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Toqué en aquella desvencijada puerta color verde y salió a recibirme una señora de avanzada edad. Me invitó a pasar, y una vez nos habíamos acomodado, comenzó a contarme aquella fantástica historia:
Avanzada la mañana, una madre del barrio de San Juan envió a su pequeña al barranco cercano en busca de algo de fruta para acompañar el almuerzo que ya estaba preparando.
La pequeña, cesta en mano, se adentró en la espesura de la vegetación acompañando su paseo por cánticos y pequeños bailoteos.
Allí, junto a un árbol, un ser con apariencia tranquila y cubierto por un enorme alo de luz blanca y pura le hizo ademán de que se acercara.
La pequeña así lo hizo tras lo cual acompañó a aquel sonriente y plácido ser hasta el interior de una cueva, por la que descendieron y se encontraron con otros muchos seres como aquel, que en un ambiente cotidiano y afable, hablaban y jugaban entre ellos.
Al cabo del rato, transcurridos quizás unos 15 ó 20 minutos, la pequeña güimarera fue invitada a abandonar aquel idílico paraje de la mano de quien hasta allí la había llevado.
Al llegar a la claridad del cielo azul, la pequeña corrió hasta su casa con intención de contar a su madre todo lo que le había ocurrido y al llegar allí y entrar en la cocina, sus ojos mostraron sorpresa y temor que se vieron correspondidos por la mujer que le esperaba, una anciana, con rostro triste y mirada cansada.
Esa mujer que esperaba en la cocina de aquella humilde casa era la madre de la pequeña, envejecida por el pasar del tiempo, marcada con los surcos de 30 años que habían pasado desde que la pequeña, una mañana, fue en busca de frutas al barranco cercano.
Debo reconocer que ante aquel increíble relato, me quedé desconcertado y comenté a mi amable interlocutora que tan gentilmente me había abierto las puertas de su casa:
Pero . . . ¿que ocurrió realmente entonces señora?
Hijo mío, lo que realmente ocurrió es que aquella pequeña estuvo fuera de su casa casí 30 años cuando para ella tan solo habían transcurrido unos minutos.
La sorpresa fue ver como todos habían envejecido en el lugar, bueno, todos no, la pequeña seguía siendo una guapa y juguetona niña.
¿Y como supo usted esta historia señora?
Aquella pequeña, la que aún hoy muchos buscan y que conocen como la niña de las peras, aquella niña soy yo. |