Salamanca incógnita (I)

Entre las añejas calles de Salamanca

Salamanca incógnita (I)

© Juanca Romero Hasmen


Llegar al aeropuerto de Los Rodeos -el mismo que ahora AENA se empeña en llamar Aeropuerto Tenerife Norte- a las seis de la mañana, se convierte en una experiencia entre el misticismo, el atrevimiento y el masoquismo; 11 grados de temperatura y con un grado de humedad que congela hasta las ideas. Mi vuelo con destino a Madrid Salió a su hora prevista, y a las 11:05 de la mañana hora local, ya estaba desembarcando del prieto Boeing de la compañía AirEuropa. Siempre que llego a la gran capital, siento como los pies quieren andar a más velocidad que el resto de mi cuerpo, como pretendiendo adueñarse de las amplias avenidas y los interminables parques. Pero en esta ocasión Madrid me cogió solamente de paso; del aeropuerto directamente a la carretera para continuar mi itinerario hasta la siempre bella ciudad de Salamanca. Algo más de 200 kilómetros de carretera, disfrutando de los verdes de la sierra de Guadarrama, y los interminables prados de nuestra ancha Castilla; Peñaranda de Bracamonte, Santa Marta de Tormes… En torno a las 2 de la tarde me encontraba frente a las puertas del Hotel Rona Dalba, deseando desprenderme del equipaje, pasar por la ducha y buscar un sitio en el que comer. No hay lugar en Salamanca en el que no se coma bien, y tras el engulle obligatorio, me adentro en el principal motivo de mi viaje, tomar contacto con la vertiente histórica y misteriosa de la añeja ciudad. Sondeando entre sus hermosas leyendas, llegué hasta uno de los más intrigantes rincones de la casta ciudad, la

 

Salamanca

Cueva de Salamanca, situada justo en los bajos de la ya desaparecida iglesia de San Cebrián, donde según la leyenda, el diablo adoctrinaba sobre las artes del mundo oscuro a un pequeño grupo de estudiantes. Este relato deja a las claras que aquellas maléficas enseñanzas no eran gratuitas y tras un bizarro sorteo, tocaba a un integrante del grupo asumir el pago de las matrículas de todos los alumnos. Dice la leyenda que entre esos estudiantes se encontraba el Marqués de Villena, quién no pudo hacer frente al pago de la matricula del grupo y fue castigado con un encierro en la cueva. El diablo se acercó a él y le ofreció un pacto; si quería recuperar su libertad, tendría que ofrecerle su alma. Sea como fuere, al cabo de un tiempo, el marqués consiguió escapar cuando el diablo en un despiste dejó la puerta abierta, dicen que tras haberse escondido en una tinaja de vino, aunque otra versión de la leyenda narra que el marqués fue alcanzado por el diablo, quien le robo su sombra para siempre convirtiéndole en un hombre gris, perseguido por los infortunios y las malas prácticas. Tras lo ocurrido, la cavidad fue mandada a tapiar por orden de la reina Isabel la Católica, y no fue hasta la década de los noventa del pasado siglo XX cuando durante los trabajos de excavaciones arqueológicas  en la Cuesta de Carvajal, salieron a la luz los restos de la iglesia de San Cebrián, la Torre de Villena y la Cueva del Diablo. La ciudad tomó de forma irremediable la etiqueta de mágica, extendiéndose por todo el mundo, y sirva como ejemplo el de Latinoamérica, donde se llama Salamancas a todas las cuevas dedicadas a ritos mágicos.

Salamanca está llena de rincones con misterio, claves ocultas que la convierten en el escenario perfecto no solo para paseos románticos por sus calles o junto al río Tormes, también para los buscadores de respuestas y amantes de la Historia. Una ciudad con dos catedrales no puede defraudar a nadie; en ambas podemos imbuirnos en un halo de misterio, con ingredientes tales como reliquias de santos, claves sobre la cristiandad y curiosidades que atienden al legado que los nobles y reyes quisieron dejar allí.

Tras cenar y pasear durante un rato por las empedradas calles, me dirigí hasta el hotel donde sin casi caer en la cama, me dejé dormir en el que aún recuerdo como un sueño que rozó el misticismo. Sin duda, la experiencia que produce dejarse tocar por Salamanca, te lleva hasta estados de sueños próximos a lo inconfesable. Amaneció a través de un pequeño rayo de sol anaranjado que por fortuna logró colarse por la ventana. En menos de media hora ya estaba en la conocida calle Tentenecio –en otros tiempos llamada Calle de Santa Catalina-, otro de los lugares de obligatoria visita. Allí me esperaba Elviro Rodríguez, un hombre de apariencia bonachona y corta estatura, quién me contó una cautivadora historia: Mientras San Juan Sahagún –patrón de la ciudad- paseaba por esa calle, se encontró de frente con un toro que se había escapado del mercado de ganado. Se dirigía hacia él con mucha furia, embistiendo todo lo que encontraba a su paso.

Cerca del santo había una mujer con su hijo en brazos, que aterrorizada por la inminente cogida de la bestia, gritaba sumida en la tragedia. Y fue en ese momento cuando el santo puso la mano sobre la cabeza del toro y exclamó: “Tente, necio”, haciendo que el toro de forma milagrosa e inmediata, se detuviese. Y es desde entonces que la calle lleva este nombre, calle Tentenecio. Pero la estela de calles milagreras se prodiga en Salamanca; otro de estos milagros ocurrió en la conocida calle Pozo Amarillo –junto a la Plaza Mayor-, en la que el santo salvó a un niño que tras caer a un pozo y estar próximo a la muerte, consiguió sacarlo con la ayuda de una correa y haciendo que las aguas, de forma espontánea, subieran su nivel. Hablando con unas amables señoras que encontré a puertas del restaurante Isidro –que por cierto recomiendo-, me contaron que todavía hoy en día en la ciudad se cuenta con especial cariño y fe, aquel milagro del santo y el niño. Cierto es que San Juan Sahagún murió envenenado. Se cree que su asesina fue la amante de un poderoso hombre, quien según la despechada mujer, seguía con fe ciega los discursos y parlamentos del santo, descuidando su capacidad amatoria hacia ella. Decidí dirigirme hasta la Calle Toro y visitar la Iglesia erigida en honor al santo patrón, y disfrutar de algunos de los hermosos relieves que en su fachada, muestran algunos de los milagros que al santo se le han atribuido.

Aún quedan por delante unos días antes de regresar a las ínsulas atlánticas. En nuestra próxima entrega dominical, continuaremos el recorrido por las calles salmantinas en busca de un curioso astronauta y una impertinente rana. Nos adentraremos en los pasillos de algunos inmuebles donde los gritos fantasmales se entremezclan con los pasos provenientes de ninguna parte, y de alguna manera, dejaremos que Salamanca siga enamorándonos.

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