© Héctor Pérez Fajardo & María Ameneiros


¿Qué ha pasado con los veranos suaves que desde siempre han caracterizado a nuestra geografía? En esta época del año, lo normal sería hallarnos en torno a los 30 grados. ¿El mito del paraíso de las temperaturas templadas está llegando a su fin? ¿Los veranos se irán acentuando cada vez más? Seguro que usted recordará el infernal mes de Agosto de 2004. Durante algunos días padecimos las inclemencias del calor extremo. De aquel año se dijo que fue el más caluroso de los registrados en nuestro archipiélago. A buen seguro que el presente año entrará a formar parte del ranking. 

Precisamente el INM, hacía público, en Abril del presente año, un informe esclarecedor: “Estudio de Generación de Escenarios Climáticos para España” . En el documento podemos leer lo siguiente: “…la evolución térmica no presenta un comportamiento monótono ni gradual hacia el calentamiento en el conjunto del periodo analizado (1850-2005)”, “…destaca el fuerte, abrupto y sin precedente calentamiento observado a partir de 1973 y que todavía se mantiene en el presente” . Las gráficas que acompañan a estas manifestaciones son vertiginosamente ascendentes. Uno de los epígrafes concluye haciendo mención a los cinco años más calurosos en España, de más a menos: 2006, 1995, 1997, 2003 y 1989. En el próximo estudio, el INM seguro que incluirá el presente periodo.

Nerón, primer incendiario famoso.


 

La situación actual merece un análisis profundo. Las altas temperaturas pueden constituir un grave problema para la salud, incluso en los países desarrollados. Sin ir más lejos, en Canarias, el pasado mes,  hemos vivido los coletazos de una brutal ola de calor africano que ha sacudido a Europa Central. Ésta ha dejado en el continente un balance de no menos de quinientas víctimas mortales. El sector de la población que se ve más afectado es el de los ancianos, niños y el de los enfermos con problemas respiratorios.

Otro gran problema que generará la subida de las temperaturas será el de los incendios forestales. Lo hemos podido comprobar con los recientes desastres que han asolado nuestros montes. En un ambiente de gran sequedad  es muy fácil que cualquier pequeña chispa adquiera en horas las proporciones de un gigante de fuego. Ya se habla en estos días de la destrucción de hasta un 25% de nuestra masa forestal y de un periodo de hasta diez años para recuperar lo perdido.

En la mente de los asesinos del monte

¿Pero qué ocurre en la mente de una persona que deliberadamente decide hacer arder una amplia zona de terreno, con las intenciones de provocar la mayor devastación?

Esta pregunta se la han hecho miles de canarios durante los tristes días en los que observábamos como nuestras Islas ardían sin compasión. ¿Cuántas veces habremos oído o visto, la palabra pirómano en los medios de comunicación?, pero ¿realmente sabemos lo que es una persona aquejada de piromanía?

La psiquiatría es muy clara en este punto, define ésta como un trastorno patológico en la mente del personaje en cuestión, que se traduce por un descontrol de los impulsos observable en su interés obsceno por el fuego y su acción. La persona aquejada de esta dolencia experimenta placer y alivio al observar el avatar y la acción depredadora de un incendio.

Si atendemos a la etimología del propio término, nos hacemos una idea sobre lo que nos referimos, -piro (del griego, fuego) y manía (locura)-. Llegados a este punto, se hace necesaria una diferenciación justa con el incendiario, que sería la persona cuyo deseo responde a un objetivo determinado, es decir, que la provocación de un incendio traería una consecuencias beneficiosas a su autor, ya sea saciar sus ansias de venganzas, por una cuestión económica o simplemente, por un factor de maliciosidad sin más adornos. Pero esta cuestión es más palpable si analizamos aún más los puntos característicos de la personalidad de un pirómano.

Otro rasgo de los obsesos del fuego es su tremenda cobardía. No eligen el monte por una razón de perniciosidad, aunque su radio de acción se pueda ver acrecentado, sino por la necesidad de pasar inadvertido. Evidentemente, el pirómano distingue perfectamente entre el bien y el mal, no se trata de que posea una dificultad genética para tal distinción y que por ello justifiquemos su obra y consideremos esto un atenuante de su acción destructiva.

Asimismo, el aquejado de piromanía no pretende provocar daños personales, no busca víctimas, ni pérdidas materiales. El fuego y su radio de acción es un fin en sí mismo no un medio. Por este motivo si su empeño se traduce en víctimas sentirá culpa y remordimiento, sin embargo su impulso incontrolable lo llevará a volver a hacer arder cuanto más radio mejor, a mayor extensión y duración, mayor también será su placer y excitación.

Punto de vista de la psiquiatría

Un médico que amplia experiencia, destinados entre otros ámbitos al área de urgencias del hospital de La Candelaria , Germán Pérez, expone para nosotros el perfil general de un pirómano, para entender aún de manera más evidente el modus operandi de esta raza de Nerones. “El perfil del pirómano es el de un varón, de edad entre 40 y 65 años, habitante de la zona del incendio que provoca. A veces busca venganza y a veces placer con la visión de las llamas y actúa en solitario. Tiene un cociente intelectual por debajo de la media y experimenta una excitación psicofisiológica de bienestar, gratificación o liberación al consumar o contemplar las llamas, sobre todo al comprobar sus devastadores efectos. En contra de lo que podría pensarse, estos individuos no corren a esconderse tras ocasionar el fuego y suelen ser los primeros en avisar de su existencia, eso sí, sin identificarse nunca como los autores materiales de los hechos”.

 

En los incendios forestales las pérdidas no están solo relacionadas con la vegetación.


De este modo, “muchos de ellos se camuflan entre los miembros de los retenes o bomberos voluntarios para llevar a cabo sus delirios y, fascinados ante el paisaje de las llamas y el dispositivo desplegado para sofocarlo, se vuelcan en las labores de extinción del mismo incendio que ellos mismos han provocado”.

Con respecto al grupo de riesgo más propenso a padecer este trastorno, el facultativo establece que “la piromanía se da con más frecuencia en varones, especialmente en los que tienen pocas habilidades sociales y dificultades de aprendizaje”.

PERFIL DEL INCENDIARIO DE LAS PALMAS

El autor del incendio de Las Palmas resultó ser un agente forestal, Juan Antonio Navarro, que creyó peligrar su puesto laboral y esta desesperación lo llevó a pensar que provocando un leve incendio su contrato se vería perpetuado en el tiempo durante varios meses más. Juan Antonio Navarro, utilizó una caja de cerillas para desencadenar un fuego que alcanzó dimensiones históricas, su propio arrepentimiento lo llevó a confesar su terrible delito.

En este caso resulta obvio a quien nos estamos enfrentando, un incendiario que a priori, no parece estar aquejado de piromanía, ya que su acción buscaba un objetivo preciso. El fuego se convirtió en un medio no en un fin y al ver el alcance de la tragedia decidió entregarse, un pirómano nunca lo hubiese hecho, ya que eligen precisamente el monte por el anonimato que les procura.

De igual manera, el método usado para desencadenar las llamas, es hasta cierto punto demasiado sencillo, un pirómano hubiese utilizado un método más complejo que garantizara la propagación del fuego. Posiblemente, y a falta de un análisis psiquiátrico más profundo de este personaje, Juan Antonio no fue consciente de las proporciones que podría alcanzar su temeridad y lo que pensó traería una ampliación de su contrato, provocó finalmente, su internamiento en la cárcel. Un pirómano jamás hubiese confesado, ¿cómo perderse el espectáculo? Desde la soledad y el cemento de la celda no se ven las llamas.
 

Imágen del último incendio en la Isla de Gran Canaria.






 

 

PERFIL DEL PIRÓMANO TINERFEÑO

En lo referente al autor del incendio que arrasó casi 15.000 hectáreas de terreno en Tenerife, las características cambian y se tornan más siniestras. Todo parece indicar que la persona que desató las enormes lenguas de fuego que arrasaron de norte a sur de la Isla , se trata de un personaje con un comportamiento patológico, un verdadero pirómano. La gran cantidad de conatos registrados en esa zona y la multitud de indicios sobre su frenética actividad, apuntan a esta posibilidad. Posiblemente los investigadores estén buscando a un varón de entre 40 y 65 años, con un coeficiente por debajo de la media, con escasas habilidades sociales y una dificultad para el aprendizaje. Habrá intentado participar en las labores de extinción. Hay registrados numerosos casos en los que pirómanos son miembros de bomberos voluntarios y manifiestan un entusiasmo exacerbado a la hora de desarrollar el enfrentamiento con el fuego. De hecho nuestro protagonista, posiblemente no sólo expresará fascinación por las llamas y los métodos para provocarlas, sino también por las formas de extinción. Con respecto a la forma de elaborar el dispositivo incendiario, a medida que se desarrolle su acción también lo harán los dispositivos desencadenadores de las llamas, con elementos cada vez más sofisticados.

El pirómano de Los Campeches, en busca del estrellato

Tenerife tiene un pirómano. Tendrá más de uno seguramente, pero el más temido, el más conocido, el más criminal de todos, y el que parece buscar su momento de gloria, es el de Los Campeches, en el municipio de Los Realejos, al Norte de Tenerife, donde hace dos semanas ardieron 15.000 hectáreas .

Un fuego provocado como tantos otros. En lo que va de año, este escenario (Los Campeches) ha sufrido más de 80 conatos, sin contar los de años anteriores que también se traducen en cifras escalofriantes. En este caso, se hallaron dispositivos de ignición en el lugar que es siempre el mismo.

Quien actúa en el Norte tinerfeño lo hace con plena conciencia. Es inteligente, perspicaz, insistente, atrevido (siempre lo hace en el mismo lugar dando a entender que quiere ser pillado in fraganti ) y, sin embargo, no se le captura. El Cabildo de Tenerife afirma tener una investigación abierta que, después de muchas páginas de prensa dedicadas al pirómano, prefieren llevarla discretamente y no al trasluz de los medios, que no hacen sino dar más bombo y platillo a un enfermo de estas características.

Pero el pirómano de Los Campeches apunta alto. De este incendio, hemos sabido mucho más acerca de su perfil. El asesino del monte sabe mucho del fuego y del lugar en el que actúa, motivo que contribuye a pensar en su pasado, su profesión relacionada con el fuego y que haya podido formar parte de alguna unidad o brigada contraincendios. Se aportan datos. Se habla de una familia entera de Los Realejos, de un vecino de Icod el Alto, que conoce muy bien el terreno, pero lo cierto es que en dicho lugar se produce el 50 por ciento de los conatos de la isla.

Sin embargo, la sospecha que cobra más entidad es la de un experto del fuego. Ha aprovechado, en el caso del último incendio, las condiciones más proclives para que las llamas se propagaran a mayor velocidad y con más virulencia. Reinaban en la isla las variables climáticas más temidas por los que se dedican a la extinción del fuego: vientos de entre 70 y 80 kilómetros , temperaturas máximas oscilantes entre los 40 y los 42 grados, humedad ridícula de un 10% o menos, y la orografía insular, notablemente montañosa en todas las vertientes. Y ahí actuó el pirómano de Los Campeches. No podía dejar pasar esa oportunidad.

Ahora la cuestión es si responde al perfil clásico del pirómano, el que actúa en cualquier parte del mundo. De hecho, en la isla vecina, Gran Canaria, ardían en la misma semana más de 20.000 hectáreas . Su autor formaba parte de una unidad de protección de Medio Ambiente. Su contrato acababa en el mes de septiembre y debía intuir que no le renovarían. Razón suficiente, debió pensar, para hacerle daño al escenario que le daba de comer. Pero cometió fallos en su actuación. Fue detenido y ahora será juzgado, aún así no responde al perfil.

 
 

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