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Cuenta la leyenda que la joven Catalina, hija de los Lercaro, como correspondía a una joven de familia adinerada y bien posicionada, fue obligada por su padre a casarse con un adinerado noble de la isla, un hombre de edad más avanzada que ella y conocido por su despotismo y afición a la trata de esclavos. Catalina no quería a aquel hombre, le causaba repugnancia y solo con escuchar oir su nombre, un espeso sentimiento de dolor le recorría todo su cuerpo. Una tarde su padre le comunica los propósitos de boda inmediata que tenían para ella ante lo cual, la joven sumida en un hondo penar corre a refugiarse en su habitación. Las horas no pasaban para ella, la noche llegó hasta la La Laguna y el peso del negro manto se hizo insoportable. Catalina, cegada por la impotencia y la pena, se levantó de aquella cama, corrió por los pasillos de la casa y bajando las escaleras que conducen desde la cocina hasta uno de los patios, decidió quitarse la vida arrojándose al pozo. En aquel instante el aire se quedó seco, cortante, lleno de un silencio amargo. La noche avanzó lentamente y con los primeros rayos de luz mañanera, la casa comenzaba a recobrar movimiento. En la cocina de la casa los sirvientes preparaban los útiles cuando una de las mujeres encargadas de la cocina baja hasta el pozo a recoger agua encontrándose con el cuerpo sin vida de la joven Catalina, flotando y con la mirada dirigida hacia el cielo, los ojos abiertos y un fondo negro de dolor interrumpido. |