ERRANTES ENTRE AVIONES (1ª parte)

El testimonio de don Ignacio Roger

ERRANTES ENTRE AVIONES (1ª parte)

© Juanca Romero Hasmen

Corría el mes de noviembre de 2003. Al llegar a aquel bar junto con mi buen amigo José Sánchez, no tenía ni idea del testimonio que me iba a encontrar, ni mucho menos que el protagonista de esa historia sería tan abierto y receptivo conmigo. Recuerdo que serían sobre las cinco y cuarto de la tarde y las 6 ó 7 mesas que tenía el local estaban totalmente llenas. Las ocupaban un nutrido grupo de hombres de edad muy avanzada que quizá por el aburrimiento, o quizá porque a ciertas alturas de la vida las prioridades son otras, jugaban interminables partidas de dominó, juego que nunca me ha resultado atrayente en demasía. En la barra estaban tres o cuatro personas hablando de fútbol, tema que por otra parte siempre ha sido recurrente en este tipo de lugares. La poca luz del local se fundía de forma desigual con el humo del tabaco y el fuerte olor a nicotina de esa que debería estar a 4 pesetas de las antiguas. Ahora, con la visión que otorga la distancia temporal, me doy cuenta del sentido y la importancia que tiene la Ley Antitabaco que entró en vigor el 2 de enero de 2011.

A13_DA_19-01-2014_BJosé me señaló ligeramente con el dedo una de las mesas en la que estaban jugando cinco hombres, todos ellos de aspecto sencillo y poco ánimo en el semblante. Allí entre ellos estaba don Ignacio Roger, un hombre de edad avanzada, luego supe que tenía 79 años, bastante alto y de corpulencia ligeramente corcovada. Nos acercamos hasta la mesa y sin casi dar las buenas tardes, mi acompañante le dijo – don Ignacio, le presento a un amigo de la radio- Recuerdo que me miró mientras sujetaba dos fichas del dominó, una en cada mano, y me dijo – hola hombre, ya sé que quieres que te cuente lo de los que se aparecen- Yo me quedé a cuadros, porque en realidad no tenía ni idea de lo que me estaba hablando, y lo único que me había movido desplazarme hasta allí y entrar en aquel bar, era simplemente realizar una visita comercial a un taller de chapa y pintura por cuestiones de producción radiofónica. No dudé en disimular y le contesté – cuando usted quiera y pueda, no se preocupe- Dejamos que el hombre siguiera con su partida y nos dirigimos hacia la puerta en busca de algo de aire puro, momento que aproveché para preguntarle a José sobre la historia que don Ignacio iba a contarme. Mucho no supo sacarme de la duda en esos momentos, y tan solo me apuntó que creía que tenía relación con el accidente de los Jumbos que por aquel entonces a mí poco interés me había despertado mas allá de lo meramente periodístico de la noticia.

No pasaron más de diez minutos para cuando don Ignacio se acercó hasta nosotros y nos invitó a sentarnos junto a una pequeña mesa situada en la misma puerta y aparentemente reservada para sostener una maceta con un helecho desmejorado. Acercamos tres sillas y antes de que mediáramos un par de palabras, se agregaron al pequeño grupo dos hombres más de los que con anterioridad jugaban con él al soso juego de fichas. Pedimos unos vasitos de vino para todos y me dispuse a preguntarle sobre esa historia que tanta curiosidad había despertado en mi persona durante ese rato de espera.

Los RodeosCentrándonos en los fenómenos extraños que decía presenciar, comenzamos a hablar sobre ese particular con inusitada normalidad. En resumen, esto es lo que don Ignacio Roger contó: “De unos años para acá, no son pocas veces las que yo he visto a gente asomarse en lo alto de la ladera, junto a las pistas y mirar para aquí abajo. Algunas veces levantan los brazos. Nunca les he oído decir nada. Ellos están ahí y luego desaparecen de golpe. Ahí atrás, como 3 ó 4 años más o menos, estaba en lo alto de la azotea de mi casa echando un vistazo a las piñas que pongo a secar para sacarle el millo, cuando mirando para lo alto de la terrera vi un grupo de personas, todas quietas, mirando para donde yo estaba. ¡Pero una cosa muy rara, te digo! Ellos están ahí y luego desaparecen de golpe. Una vez unos niños salieron corriendo uno detrás de otro y de repente desaparecieron y aparecieron otra vez donde estaban al principio. Los niños salían corriendo desde allí –señalando al lugar- y de repente desaparecían y estaban otra vez en el mismo sitio. Era como si saltasen tan rápido que no los veía colocarse otra vez allí. ¡Oh!, yo la primera vez no le dije nada a mi mujer porque pensé que era gente de mantenimiento o yo que sé qué cosa. No era normal ver personas en ese lugar y menos con niños, pero que iba a saber yo nada. Me creí que tenía la vista cansada – se ríe-.” Era interesante lo que nos estaba contando, y hasta el momento había unas cuantas claves que no podía dejar pasar por alto. Gente inmóvil que le observaba, niños que aparecen y desaparecen, y sobre todo un detalle, y es que se refiere a la primera ocasión en la que les vio, por lo tanto hubo una o algunas otras ocasiones en las que se repitió la escena. Era obvio, tenía que preguntarle por este asunto.

-Don Ignacio, ¿Cuántas veces ha visto usted a esa gente? –Pues si te digo te miento, pero unas cuatro veces me parece a mí.- -¿Y en todas ellas lo que usted ve es lo mismo, la misma gente y en el mismo lugar? –Sí, así es. Cuando se volvió a repetir yo llamé a mi difunta mujer para que los viera, ¡oye!, y los vio, yo no estoy loco –se ríe-. Algunos de los del grupo levantaban la mano muy alto, como para que les viera. Francisca – su esposa- les respondía de la misma manera y nada más. Tampoco era una cosa que durara mucho tiempo, un poquito nada más. -Entre una y otra ocasión en la que usted los vio, ¿pasó mucho tiempo, muchos días, semanas o meses? –¡Uy, mijo! – forma coloquial y cariñosa, extendida en Canarias para decir mi hijo- pues yo que sé. A lo mejor 4 ó 5 semanas, ¡qué sé yo! -¿No le dijo a nadie lo que había visto usted y su mujer? –Yo sí. ¿Y por qué no iba a decirlo? Yo no estoy loco y si lo vi es porque lo vi. A mi mujer no le gustaba que lo contara porque decía que la gente iba a culpar a las perritas de vino que uno se echa, pero yo siempre he sido hombre de mi casa y muy trabajador, no un borracho ni nada de eso. -¿Qué cree que vio? -Yo pienso que son personas que no han podido aún descansar en paz. Mi mujer, que ya falleció la pobre, les ponía velas en la cocina de la casa, en un plato con aceite para que descansaran tranquilos el día de difuntos. Ella me decía que esa gente solo quiere regresar a su casa. ¡A los muertos hay que dejarles descansar en paz! Aquello fue un accidente muy grave, que no se olvida. -¿Y usted qué piensa? –Pues yo, -duda por un momento- si son muertos, que Dios los recoja y les de paz. Yo soy un hombre creyente, pero si uno se muere lo mejor es estar cada uno en su sitio. A mí no me dan miedo, porque no le tengo miedo ni a los vivos –se ríe-.

Con el beneplácito de los amigos lectores de esta página dominical, la próxima semana seguiremos poniendo luces y taquígrafos sobre este interesante e insólito expediente.

Fuente: “Catástrofe77, el viaje Interrumpido”, Juanca Romero © 2013

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