LA CUEVA DE SALAMANCA

Julio 2014 © Álvaro Anula Pulido

LA CUEVA DE SALAMANCA

Cueva de Salamanca© Álvaro Anula Pulido

Nuestro mayor embajador que ha existido, Miguel de Cervantes, hablaba así de la ciudad salmantina: “Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que la apacibilidad de su vivienda han gustado.”

Al querido inventor del Quijote (en cierto modo todos nosotros somos Quijotes en un mundo de Sancho) no le faltaba razón. Salamanca es una ciudad que enamora al que la visita, y más aún a aquellos que tienen la inmensa fortuna de formar parte de ella.

Respecto a lo mágico, esta Salamanca campera tiene verdaderos lugares de poder donde uno percibe cosas que en otros lugares no siente.

Cervantes también se enamoró de la Salamanca que no se ve a simple vista, y se centró en uno de los enclaves mágicos por excelencia de esta España Mágica, dando pie a un entremés, de corte burlesco, pero que enmarca una leyenda muy conocida por los salmantinos: me refiero a la cueva de Salamanca.

La cueva de Salamanca se encuentra en la Cuesta de Carvajal, cercana a la Catedral Vieja.En un principio era la cripta que pertenecía a la derribada iglesia de Cebrián. Dicha iglesia fue derribada en el siglo XVI quedando la cueva como hoy la conocemos.

Al ser una cripta en sus inicios, esta cueva podía ser parte de una entrada a los pasadizos secretos que, según cuentan muchos ciudadanos de Salamanca, recorren la ciudad por debajo de sus casas, uniendo edificios importantes, así como iglesias y conventos donde las monjas y los sacerdotes podían realizar “peripecias” sin que nadie se diera cuenta.

A esta sospecha moderna que rodea a la cueva de Salamanca se le une la tradición popular, que desempeña un gran  papel en la historia de esta cueva.

Se cuenta que en este lugar se reunían los pocos árabes que quedaban en la ciudad para impartir clases sobre Matemáticas y otras ciencias, así como Astronomía y Astrología; de algún modo,  mientras los cristianos buscaban las soluciones en Dios, los árabes lo hacían mirando a las estrellas.

Cueva de Salamanca

De estas clases aparece la leyenda más famosa, que seguro ha escuchado. Se decía que en este enclave impartía clases el Diablo (véase la metáfora con los árabes), que aceptaba a siete alumnos a los que les daba clases de magia negra y nigromancia durante siete años.

Al finalizar las clases, el Diablo obligaba a pagar las clases a uno de sus alumnos. Según la leyenda, uno de estos alumnos era  don Enrique de Aragón, el marqués de Villena (el edificio de al lado de la cueva de Salamanca recibe el nombre de Torre del marqués de Villena en honor a él).

Enrique de Aragón tuvo la mala fortuna de salir elegido en el sorteo que hizo el Diablo para conocer al alumno que tenía que hacerse cargo de los costes de las clases impartidas. El marqués de Villena se negó en rotundo, lo que hizo encolerizar a Satanás.

Tal fue el enfado que encerró al marqués en una tinaja donde apenas podía moverse.

Don Enrique, con su conocida astucia para salir de los problemas que le ocurrían, consiguió escapar de la tinaja dejando en ella su sombra, lo que confundió al malvado Diablo.

Así fue como el marqués de Villena escapó de su prisión por no haber costeado las clases, burlándose del mismísimo Satanás, aunque todo tenía un precio: perdió su sombra para siempre, por lo que la tradición transmite que don Enrique caminaba por las calles de Salamanca sin sombra.

Esta leyenda pudo haber sido creada por los cristianos para criticar los actos que allí se llevaban a cabo, comparando a los árabes con el Diablo y las ciencias que los cristianos ignoraban, como clases de brujería y nigromancia.

Fuera como fuese, las leyendas de la Cueva de Salamanca pasaron las fronteras, incluso el Atlántico. En América del Sur, fruto de esta leyenda, las cuevas donde se situaban los ritos de brujería y de ciencias ocultas recibían el nombre de “salamancas”, nombre como bien indica procedente de la ciudad que alberga una de las historias más conocidas y dignas de contar de esta España Mágica y que cada día nos sorprende más a los que la descubrimos.

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