Dossier actualizado con fecha de 30 de abril de 2007

© Juanca Romero H.


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Toqué en aquella desvencijada puerta color verde y salió a recibirme una señora de avanzada edad.

Me invitó a pasar, y una vez nos habíamos acomodado, comenzó a contarme aquella fantástica historia:

Avanzada la mañana, una madre del barrio de San Juan envió a su pequeña al barranco cercano en busca de algo de fruta para acompañar el almuerzo que ya estaba preparando.

La pequeña, cesta en mano, se adentró en la espesura de la vegetación acompañando su paseo por cánticos y pequeños bailoteos.

Allí, junto a un árbol, un ser con apariencia tranquila y cubierto por un enorme alo de luz blanca y pura le hizo ademán de que se acercara.

La pequeña así lo hizo tras lo cual acompañó a aquel sonriente y plácido ser hasta el interior de una cueva, por la que descendieron y se encontraron con otros muchos seres como aquel, que en un ambiente cotidiano y afable, hablaban y jugaban entre ellos.

Al cabo del rato, transcurridos quizás unos 15 ó 20 minutos, la pequeña güimarera fue invitada a abandonar aquel idílico paraje de la mano de quien hasta allí la había llevado.

Al llegar a la claridad del cielo azul, la pequeña corrió hasta su casa con intención de contar a su madre todo lo que le había ocurrido y al llegar allí y entrar en la cocina, sus ojos mostraron sorpresa y temor que se vieron correspondidos por la mujer que le esperaba, una anciana, con rostro triste y mirada cansada.

Esa mujer que esperaba en la cocina de aquella humilde casa era la madre de la pequeña, envejecida por el pasar del tiempo, marcada con los surcos de 30 años que habían pasado desde que la pequeña, una mañana, fue en busca de frutas al barranco cercano.

Debo reconocer que ante aquel increíble relato, me quedé desconcertado y comenté a mi amable interlocutora que tan gentilmente me había abierto las puertas de su casa:

Pero . . . ¿que ocurrió realmente entonces señora?

Hijo mío, lo que realmente ocurrió es que aquella pequeña estuvo fuera de su casa casí 30 años cuando para ella tan solo habían transcurrido unos minutos.

La sorpresa fue ver como todos habían envejecido en el lugar, bueno, todos no, la pequeña seguía siendo una guapa y juguetona niña.

¿Y como supo usted esta historia señora?

Aquella pequeña, la que aún hoy muchos buscan y que conocen como la niña de las peras, aquella niña soy yo.


Se dice y así lo cuenta la leyenda, que en 1912 dos trabajadores de una de las muchas galerías de agua que se encuentran en el cauce del Barranco de Badajoz, concretamente la que está situada más al fondo del barranco, Izaña, se encontraban haciendo las cosas propias de su profesión cuando la pared que estaban excavando se les vino abajo quedando de esta forma al descubierto una amplísima galería.

Fue entonces cuando vieron a tres seres completamente blancos que sin lugar a dudas no eran ninguno de sus compañeros. Estos seres hicieron por acercarse a ellos y en este momento la leyenda nos habla de dos versiones diferentes de los hechos que acontecieron a continuación.

Por una parte se dice que los dos trabajadores corrieron barranco abajo como alma que se lleva el diablo hasta el cuartelillo de la guardia civil del pueblo de Güimar para presentar la pertinente denuncia ante las autoridades policiales. La otra versión de los hechos dice que los mineros llegaron a comunicarse con los seres blancos, los cuales llegaron incluso a instruir a los mineros cual era el lugar exacto para excavar y encontrar agua.


 
 
 
 
 

 


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