido…

¿Qué ocurrió en Roanoke?

La primera criatura británica que nació en América se llamó Virginia Dare. Sus padres habían viajado al Nuevo Mundo con un grupo de colonos que desembarcaron en Roanoke Island, frente a las costas de Carolina del Norte y Virginia nació poco después el 18 de agosto de 1587.

El barco que llevó a los Dare y otros a la nueva tierra regresó a Inglaterra con todos los hombres que había transportado menos diez. Éstos fueron dejados allí para iniciar una colonia. Pero cuando llegó nuevamente el barco siguiente, no pudieron encontrarlos. También el segundo barco regresó a Inglaterra, dejando esta vez un centenar de personas para fundar la colonia. Algún tiempo después llegó otro barco y sus pasajeros volvieron a encontrar la isla vacía. No había rastro de violencia, o de lucha, ni siquiera una tumba.

Solamente la palabra “CRO” tallada en un árbol y “CROATAN” en otro, eran las solitarias bienvenida que daban al extranjero…

Con estas palabras, se supuso que Croatan, otra isla de Carolina del Norte era donde se habían instalado los colonos. Pero el capitán del barco, temiendo la falta de comida y el invierno que se avecinaba, decidió zarpar para las Indias Occidentales e invernar allí.

 


Se descubrió que en la isla de Croatan se encontraba en la más absoluta soledad también. No había rastro, ni noticias de una matanza por parte de los indios. No había tumbas, ni lápidas, y salvo por un relato ocasional de una criatura india con cabellos amarillos y ojos azules, ni un solo de los 110 colonos fue jamás encontrado. A pesar de tratarse de un tema de innumerables rumores y leyendas, el misterio no ha sido nunca explicado.



 

Masacre en pleno vuelo

Algo pavoroso ocurrió en el aire un día a finales del verano de 1939, y hasta el día de hoy, el incidente sigue envuelto en más estricto silencio. Lo que apenas se sabe es que un avión de transporte militar despegó de la Marine Naval Air Station, de San diego, a las 15:30 de la tarde. Él y su tripulación de trece hombres hacían un vuelo rutinario hacia Honolulu. Tres horas más tarde, volando el avión sobre el Océano Pacífico, se oyó una frenética llamada de socorro. Acto seguido, se extinguió la llamada por radio. Tras un periodo de incertidumbre, el avión en cuestión volvió a la base e hizo un aterrizaje de emergencia. Los miembros del personal de tierra corrieron hacía el aparato y cuando subieron a él, se horrorizaron al ver doce hombres muertos. El único superviviente era el copiloto, que, aunque gravemente herido, había sobrevivido lo suficiente para llevar el aparato hacia tierra firme. Pocos minutos después, fallecía sin remedio. Lo realmente extraño del suceso, era que todos los cuerpos mostraban grandes heridas abiertas. Más misterio si cabe, el piloto y el copiloto habían vaciado los cargadores de sus colt del 45 contra algo. Los casquillos vacíos fueron encontrados en el suelo de la carlinga. Un acre olor a azufre flotaba en el interior del avión.

La parte exterior del aparato presentaba grandes daños, como si hubiese sido alcanzada por misiles. El personal que subió al avión contrajo una extraña infección cutánea.

Se tomaron medidas de seguridad de forma inmediata, y se ordenó al personal de socorro que abandonase el avión. La tarea de extraer los cadáveres e investigar el incidente fue confiada a tres oficiales médicos. El suceso fue mantenido en secreto y no salió a la luz hasta quince años después…

Dónde está Oliver Lerch?

Cerca del pueblo de South Bend (Indiana), en los Estados Unidos, Tom Lerch, su familia y sus amigos de la vecindad se encontraban reunidos en la gran cocina de la granja para celebrar la Nochebuena de 1890. Poco antes de las once de la noche, la señora Lerch pidió a su hijo Oliver, de 11 años, que fuera al pozo a buscar agua, dándole para ello un cubo vacío. El pequeño salió abrigado con una bufanda, ya que empezaba a helar en ese crudo invierno. No habían transcurrido diez segundos desde el momento en que cerró la puerta, cuando Oliver gritó pidiendo socorro desde la oscuridad. Los asistentes a la fiesta se sobresaltaron y un miedo paralizante los ató a sus respectivas sillas. Casi al unísono pensaron que un lobo había atacado a Oliver, pero una vez fuera vieron que sus sospechas eran injustificadas: ni lobo, ni... niño. Sin embargo, aún quedaba lo peor, los desesperados gritos del niño desgarraban la fría noche pero eran localizables. La oscuridad enturbiaba aún más la tarea por dar con la pista de Oliver...hasta que alguien dijo:

“Escuchad, parece como si viniera de nuestras cabezas”. Efectivamente, las voces del muchacho surgían del cielo negro y él seguía invisible para sus familiares:

-¡Socorro! ¡Me han cogido! ¡Socorro...!, gritaba desde no sé sabe dónde el pequeño Oliver.

Las llamadas de auxilio continuaron rascando el aire durante cerca de un minuto, pero iban disminuyendo de intensidad, como si el niño ascendiera... Estupefactos, los presentes no reaccionaron hasta que uno de ellos decidió seguir las huellas del niño. En la nieve fresca, las huellas eran normales y demostraban que el niño se había dirigido hacia el pozo. Pero a una veintena de metros de la casa y a una docena del pozo, las huellas cesaban bruscamente, como si el niño hubiera sido levantado de la tierra. Se encontró el cubo dos metros más allá. La investigación no dio ningún resultado positivo.

La puerta del diablo

El 23 de marzo de 1957, e niño de 8 años de edad Thomas Browman se hallaba con otros seis miembros de su familia realizando una pequeña excursión por un bosque situado en la Puerta del Diablo, cerca del Parque Nacional de Angels, en California. El pequeño se había adelantado a los demás, correteando y pasando las ramitas del sendero que todos estaban siguiendo, sin dar la menor muestra de nerviosismo o inquietud, sino de forma placentera y juguetona. Al cabo de unos segundos, los demás componentes del grupo familiar llegaron al mismo sitio y doblaron el recodo que previamente había recorrido Thomas. No cabían en su asombro. ¡El niño no estaba en ninguna parte!

Unas horas después de desaparecer el pequeño, toda la zona estaba siendo registrada a fondo por más de cuatrocientos voluntarios acompañados de perros adiestrados, patrullas en todo-terrenos y batidores experimentados en tales búsquedas. Se examinaron escrupulosamente una y otra vez las grietas, las fallas, los hoyos y agujeros en los que el niño pudiera haber caído. Se recorrió en todos los sentidos la senda por la que había pasado primero el chiquillo y luego el resto de la familia. Ni los más hábiles guardas del bosque encontraron indicios de que el muchacho desapareciera de modo normal en aquellos parajes. Además, los helicópteros de la policía también intervinieron en la infructuosa investigación.

Los analistas más experimentados comprobaron que era fácil ver que el niño no había resbalado, cayendo fuera del sendero. No había ninguna señal de rocas o piedras desplazadas, o de arbustos o malazas pisoteados, ni siquiera de ramas rotas que indicasen un accidente de cualquier tipo.

Los familiares, por otra parte, declararon lo siguiente: “Sólo íbamos unos pasos detrás de él y con toda seguridad habríamos oído sus gritos de haber ocurrido algún incidente extraño.”

Alguien recordó que el muchacho pudo haber sufrido un percance imprevisto, con la sorpresa consiguiente de que evitara incluso sus gritos de socorro. “Estábamos tan próximos que habríamos asistido a esa presunta caída”, respondió sin vacilar.

¿Y si no hubiese sido una simple caída? Lo cierto es que la búsqueda intensiva duró toda una semana, pero no se halló rastro del desdichado menor. No había otra salida, aquel chiquillo había sido arrebatado de la tierra por una fuerza invisible u desconocida. De esta manera, el pequeño Thomas Brown había aumentado la lista de los desgraciados niños que se habían desvanecido en la región de la Puerta del Diablo desde la mañana del 5 de agosto de 1956, cuando Donals Lee Baker y Brenda Howell desaparecieron misteriosamente en el Parque Nacional de Angels.

Familias desaparecidas

El 14 de agosto de 1952, el carnicero Tom Brooke, su mujer y su hijo, de once años de edad, salieron de la casa de uno de sus amigos que distaba sesenta kilómetros de Miami, en Florida. Subieron al coche sobre las once de la noche reanudaron su marcha y se alejaron. Al día siguiente, por la mañana, la policía motorizada descubrió un automóvil abandonado, a unos dieciocho kilómetros de la casa de los amigos de Tom. Los faros seguían aún encedidos, una puerta había quedado abierta, y el bolso de Mrs. Brooke estaba abandonado en el asiento trasero, con una bonita suma de dinero en metálico. Los policías siguieron unas huellas que partían del coche y que conducía a una pradera, al borde de la carretera.

Los Brooke habían caminado por ella una docena de pasos, y después parecía que se hubieran volatilizado, pues sus huellas cesaban bruscamente sin volver hacia atrás. El asunto fue archivado, y nunca más se volvió a saber de esta familia. Para más asombro, a once kilómetros de allí, Mabel Twinn, camarera de un restaurante, desapareció la misma noche y de la misma forma. Nunca se volvió a ver a ninguna de estas cuatro personas…

Soldados que se volatilizaron

"Había amanecido un día claro, sin ninguna nube visible, como puede esperarse de un bonito día mediterráneo. La excepción la constituían, no obstante, un número de 6 u 8 nubes en forma de "hogaza", todas exactamente de la misma forma, que estaban suspendidas sobre la cota 60. Se observó que, a pesar d ellos 6 u 8 kilómetros-hora de una brisa procedente del sur, esas nubes no cambiaban de posición, ni de forma, ni tampoco se alejaban bajo la influencia de la brisa. Planeaban a una altitud de unos 60º en relación con nuestro punto de observación, situado a 500 pies de altura. Inmóvil bajo dicho grupo, y manteniéndose sobre el suelo, había también otra nube de forma idéntica, que mediría unos 800 pies de largo, 200 pies de altura y 200 pies de anchura.

Esa nube era absolutamente compacta, tenía el aspecto de una estructura sólida, y estaba situada a una distancia de unos 300 metros del escenario de los combates en territorio bajo control británico.

 


Todo esto fue observado por 22 hombres de la 3ª sección de la 1ª Compañía Divisionaria, Unidad Neozelandesa del Genio, en la que me incluía yo mismo, desde nuestras trincheras de Rhododendron Spur, a 2300 metros al sudoeste de la nube sobre el suelo.

Nuestra posición ventajosa dominaba la cota 60 aproximadamente a 300 pies. Sucedió que, más tarde, esta nube singular se situó a caballo sobre el lecho seco de un curso de agua o de un camino hondo, y nosotros teníamos una visión perfecta de los costados y de las extremidades de la nube, mientras permanecía sobre el suelo. Su color era gris claro, al igual que el de las otras nubes."

"Un regimiento británico, el 1/4 Norfolk, que comprendía varios centenares de hombres, fue visto mientras bajaba por aquel lecho seco del río o camino hondo, hacia la cota 60. No obstante, cuando llegaron a la altura de la nube, andaron directamente dentro de ella, sin ninguna vacilación, pero ni uno solo de ellos salió de allí para desplegarse y combatir en la cota 60. Aproximadamente una hora más tarde, después que el último hombre de la fila hubo entrado en ella, la nube, muy discretamente, se elevó del suelo, y, tal como habría hecho cualquier otra nube o niebla, ganó lentamente altura, hasta que se unió a las otras nubes idénticas que han sido mencionadas al principio de este relato. Al observarlas de nuevo, parecieron todas semejantes a vainas de guisantes. Durante todo este tiempo, las nubes habían permanecido suspendidas en el mismo lugar, pero en cuanto la nube singular hubo llegado hasta su nivel, todas se pusieron en movimiento hacia el Norte, es decir, hacia Bulgaria. En el espacio de tres cuartos de hora habían desaparecido de la vista."

"El regimiento en cuestión se dio por desaparecido o aniquilado, y cuando tuvo lugar la capitulación de Turquía en 1918, loo primero que Gran Bretaña pidió a Turquía fue la restitución de dicho Regimiento. Turquía respondió que jamás había capturado ese Regimiento, ni tuvo el más mínimo contacto con él, y que ignoraba incluso su existencia. Un Regimiento británico en 1914/1918 estaba constituido por un efectivo que situaba entre 800 y 4.000 hombres. Aquellos que fueron testigos de este incidente insistieron en el hecho de que Turquía jamás capturó este Regimiento ni tuvo contacto alguno con él."

"Nosotros, los abajo firmantes, aunque con retraso, y con ocasión del cincuentenario del desembarco del ANZAC, declaramos que el incidente aquí descrito es verdadero en cada uno de sus términos."

"Firmado por los testigos:

-Zapador F. Reichardt, 4/165, Matata, Bay of Plenty.

-Zapador R.Newnes, 13/416, 157 King Street, Cambridge.

-J.L. Newman, 75 Freyburg Street , Octumactai, Tauranga."



 

Veleros Fantásmas

Son muchos los avistamientos de extraños barcos, algunos muy espectaculares como el extraño caso del «Ellen Austin». El capitán  Baker registra en el diario de a bordo como el 14 de julio de 1881 encuentran una goleta (por cierto goleta viene del francés goélette, golondrina de mar debido a sus redondeadas formas) abandonada, sin tripulación, sin pasajeros. Los botes salvavidas estaban arriados, no había señales de lucha. Aquello era muy extraño. Ordenó a algunos marineros que pasaran al barco abandonado para llevarlo a Boston adonde se dirigían. No hubo incidentes hasta el 20 de julio cuando perdieron contacto con el barco debido al mal tiempo. El día 22 divisaron el barco pero había algo extraño, nadie respondía a las señales que se le hacían desde el «Ellen Austin» .

Tras abordar el barco comprobaron horrorizados que estaba desierto. Buscaron en la bodega y en cada rincón del barco pero no había ni rastro de los marineros. El capitán Baker decidió colocar un nuevo grupo de marineros en el barco fuertemente armados y asegurar ambos barcos. Los marineros casi se amotinaron pues estaban aterrados. Tras varios días de calma una repentina tormenta separó a los barcos nuevamente a pesar de los desesperados intentos por mantenerlos unidos.

Tras la tormenta buscaron durante cuatro días a sus compañeros pero no se encontró rastro alguno. Extraño suceso aunque aun lo es más el de la desaparición de la tripulación del «Cousins».

Corría el año 1894 y cerca de Fort Stevens, en Oregón, a la altura del Cabo de la Desesperación , los vigías del Faro Camby observaron como el «Cousins» regresaba a puerto. Se alarmaron pues el capitán Zaiber había zarpado a las cinco de la madrugada, quizás alguien había enfermado o estaba herido y regresaban a tierra. Pero había algo más, los guardacostas observaron cono el barco se aproximaba a todo trapo, si seguía así por mas tiempo encallaría en la costa. El barco encalló violentamente en un banco de arena, rápidamente fueron a socorrerlos pero encontraron el barco deshabitado. Igual que en el caso anterior todo estaba normal, incluso había comida aún caliente en las mesas y cigarros humeantes en los ceniceros.

Famosísimo fue el caso del «Mary Celeste» encontrado desierto en diciembre de 1872 y que tuvo una repercusión mundial, o el caso del  «Seabird» en 1850.

 

Retomaremos en el próximo número alguna de estas aventuras que el tiempo ha convertido en leyenda. Pero como en toda leyenda, hay una parte de pura realidad…

 

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Este artículo ha sido publicado en la Revista Digital Angulo 13 en el mes de febrero de 2008 con la expresa autorización de su autor.
 

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