LA AMENAZA DE LOS TORMOS VOLADORES

LA AMENAZA DE LOS TORMOS VOLADORES
© Juanca Romero Hasmen
Llevamos escuchando desde hace décadas, historias más o menos fundamentadas en las que la Tierra acabará destruida por un gran asteroide, esa descomunal amenaza pétrea llegada desde más allá de la oscuridad galáctica y que los científicos que saben de estas cosas, se afanan por detener. Estos grandes monolitos espaciales, lejos de ser lucecitas de aflautados cuentacuentos mistéricos, son protagonistas de las preocupaciones de los verdaderos especialistas, que los monitorizan y etiquetan trayectorias y comportamientos. Precisamente hace tan solo unas pocas semanas, la NASA anunciaba que el 19 de abril, un asteroide bautizado como 2014 JO25 se acercaría a la Tierra a unos 1,8 millones de kilómetros, que para los que saben de estas cosas, parece ser una distancia corta.
Así pues, y casi sin enterarnos el resto de mortales, los 650 metros de diámetro de la piedrecilla, se paseó hace pocos días mostrándose ante los radares de la NASA con sus mejores galas. Al parecer el asteroide tiene forma de cacahuete, o maní con cáscara como decimos en Canarias, y gira una vez cada cinco horas. Este tipo de noticias son las que me cautivan a la vez que causan cierta dosis de preocupación. Los ciudadanos vivimos envueltos en el manto de la ignorancia y la desinformación inducida. Sobre nuestras cabezas, por no entrar en otro tipo de amenazas, un mejunje de satélites artificiales, escoria espacial, asteroides de incierta procedencia, y un interminable etcétera. Resulta inquietante conocer de vez en cuando que la actividad por encima de la bóveda celeste es frenética, y que muchas de las cosas que ocurren ahí arriba, no llegaremos a conocerlas jamás. También resulta desalentador que los sistemas de detección de estos bólidos no sean eficaces al 100%, o al menos eso parece cuando recibimos la visita de meteoritos que entran como Pedro por su casa en nuestra atmósfera, se estrellan contra el suelo y nadie nos puso en alerta con margen de tiempo suficiente para “verlo venir”.
Y llegados a este punto, cualquier mañana de estas mientras meditamos sobre si echar una o dos piedrecitas de azúcar al café, nos caerá la gran piedra sobre nuestra cabeza, y lo que parece casi peor, derramando el café de la taza y manchando la camisa recién puesta. No es cuestión de vivir con el miedo permanentemente en el cuerpo, y máxime por cuestiones en las que no podemos mediar. Debemos conformarnos con cuidarnos de cosas más mundanas como el ataque de los espíritus, los demonios ancestrales  o las lucecitas populachonas, fruto de la fracasada inventiva de chaperos de la pestilente dialéctica. Aunque poco podamos aportar como ciudadanos de base en la defensa interestelar, siempre será más recomendable escuchar los parlamentos de la NASA, que los chismes provenientes de panfletos escritos por fariseos y sus tontos escuderos.

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