PACTO CON EL DIABLO

PACTO CON EL DIABLO
© Juanca Romero Hasmen / Diario de Avisos
¿Nunca ha querido realizar un pacto con el diablo? O lo que sería ir un poco más allá, ¿ha realizado un pacto con el diablo a lo largo de su vida? Puede parecer banal el planteamiento, pero la figura del demonio y la posibilidad de llegar a un acuerdo con él, es algo que viene de viejo. El denominado pacto con el diablo o pacto fáustico -según las creencias cristianas-, quedaría establecido entre el maligno y una persona, cuando esta última ofrece su alma a cambio de favores, vinculados por lo general, a ganancias de poder. Según los textos consultados, muchos han pedido sabiduría, eterna juventud, riqueza, amor… El precio a pagar por los favores concedidos, consiste en convertirse en víctima de su propia codicia y debilidad, asegurándose un pase gratuito a los infiernos. ¡El precio a pagar es enorme! Y es que, cuando uno firma un contrato por muy seductor que parezca, debe mirar con calma la letra pequeña por si la trampa se esconde.  El proceso descrito habla de que debe ser la persona quien redacte las condiciones del acuerdo, sin necesidad de realizar invocaciones y parafernalias de llamadas al maligno. El uso de Ouija, grabadoras, gritos y plegarias no tiene efecto, siendo la única herramienta válida la Fe en que lo pactado acabará por cumplirse. Otro aspecto a tener en cuenta es que el diablo no es perfecto, mostrándose incapaz de darnos éxito en las cosas profesionales.
Una de las referencias históricas más llamativas la podemos encontrar en el siglo VI por Teófilo el Penitente, un clérigo que firmó un pacto con el del inframundo, escrito con su propia sangre, para que le nombrasen obispo. En tiempos recientes, y sin tener en cuenta el aspecto jovial del bueno de Jordi Hurtado, el pacto con el diablo se ha convertido en toda una frivolidad que se pasea por salas de quirófano, despachos de bancos suizos y alguna que otra instalación ministerial. Pero debemos ser cautos con estas cosas, porque hay tendencia a pactar muchas veces con el demonio equivocado o con simples charlatanes de la mediocridad. Al diablo hay que pedirme previo a la firma del acuerdo, que muestre sus credenciales, que despliegue su currículum con pruebas, no vaya a ser que el muy bribón lo haya engordado intencionadamente para parecer más malo, más capaz. A lo largo de mi vida he pactado con unos pocos demonios desrabados, parlantes de la mentira y superlativas prácticas mafiosas. ¿Diablillos de pobre hechura, o simplemente pobres diablos? Si tenemos que pactar con un demonio, que no sea con uno de cartón piedra, fabricado desde la falsa modestia, el ego y la imbecilidad colectiva. Puestos a hipotecar la vida, que sea con un diablillo chulo, de esos que tienen caché y que nos ofrezcan horas de lujuria y cachondeo, que para vivir amargados y con el alma hipotecada, mejor hacerlo con soltura y grandeza.

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