EL LEGADO DE LOS ANIMEROS

UN CONTROVERTIDO CONTACTO CON EL MÁS ALLÁ

EL LEGADO DE LOS ANIMEROS

© Juanca Romero Hasmen

Página dominical ANGULO 13 en DIARIO DE AVISOS (6 de septiembre, 2015)

Página dominical ANGULO 13 en DIARIO DE AVISOS (6 de septiembre, 2015)

Ya iba siendo hora de que retomáramos el contacto con la tierra, tocando nuestro propio acervo cultural y rindiéndonos a la evidencia de que en Canarias tenemos algunas de las ataduras antropológicas más fuertes que se puedan encontrar en todo el planeta. Sin ningún tipo de complejos, en esta misma página dominical, hemos expuesto a lo largo de estos años algunos de los más llamativos expedientes, muchos de los módulos psíquicos o parapcientíficos que conviven diariamente con el día a día de cada uno de nosotros. Pero debo admitir que a estas alturas, tenía una espinita clavada sobre un tema que por desconocido para la mayoría, también puede resultar llamativo e interesante. Así pues, si me lo permite, esta semana ponemos algo de luz sobre los conocidos como animeros, personas capaces de contactar con las ánimas de los difuntos. Cierto es, que las Islas Canarias desde que tenemos recuerdos, han estado ligadas a las historias de brujas, apariciones espectrales, historias de fuerzas extraordinarias… podemos decir que nuestro acervo cultural en gran medida tiene como ingredientes este tipo de historias y leyendas. Tampoco podemos dar la espalda a la brutal fusión e integración que en las islas se produce de todo tipo de creencias llegadas desde Europa, América y por supuesto, África. El concepto religioso ligado a lo mágico y ancestral, poco a poco va enquistándose tras la llegada del criminal castellano, que imponiendo su religión a los naturales, lo que consiguen es un sincretismo muy marcado y que de algún modo, perdura hasta nuestros días.

Animeros: mediadores del más allá

Vamos a recurrir al diccionario de la Real Academia de la Lengua para buscar la definición de animero. “Sustantivo masculino. Se entiende como animero a una persona que pedía limosna, caridad o donativo para el responso y oración de las ánimas del purgatorio muy común en los santuarios, iglesias y en las funerarias”. A todas luces, la definición del gran diccionario del Estado es insuficiente, poco trabajada y por qué no decirlo, rozando una simpleza inapropiada. Primeramente debemos fijar la cronología desde comienzos del siglo XVII hasta prácticamente la mitad del siglo XX. El “animero” en Canarias era la persona encargada de mediar entre las ánimas –almas del purgatorio- y los vivos, una especie de fusión entre lo que conocemos como chamán, médium y un curandero. Habría que señalar que esta persona estaba muy bien considerada por aquellos años en el archipiélago. Al parecer esta actividad la desarrollaban especialmente hombres, aunque existen algunos apuntes en los que se hace referencia a que no era exactamente así, y que la presencia de mujeres animeras estuvo también marcada. De hecho, existe la posibilidad de que el ritual lo practicara una mujer o un hombre en función del sexo del alma penitente con el que se iba a tratar.

Modus operandi

Hay que admitir que el abanico de posibilidades ritualísticas impartidas por el animero es de lo más amplio y variopinto, aunque entre todos existe una serie de prácticas que a modo de columna vertebral, resultan comunes; desde una consecución de misas por el deseado descanso del alma del fallecido, hasta la ejecución de “pagos” mediante la prestación de trabajos comunitarios, ayuda social en definitiva. Resultan llamativas las creencias de que esas almas penitentes no completaban su viaje hasta el más allá por haber dejado en vida asuntos no resueltos o conflictos no reparados. Los testimonios hablan de la manifestación de las ánimas provocando lamentos, ruidos, haciendo desaparecer pequeños objetos del domicilio o algo que resulta llamativo, cortando la leche de la vivienda. Y si sorprendente resultan estos fenómenos, mucho más los que producían los espíritus de aquellos que estando vivos tenían deudas de tipo material, ya que los fenómenos podían llegar a poseer el cuerpo de las personas vivas y con vínculos familiares o vecinales, creándole a la persona viva, una suerte de enfermedades. Precisamente el desarrollo de estos fenómenos, y especialmente el deterioro de la salud, es lo que animaba a ponerse en contacto con el animero. ¿Un exorcista?, muy poco generosa la definición, ya que la razón de ser del animero es mucho más amplia y con raíces más ancestrales que las puramente católicas. El animero adquiría sus dotes ya desde su estancia en el vientre materno, y dice la tradición que si estando dentro de su madre antes de nacer se le escuchaba llorar, éste ya tenía un paso dado en favor de estas facultades. Además tenía que tener grandes conocimientos sobre plantas curativas y el inexplicable poder para distinguir el sexo del ánima arrimada y el motivo que le tiene atado en medio del camino.

Lo que usted tiene es un alma arrimada

Medallón utilizado para hablar con los espíritus (Fotografía, Fernando Hernández)
Medallón utilizado para hablar con los espíritus
(Fotografía, Fernando Hernández)

Agustín “el mahorero”, el último animero

Llegados a este punto, permítame estimado lector que de las gracias a Fernando Hernández, amigo escritor y periodista a la par que excelente rescatador de nuestro acervo cultural, por haberme puesto en conocimiento de este interesante expediente. Hernández tuvo la oportunidad de seguir la pista de los animeros durante la elaboración de un documental para la televisión, y después de un arduo trabajo de rastreo entre los mayores de El Palmar, en el municipio de Buenavista, Tenerife, y a punto de desistir en la búsqueda, el equipo encontró a una mujer que recordaba a un señor cuyo nombre era Agustín Alegría. Esta buena mujer lo narraba así: “por los cuentos que mis padres me hacían, pues yo era muy niña en ese entonces y que decían que era varón santo y muy buena persona. Miren, a ese señor le decían Cho Agustín”. Y de este modo, con algo de suerte como herramienta de trabajo, Fernando Hernández y quienes le acompañaban, dieron con la casa en la que este hombre había vivido y que en la actualidad ocupaban sus nietas Manuela y Clemencia Alegría. “A mi abuelo le decían mahorero porque sus abuelos venían de Fuerteventura, muriendo en 1955. Era un hombre bueno y las gentes le tenían aprecio, hizo el bien a todo aquel que acudía buscando su ayuda, nunca le vi decirle no a nadie, a excepción de los que no creían en estas cosas; a esos les decía que cuando realmente creyeran en sus prácticas, que volvieran, que él los trataba”. Hasta esa localidad, venían personas de toda la isla, guiados por la Fe y sabedores de que en Tenerife, ya no quedaban hombres “santos” como aquél, capaces de calmar a las inquietas ánimas. Contaba una de sus nietas como el ritual del “arrimo” lo realizaba su abuelo valiéndose de un cordón con cinco nudos, y que utilizaba para azotar al espíritu si éste se presentaba con malignidad. Al tiempo, recitaba una oración colocándose en la cabeza un talismán que le servía de sistema de comunicación directa con esas entidades. ¡Un talismán a modo de aparato de comunicación directa!  Lo verdaderamente interesante es que este artefacto lo conservan sus nietas y Hernández pudo tenerlo entre sus manos. Consiste en una especie de platito de unos 10 cm de diámetro, hecho de latón y recubierto por una capa de plomo. Sobre él, aparecen dibujadas unas extrañas figuras que le fueron transmitidas por los espíritus a través de los sueños.

Ahora vivimos en la sociedad de la comunicación y la tecnología, y quizá para los más jóvenes este tipo de ritualística solamente les suene a superchería o cosa de viejos. Los animeros al igual que las santiguadoras o rezadoras, curanderos y otra suerte de “poderes” han convivido entre nosotros a lo largo de los siglos, y aunque desde mediados del siglo XX las prácticas animeras se perdieron, en algunos de nuestros pueblos quedan restos más o menos desvirtuados de ese pasado. Parece justo hacer un homenaje perpetuo a estos hombres y mujeres que forman parte de la antropología de las islas, del ecosistema de un pasado lleno de enseñanzas que ahora se diluyen en la idiotez del presente.

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