© Juanca Romero H.

 

 
 
 

Catalina Lercaro, protagonista de una leyenda

   

Cuenta la leyenda que la joven Catalina, hija de los Lercaro, como correspondía a una joven de familia adinerada y bien posicionada, fue obligada por su padre a casarse con un adinerado noble de la isla, un hombre de edad más avanzada que ella y conocido por su despotismo y afición a la trata de esclavos.

Catalina no quería a aquel hombre, le causaba repugnancia y solo con escuchar oir su nombre, un espeso sentimiento de dolor le recorría todo su cuerpo. Una tarde su padre le comunica los propósitos de boda inmediata que tenían para ella ante lo cual, la joven sumida en un hondo penar corre a refugiarse en su habitación.

Las horas no pasaban para ella, la noche llegó hasta la La Laguna y el peso del negro manto se hizo insoportable. Catalina, cegada por la impotencia y la pena, se levantó de aquella cama, corrió por los pasillos de la casa y bajando las escaleras que conducen desde la cocina hasta uno de los patios, decidió quitarse la vida arrojándose al pozo. En aquel instante el aire se quedó seco, cortante, lleno de un silencio amargo.

La noche avanzó lentamente y con los primeros rayos de luz mañanera, la casa comenzaba a recobrar movimiento. En la cocina de la casa los sirvientes preparaban los útiles cuando una de las mujeres encargadas de la cocina baja hasta el pozo a recoger agua encontrándose con el cuerpo sin vida de la joven Catalina, flotando y con la mirada dirigida hacia el cielo, los ojos abiertos y un fondo negro de dolor interrumpido.


Boca del pozo por la que supuestamente se tiró Catalina para quitarse la vida


 

La familia quedó sumida en un hondo dolor por aquel hecho. Tras la negativa de la iglesia a enterrar en campo santo a una persona víctima de suicidio, acaban por dar sepultura a la joven en uno de los patios de la propia casa. A las pocas semanas el personal de servicio de la casa comenzó a rumorear que por los pasillos veían sombras y escuchaban ruidos, incluso una de las mujeres encargadas de preparar las camas y limpiar los dormitorios, afirmaba haber visto a la difunta Catalina recostada en la que fue su lecho. En otra ocasión una de las jóvenes del servicio fue al pozo a recoger agua para preparar los caldos cuando al asomarse a la boca del pozo se encontró con la sorpresa de que el agua se había teñido de rojo al tiempo que tras ella se le apareció el espectro de la difunta.


Vista parcial de la fachada de la Casa Lercaro

 

También estos hechos insólitos se presentaron ante los propietarios del inmueble hasta tal punto, que se vieron obligados a cambiar su domicilio al norte de la isla, al Valle de La Orotava fijando allí su nueva residencia. Una vez instalados en la nueva casa y que sepamos, los fenómenos extraños no volvieron a reproducirse en ella.

Pero . . . ¿en la antigua casa sigue apareciendo el espectro de Catalina?

 
 

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